Uno de mis mayores motivos de satisfacción y orgullo, es conocer todo mi enorme país de punta a punta y de frontera a frontera y, lo mejor de todo, es que lo logré mediante mi trabajo.
Desde muy pequeño, antes de dedicarme a la comunicación de manera profesional, era muy “pata de perro”. Viajaba constantemente, de aventones, raid o con el dedo, a Acapulco, Guadalajara, Monterrey e incluso Mazatlán, donde sólo pagaba el pasaje más económico del ferry hasta La Paz. Eran tiempos en los que la tranquilidad que se vivía, te permitía darte ese lujo.
Con mi grupo de amigos, en la Combi del buen Pibe García Ramos, también viajamos harto y seguido a Acapulco, todo el Bajío y tierras regias hasta la frontera gringa; éramos jóvenes y practicábamos de maravilla el importamadrismo.
Ya en el plano profesional, nunca voy a olvidar que en Canadá, mi primera gira internacional, una de las cultísimas edecanes me dio una cátedra doctoral sobre el maravilloso estado mexicano de Oaxaca. Me habló de Monte Albán, la Guelaguetza, Oaxaca capital, el Tule, y hasta de comidas como las tlayudas, mientras yo ponía cara de ¡watt!
Juro que me dio una pena enorme, sobre todo porque era una entidad que yo no conocía. Me propuse entonces conocer hasta el último rincón de nuestra geografía y, poco a poco, lo logré.
Curiosamente, el último Estado que conocí fue, precisamente, Oaxaca. Se me negó varias veces. Por una u otra cosa, no fui a importantes torneos de tenis ni a un congreso nacional de basquetbol, a los que estuve invitado y, de última hora, me bajaban del avión; se convirtió en un reto viajar a la Antigua Antequera, pero llegaría su momento y de qué forma.
Un detonante maravilloso para poder conocer buena parte de México, fue el programa deportivo de ciclismo del Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud (CREA). Nos llevó a todos los puntos cardinales, cuando podían cerrarse importantes tramos carreteros y había seguridad en nuestro territorio.
Incluía entre otras: La Maya-Caribe, la Vuelta del Golfo, la del Pacífico, la Frontera Norte y la Vuelta a México. Antes de éstas se corrieron la Vuelta a Chiapas y la Carrera Transpeninsular, con lo cual quedaba cubierto todo el país y los privilegiados de la fuente de ciclismo andábamos en todas.
Éramos un gran circo que andaba por todas partes y nos convertimos en familia, no sólo entre colegas, sino con los propios deportistas, directivos, cuerpo médico, jueces, así como con los agentes de la Federal de Caminos. Se corría siempre entre y con amigos.
Hasta ahora que hemos perdido todo eso, nos damos cuenta lo felices y libres que éramos para disfrutar a nuestras anchas de todas las maravillas naturales, la gente y la gastronomía riquísima de este México lindo y querido.
Como siempre, existían diferencias y algunas de las más injustas, como el hecho de que a La Paz, a los periodistas nos llevaban en avión y nos hospedaban en La Perla, el mejor hotel de entonces en ese bello Puerto de Ilusión; mientras que a los muchachos, los corredores, los actores principales del espectáculo, los llevaban a dormir a zonas militares.
Hay que decir que en aquellos hospedajes castrenses, los ciclistas no se podían quejar de la comida, pues los soldados se las gastan solos en eso del buen y sabroso diente. Pero, a pesar de todo, no se comparaban con unos mariscos frescos recién sacados a la orilla del Malecón, de los que nos atiborrábamos los reporteros.
Con todo, a la hora de la carrera, la entrega era absoluta por parte de todos. Nuestros guardianes de la Federal de Caminos, abrían y cerraban la caravana de la carrera con una patrulla de banderas rojas al frente y otra al final con banderas verdes para aislarnos por completo y que los ciclistas pudieran circular con toda seguridad.
No se tocaban el corazón con aquellos que se atrevían a irrumpir en los tramos carreteros cerrados. Se les ponían enfrente con sirena abierta, les quitaban las llaves y las arrojaban lo más lejos posible en medio de cactus y magueyes, además de una que otra serpiente de cascabel.
“El chismoso” era uno de los jueces en moto con un pizarrón en la espalda, que se encargaba de informarnos los números de los corredores en fuga y los ganadores de metas volantes. En nuestras camionetas teníamos las listas completas con los nombres y numeración de los competidores y así armábamos nuestras reseñas.
Recorrí con el ciclismo el 90 por ciento de nuestro territorio; el resto lo hice con la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO) con la que, por fin, conocí Oaxaca. De sus 570 municipios, visité cerca de 400 por cada comunidad donde había una tienda de esa cadena nacional de abasto, incluida Leche Industrializada LICONSA.
Tras negárseme durante años, después de que fui la primera vez a Oaxaca, regresé casi cada mes. Había ocasiones que pasaba hasta 15 días hospedado en el hotel Victoria de Oaxaca capital. ¿Y saben cuándo me quejé? Jamás. Su gente, sus lugares y su gastronomía me capturaron.
El restaurante que la rifaba entonces, era “Clemente”. Las tlayudas eran sólo uno más de sus platillos que se hicieron mis favoritos. Adoré su mole negro, los chapulines, el tasajo, el mezcal y en mi cantina favorita unos tamalitos de frijol envueltos en hoja de aguacate, que no puedo morirme sin volver a probarlos.
Si bien es cierto que el tiempo pasa factura, que la suspensión comienza a rechinar y que ya la maquinita hasta duele, creo que poca gente ha tenido el privilegio de haber puesto su humanidad en tantos y tantos lugares, que hoy por desgracia han sido secuestrados por la inseguridad reinante en nuestro México querido.
Por todo lo anterior, he sido, soy y seré un auténtico privilegiado.