
¿Para qué sirven las instituciones públicas? Supongo que todos nos hemos hecho esa pregunta, más engañosa de lo que parece. Vean a Pemex, por ejemplo. Podríamos pensar que su tarea es proveer de combustible bueno y barato a los mexicanos. No es así. Su función es establecer “protocolos”. ¿Se produce el cuarto derrame del bimestre?
Mandas un comunicado y/o das una rueda de prensa en la que dices eso: que la petrolera ha seguido todos los “protocolos” de, por ejemplo, “contención”. Nadie sabe qué son los “protocolos”, salvo que también se aplicaron durante la pandemia, con los resultados que todos conocemos, pero esa es otra historia.
Lo mismo podrías decir de las fiscalías. Podrías pensar que su tarea es resolver crímenes. No. Su tarea es “abrir carpetas de investigación”, que nadie sabe tampoco qué son, aunque sí en qué suelen terminar: en nada.
En tiempos recientes, una cosa que hacen muchas instituciones, incluidas las antes mencionadas, y probablemente la más incomprensible, es “brindar acompañamiento”. Me imagino que esta tendencia tiene que ver con que alguien logró que permee en gobiernos e instituciones la idea de que se ve mal no prestarle atención a las “víctimas”, pero igual nadie entiende qué significa esto, por mucho que los colegas de los medios lo repitan religiosamente.
Así las cosas, si la Fiscalía falla en investigar por qué desapareció una chica en plena Avenida Revolución, cuando fue a pedir trabajo, y luego la chica aparece asesinada, la propia Fiscalía, con toda solemnidad, lanza un comunicado en que se compromete a “brindar acompañamiento”. Así, basta esperar a que el siguiente escándalo opaque a éste, con el correspondiente “acompañamiento”, y chao. Desde luego, no es solo la Fiscalía.
Dan acompañamiento todas las instancias públicas, desde la UNAM, que en realidad poco puede hacer cuando ocurren tragedias en sus instalaciones; hasta Pemex, cada que alguien muere en una “ignición”; hasta Relaciones Exteriores, a los “connacionales” a los que les pase cualquier cosa mala, y hasta lo que quieran.
Probablemente la explicación más creíble a lo del acompañamiento sea la más evidente: es, simplemente, esa cosa que llega necesariamente tarde, o sea, una vez que la institución acompañante no hizo su chamba y te hizo pagar, a ti, ciudadano, el precio. Ni modo. Es lo que hay. Pero existen maneras más honestas de decirlo. “Te acompaño en el sentimiento”, por ejemplo. O, de plano: “Uy, qué pena contigo. Seguimos en contacto, ¿eh?”
@juliopatan09