
“Jesús, ¿por qué me tienes miedo? Quitas tu mano muy rápido de mis piernas. No te van a morder... te van a comer, como siempre. Ja ja, siempre te comí, Jesús. Y estabas muy a gusto adentro de mí. Sigues siendo el mismo: galán, tímido, reservado. Recuerdo que tardaste tanto en invitarme a tu mesa. De hecho, yo fui y me senté contigo. Tú sólo me mirabas. Siempre me mirabas y, cuando yo te miraba, desviabas tu mirada a otro lugar. Y claro, tardaste tanto en invitarme a la cama en el “table dance” donde trabajaba y nos conocimos... ¿Lo recuerdas, Jesús?”.
Esther Alejandra hoy es una mujer, un “mujerón”, de 43 años de edad. Es decir, sigue siendo una muchacha. Pero ella ya se considera “mayor”. La conocí cuando ella frisaba los 21 años, creo recordar, en un “table dance” regiomontano, donde se intercambian pesos por besos y caricias fingidas. Tiene razón la gran mujer, la cual hoy platica conmigo: me tardé tiempo en estar con ella. Le tenía miedo. De hecho, aún hoy, en esta edad de anciano, le sigo teniendo miedo a las mujeres. Tengo fama de galán de barrio y, a diferencia del gran escritor Julio Torri, quien era tenorio de sirvientas, yo soy tenorio de camareras y teiboleras, de plano.