Ante el fracaso de la Revolución cubana, la prioridad debe ser aliviar el sufrimiento del pueblo e impedir la implantación de una nueva “Enmienda Trump”.
Este miércoles 20 de mayo, el gobierno estadounidense anunció su intención de presentar una acusación formal contra el expresidente cubano Raúl Castro Ruz por el derribo en 1996 de avionetas de la organización Hermanos al Rescate.
Una acción que añade otra vuelta de tuerca a las presiones para derrocar a la dictadura castrista.
La fecha anunciada para iniciar el proceso contra el nonagenario mandatario de Cuba tiene un simbolismo que no debería pasar desapercibido.
El 20 de mayo de 1902, Cuba se proclamó oficialmente una República “independiente” de España y de Estados Unidos.
Una independencia, diría yo, sumamente dependiente, pues si bien la independencia de España se produjo jurídicamente tras la derrota española en la Guerra hispano-estadounidense en 1898, la isla no obtuvo plena soberanía al quedar bajo ocupación militar de Estados Unidos entre 1898 y 1902.
A partir de esa fecha, la independencia cubana quedó muy limitada por la existencia de la llamada Enmienda Platt, que otorgaba a Estados Unidos amplios derechos de intervención en la isla, posibilitaba la creación de la base de Guantánamo, limitaba la capacidad del gobierno cubano para negociar tratados internacionales y para contraer deuda pública con otras naciones.
La enmienda Pratt fue derogada en 1934, pero su sombra permanece en el escenario de la intervención norteamericana actual para deponer al castrismo, aunque con un carácter más ominoso: la presencia de Donald Trump, que, como es usual, dificulta entender el objetivo de la estrategia estadounidense en Cuba.
¿Crees tú?, le pregunto a Peter Hakim, presidente emérito del Diálogo Interamericano, ¿que el gobierno de Trump se vale del juicio a Raúl para secuestrarlo al estilo Maduro?
“No puedo imaginarme a Estados Unidos invadiendo Cuba para arrestarlo. Al menos no sin antes nombrar a un nuevo dirigente en Cuba que plantee la manera de resolver los enormes problemas que aquejan a la isla: petróleo, electricidad, alimentos, empleo y atención médica”.
Dada la precaria situación actual en Cuba, ¿estaría la nomenclatura cubana dispuesta a negociar el cambio de régimen?
“Podría ser posible, pero lo ideal sería abordar la negociación con una formalidad limitada y mucha paciencia, lo cual incluiría la disposición de Estados Unidos a ayudar a la población cubana a evitar el desastre profundo, generalizado e inminente que enfrenta el país. El gran obstáculo a superar es la limitada confianza del gobierno cubano en Estados Unidos —así como el aparente desinterés de este último ante los problemas que enfrentan los cubanos de a pie”.
Si la intervención militar sería un desastre, ¿qué es lo que habría que negociar con las autoridades cubanas?
“Que permitan traer a La Habana a una docena de economistas cubanos de primer nivel que se encuentran en el extranjero, y los pongan a trabajar en un plan para reconstruir la economía del país. El actual sistema económico debe ser totalmente desmantelado. Quien dirija el gobierno cubano debería mantenerse al margen de la economía y dar a los economistas carta blanca para construir un orden económico sensato. Es imposible que Cuba logre reconstruir su economía mientras sus figuras políticas clave insistan en mantener un sistema económico ruinoso que ha dejado a la mayor parte del país sumida en la pobreza”.
Coincido plenamente con Hakim. La Revolución cubana ha sido un desastre económico, político y social, y el régimen actual solo se sostiene en el poder mediante la represión y el encarcelamiento de la población que protesta por su mal gobierno.
Pero la solución debe venir de una negociación seria que alivie el sufrimiento del pueblo, que evite a toda costa recurrir a medios violentos y, sobre todo, que impida la implantación de una nueva Enmienda Trump.