Hay fechas que uno no necesita consultar en el calendario para recordar exactamente dónde estaba.
El 11 de septiembre de 2001 yo estaba en Madrid. Estudiaba la carrera de Periodismo y aquella mañana tenía uno de los exámenes de Relaciones Internacionales que podían marcar el final de mi licenciatura. La convocatoria era a las ocho de la mañana y había pasado prácticamente toda la noche estudiando. Esa mañana ya fresca de septiembre fui hasta la facultad con Eva, una paisana que recién comenzaba la licenciatura en periodismo.
El tema que me tocó fue el conflicto árabe-israelí: su historia, sus antecedentes y sus consecuencias. En aquel momento era simplemente una pregunta más de un examen de Relaciones Internacionales. Horas después, sin embargo, aquellas mismas palabras adquirían una dimensión que ninguno de nosotros podía haber imaginado. Lo que acababa de ocurrir en Estados Unidos cambiaría para siempre la manera de entender aquel conflicto y, con él, buena parte de la historia contemporánea.
Yo todavía no lo sabía. A esas horas, mi única preocupación era haber aprobado el examen y poder terminar, por fin, la carrera.
Terminé el examen y regresé al pequeño estudio en el que vivía muy cerca de la Puerta del Sol. Aquel día no fui a trabajar. Estaba agotado y decidí dormir. Dejé la televisión encendida y, alrededor de las tres de la tarde, me desperté justo cuando Matías Prats narraba que un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas.
Todavía medio dormido, no entendía exactamente qué estaba viendo. Hasta que apareció el segundo avión. Entonces ya no había ninguna duda: aquello no era un accidente. Era algo que hasta ese momento parecía imposible.
Recuerdo las calles de Madrid en silencio. Los bares, las tiendas, las pantallas de televisión convertidas en improvisados puntos de reunión. La gente se detenía para mirar las imágenes, intentando entender lo que estaba ocurriendo al otro lado del Atlántico. No había teléfonos inteligentes ni redes sociales como las conocemos hoy; el mundo todavía tenía otra velocidad. La noticia llegaba por televisión, radio, periódicos y llamadas telefónicas. Recuerdo incluso que algún diario sacó una edición vespertina exprés, algo tan inusual como los acontecimientos que estaban sucediendo en Nueva York y Washington.
Aquella tarde, de una manera que hoy resulta difícil de imaginar, todos terminamos mirando hacia Nueva York. Durante horas, las imágenes de las Torres Gemelas ocuparon las pantallas y las conversaciones. Nadie sabía exactamente qué estaba pasando ni qué vendría después. Solo sabíamos que el mundo acababa de cambiar. Y en Madrid, quizá esa sensación de vulnerabilidad tuvo un significado especial: apenas dos años y medio después, el 11 de marzo de 2004, la ciudad viviría su propia herida, otro 11-S, esta vez en sus trenes y en el corazón de su propia gente.
Han pasado 25 años. Y quizá una de las mejores maneras de entender la dimensión del 11-S es observar lo que ocurrió después. Porque aquel día no solamente murieron casi 3 mil personas en Nueva York, Washington y Pensilvania. También terminó una parte del mundo que muchos creíamos conocer. Estados Unidos cambió. Y con él cambió buena parte del planeta.
Después de los atentados llegaron la llamada guerra contra el terrorismo, las invasiones de Afganistán e Irak, una nueva arquitectura de seguridad nacional y controles que antes habrían parecido propios de una película.
Los aeropuertos cambiaron para siempre. Viajar dejó de ser simplemente llegar con un boleto, una maleta y un pasaporte. Llegaron los controles, las restricciones, las revisiones, las bases de datos, los sistemas de vigilancia y una nueva obsesión por detectar amenazas antes de que ocurrieran. También cambió la relación entre seguridad y libertad.
El gobierno estadounidense creó el Departamento de Seguridad Nacional y, en marzo de 2003, nació el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, ICE, como parte de esa reorganización posterior a los atentados. Con el paso de los años, esa maquinaria de seguridad terminó teniendo consecuencias que fueron mucho más allá de la persecución de quienes pudieran representar una amenaza terrorista.
