En esta semana Lupita me llamó para preguntarme si yo podía “mover algunos hilos” en un hospital público de la localidad. Así lo dijo. Con esa mezcla de vergüenza y esperanza con la que muchísima gente pronuncia en México las cosas que deberían de darles rabia.
Ella sabía que yo había laborado ahí y por eso se “atrevía a hacerlo”. No pedía privilegios, no quería una “suite”, no intentaba brincarse la fila ni violentar protocolos. Ella acompañaba a su mamá, mujer de más de setenta años, que presentaba un absceso en la región sacra, con un dolor tan feroz que le impedía incluso darse la vuelta en la camilla. No quería mucho: solamente quería que alguien viera a su mamá, que alguien la tocara, que alguien decidiera que aquel cuerpo era merecedor de atención.
Ella me contaba que habían llegado a urgencias, pero que ahí mantenían a la señora, boca abajo, durante horas. Sin estudios. Sin manejo integral del dolor. Sin respuestas. Boca abajo…
En nuestras instituciones de salud existe una forma peculiarmente cruel de abandono que consiste en dejar a alguien sufriendo sin necesidad de decirle nada. Es un silencio institucional con ruido de fondo: monitores lejanos, ruedas de camillas, pasos apresurados, nombres pronunciados en otros cubículos. Es decir, la vida ocurriendo mientras el dolor propio no alcanza todavía esa categoría de “urgente”.
Intenté contactar a un par de excolaboradores de ese hospital. Excelentes personas, profesionales capaces, otrora personas que creyeron que podían cambiar algo desde dentro. Sin embargo, cuando entré en comunicación con ellos, entendía lo absurdo de la escena: estaba pidiéndoles un favor, para conseguir lo mínimo. Estaba orillándolos a luchar una batalla que no les correspondía. Estaba obligándolos también a mendigar humanidad dentro de una estructura que se supone está diseñada para “garantizarla”. Desafortunadamente, ellos también estaban atrapados. Porque en estos sistemas realmente ya nadie tiene poder, solamente distintos niveles de impotencia.
Al final, lo único que pude decirle a Lupita fue: “quéjese”. Y ahí hubo un silencio. “Quéjese, tranquila, pero firme”. Y mientras pronunciaba estas palabras sentí una incomodidad profundísima, una ansiedad enorme, porque entendí lo monstruoso que resulta que la única herramienta que podía ofrecerle a una mujer desesperada en búsqueda de atención para su madre, era convertir su dignidad en confrontación.
El temor de hacerlo se notó inmediatamente. Pude escucharlo. Pues es innegable que hay temor de que trataran peor a su mamá, miedo de caerle mal a alguien o de ser tachada como problemática. Y es aquí donde la historia se vuelve aún más devastadora: el temor a la queja.
Los ciudadanos ya no reclamamos desde la confianza en nuestros derechos, sino desde el cálculo de cuál podría ser el castigo o represalia posible. Hemos aprendido a hablar bajito en los hospitales, al igual que se habla bajito en las oficinas públicas o frente a las “autoridades”. Siempre estamos con esa sospecha y temor de que incomodar al sistema puede convertirnos en su enemigo. Hemos sido domesticados de una manera miserable.
Ahora bien, Lupita se quejó. No elegantemente, no con esa “heroicidad” que uno supondría, sino solamente como se queja la gente cuando siente que algo se le muere por dentro: con la voz quebrada y con la rabia manteniéndola de pie. Y fue ahí donde pasó lo más doloroso: la queja funcionó. No hubo ningún milagro, no se abrió el mar, no bajó ningún ángel a los pasillos. Simplemente la pasaron a piso. Eso fue todo. Logró un lugar digno para la atención de su madre. Logró que alguien por lo menos la escuchara. “Bastó” con levantar la voz, para que se abriera un espacio que aparentemente no existía.
Hay una frase de Miguel Hernández, “cuando en la dentadura sientas un arma, sientas un fuego”, en la poesía “Nanas de la cebolla” que vino a mi cabeza en estos días. Porque entendí lo que significa esa imagen. Nuestra dentadura y voz como última frontera, como último recurso, como herramienta desesperada de nuestra dignidad acorralada.
Hay un momento en donde la gente deja de pedir y empieza a defenderse mordiendo, no con violencia física, sino con algo peor: endureciéndose para no desaparecer. Y es aquí donde la queja se vuelve nuestro último colmillo ciudadano, esa pequeña ferocidad aprendida, que nos permite abrirnos paso a pesar del miedo. Porque hoy, estimado lector, el silencio ya no garantiza el respeto, ahora solamente es la antesala de la invisibilidad.
Una mujer de la tercera edad con dolor intenso no debería necesitar que alguien “mueva hilos” ni que su hija entre en confrontación para recibir analgesia o valoración médica. Que finalmente la pasaran a piso después del reclamo confirma algo sumamente incómodo, donde el problema no era la imposibilidad absoluta de actuar, sino de priorizar dentro del caos.
Hoy, tengo una sensación amarga, pues puedo entender las limitaciones del sistema, pero también, no puedo olvidar y tampoco puedo dejar de resaltar que la resignación, terminará empeorándolo todo. Menester exigir lo justo. Es tiempo.
Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.
RAA