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24 horas 05 May, 2026 09:00

Ni birotes ni hamburguesas: los riesgos de la intervención extranjera

Héctor Zagal, columnista.

Héctor Zagal
(Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)

Cada 5 de mayo conmemoramos que México le ganó una batalla al ejército francés en Puebla. La fecha puede servirnos también para recordar algunas leyendas simpáticas, desde el origen del mariachi hasta por qué se dice que en Jalisco hay tanta gente güera.

La intervención francesa no fue un elegante malentendido cultural ni una excursión militar con modales parisinos. Fue el producto de un México quebrado que en 1861 suspendió pagos de su deuda externa; del imperialismo europeo de Napoleón III; de que Estados Unidos estaba entretenido en su propia Guerra Civil y no podía ejercer con eficacia su vieja pretensión hegemónica. Cuando se recuperó, por cierto, impulsó con fuerza la retirada francesa.

Ahora bien, del conflicto salió también el mito del birote. Se cuenta (y vale la pena recordar que esta es una de las muchas versiones) que un panadero belga llamado Camille Pirotte, incorporado a las tropas francesas en Guadalajara, adaptó el pan europeo a las condiciones locales y sembró la semilla del birote tapatío.

Otro mito que surge tras la intervención francesa nos remite al folklore musical. El término “mariachi” vendría del francés mariage, porque los músicos rasgaban la guitarra y hacían sonar los violines en las bodas. La leyenda francesa es bonita; la etimología, al parecer, no la acompaña y podría más bien tener raíces indígenas.

Y luego están los Altos de Jalisco, donde el mito se vuelve más rubio. Cualquiera que haya ido por Tepatitlán, San Juan o Lagos ha oído alguna vez la explicación de que hay tantos güeros porque los soldados franceses se quedaron, hicieron familia y dejaron ojos claros como recuerdo genético de la intervención. De esto tampoco parece haber evidencia científica.

Aunque mitos, es difícil negar que vuelven más interesante el 5 de mayo, pero tal vez hay una lección más incómoda detrás de la celebración. La intervención no se explica sólo por la ambición de Napoleón III, sino por las fracturas internas, por una economía exhausta y por esa tentación recurrente de creer que el país se arregla mejor si lo administra alguien de afuera.

A quienes hoy suspiran por una intervención estadounidense en México puede servirles de recordatorio de que las manos extranjeras no suelen venir a curar al paciente, sino a cobrar la consulta por adelantado. El birote puede ser muy bueno, el mariachi (aunque no venga del francés) suena estupendamente, y hasta los mitos regionales tienen su encanto. Pero la tutela extranjera, ayer francesa, es una pésima receta para un país que ya bastante trabajo tiene con sus propios delirios.

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