Las comunidades musulmanas y las personas de origen árabe enfrentaron durante años sospechas, discriminación y una vigilancia que convirtió el origen, la religión o incluso un apellido en elementos capaces de despertar recelo. El 11-S también modificó la manera en que Estados Unidos entendía sus fronteras y a quienes llegaban al país.
Veinticinco años después, resulta imposible hablar de inmigración estadounidense sin mirar también hacia aquella transformación. Y aquí aparece una de las grandes paradojas de este aniversario.
Hoy Estados Unidos tiene una política migratoria mucho más dura que la que conocíamos antes del 11-S. Y Donald Trump ha llevado esa política a un nivel que vuelve a colocar a la inmigración, la frontera y la seguridad en el centro del debate nacional. Pero sería demasiado fácil decir que todo empezó con Trump. No. Trump es, en buena medida, uno de los resultados políticos de un proceso mucho más largo.
El país que dejó el 11-S aprendió a vivir con miedo. Aprendió a sospechar. Aprendió a vigilar. Aprendió a revisar. Y también aprendió a convertir la seguridad nacional en una explicación para muchas de las decisiones que antes habrían sido consideradas excepcionales.
Por eso resulta tan simbólico mirar Nueva York 25 años después.
La ciudad que aquel día fue golpeada en el corazón tiene hoy como alcalde a Zohran Mamdani, el primer musulmán en ocupar ese cargo. Su presencia en los actos conmemorativos de este aniversario incluso ha provocado una controversia política que habría resultado difícil de imaginar aquella mañana de septiembre de 2001.
Y mientras Nueva York recuerda a las víctimas en Ground Zero, el presidente Donald Trump conmemora este aniversario en el Pentágono, donde participa en el homenaje a quienes murieron en el ataque contra esa instalación. Es una imagen poderosa del paso del tiempo.
En 2001, Nueva York era el escenario de una tragedia que parecía capaz de redefinirlo todo. En 2026, la ciudad recuerda aquella tragedia con un alcalde musulmán, mientras el país continúa discutiendo sobre inmigración, seguridad, identidad y los límites del poder del Estado.
Pero quizá hay algo todavía más importante. Los que vivimos aquel día tenemos un recuerdo que no necesitan las nuevas generaciones. Para alguien que nació después de 2001, las Torres Gemelas pueden ser apenas imágenes a color analógicas, casi descoloridas, videos que aparecen cada aniversario o incluso escenas que parecen sacadas de una producción de alguna plataforma de streaming.
Para quienes lo vimos en directo, no. Sabemos que ocurrió. Sabemos que durante horas no entendíamos qué estaba pasando. Sabemos que las imágenes se repetían una y otra vez en televisión.Sabemos que durante un tiempo el mundo pareció detenerse. Y sabemos también que no terminó ahí.
Porque el 11-S no solamente se quedó en Nueva York. Llegó a los aeropuertos. Llegó a las fronteras. Llegó a las leyes. Llegó a las guerras. Llegó a la política exterior. Llegó a la inmigración. Llegó a las comunidades musulmanas. Llegó a la vida cotidiana. Y llegó hasta nuestros teléfonos, aunque entonces todavía no existían como los conocemos ahora.
Veinticinco años después, quizá el mayor riesgo sea convertir aquel día en una fotografía. Una imagen de las Torres Gemelas ardiendo. Un avión atravesando una torre. Una multitud mirando al cielo. Una bandera estadounidense. Un minuto de silencio. Y nada más. Porque el 11-S fue mucho más que eso.
Fue un acontecimiento que cambió la historia y que también modificó la forma en que millones de personas entendieron el mundo. Aquel 11 de septiembre yo estaba en Madrid, recién salido de un examen sobre el conflicto árabe-israelí, convencido de que mi principal preocupación del día era terminar la carrera. Veinticinco años después vivo y trabajo en Washington.
Y cada vez que llega septiembre, resulta imposible no pensar en aquella tarde (mañana en América) en la que desperté con la televisión encendida y vi caer las Torres Gemelas.
Entonces pensé que estaba viendo cómo cambiaba la historia. No me equivocaba. Lo que quizá no podía imaginar era cuánto iba a durar ese cambio. Y, sobre todo, cuánto de aquel mundo que desapareció ese día todavía seguimos intentando recuperar.