Entre películas que tienen un impacto sísmico más allá de lo cinematográfico y pasar a ser fenómenos sociológicos, ‘Matrix’ terminó comiendo mucha atención ya que imaginó y plasmó de manera más grande el concepto de la simulación. Cómo para no, al fin y al cabo estaba pinchando en dos nervios importantes para el ser humano: la posibilidad de que todo a nuestro alrededor sea fabricado y lo atractivo de pensar que somos el protagonista de la historia.
El concepto trascendió ya la pura película y todos entendemos que supone “vivir en Matrix”. Resulta también reflejo de su impacto y fuerza que una película estrenada el año anterior sobre lo mismo también perviva como fenómeno más allá de la propia obra, y permita desarrollar más ideas de las que la simulación cibernética permite. Esa es, claro, ‘El show de Truman’.
Siempre ante la cámara
Entre la comedia satírica y un punto de fabricación fantástica, la película es un clásico sentimental del puro cine de los noventa, con Jim Carrey en su máximo poderío tratando de expandir todo lo que podía ofrecer como estrella y el director Peter Weir desarrollando con cuidado el impresionante mundo que dibuja el guion de Andrew Niccol. Una película con una sensibilidad del momento que, sin embargo, estaba ayudando a cambiarlo para siempre.
El síndrome del personaje principal es una manifestación de comportamiento más sociológico que médico, pero nos sirve para describir ese impulso, más claro en unos que en otros, de considerarnos el protagonista de todo lo que sucede. Es una tendencia que precede a ‘Truman’, pero que la película representó con impresionante fuerza a través de un elemento más malicioso: que este protagonismo sea algo fuera de nuestro control.
A través del impresionante personaje de Ed Harris, a medio camino entre el cineasta artístico que se cree demasiado sus propias ideas y la encarnación del complejo de dios, Weir y Niccol exploran cómo incluso tener todo diseñado para amoldarse a nosotros puede ser algo interesado por fuerzas externas. La vida de Truman, si bien falsa, está pensada para ser la versión más digerible y en cierto modo libre de asperezas que se puede ofrecer a una persona.
El impulso de rebelión es entendible para cualquier ser humano, porque no podemos convivir con una falsedad una vez la descubrimos como tal y necesitamos poder experimentar lo auténtico. Aunque vaya a ser difícil, que es parte de lo que hace interesante al personaje de Harris. No le falta razón cuando considera que el mundo de fuera es hostil y poco acogedor, imposible de sostener a un espíritu puro como Truman. Por tanto, había que crear el mundo que le hiciera posible.
Los vistazos que la película ofrece del mundo exterior, siempre bien medidos desde el montaje, dibujan una realidad más caótica, en ocasiones solitaria, donde observar a una celebridad en una pecera es algo que congrega de manera masiva ante una pantalla. Y, cuando deja de estar disponible para ser vista, se pasa a ver qué más hay en la programación.
‘El show de Truman’ hoy
Esto en la película de 1998 se describe como zapping. Hoy día lo seguimos experimentando con pantallas más pequeñas, y haciendo el gesto de scrollear hacia abajo. La diferencia es que ya no necesitamos que el Truman de turno decida salir de su cueva, podemos saltar directamente a la siguiente “vida registrada” para rellenar esas horas muertas que tenemos.
La profecía de la película llegó a quedarse incluso corta. Ya no era necesaria la creación de un show televisivo con medios de producción para tener algo como ‘El show de Truman’. La irrupción de las redes sociales alimentó ese impulso nuestro de querer ser los protagonistas de nuestra historia, grabándola en todo momento y subiéndolo en diferentes formatos y plataformas para lo que considerábamos como método de interacción social.
Las redes dejaron de ser ese tejido conectivo para pasar a ser granjas que fabrican influencers y se siguen nutriendo de nuestras ganas de ser Truman, sacando beneficio económico constante y casi pasivo con gente que voluntariamente concede ser registrada en todo momento. Paradójicamente, también estamos haciendo esfuerzos activos para que nuestros hogares sean también como los de Truman, más “realidades” diseñadas para nosotros que refugios ante el peligro. Es lo que hace que ‘El show de Truman’ sea algo más que una fascinante premonición (además de una obra maestra cinematográfica) y pase a ser algo que no va a envejecer nunca.
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La noticia
‘El show de Truman’ lo cambió todo hace 28 años, pero es más impresionante aún que parezca que no va a envejecer nunca
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Espinof
por
Pedro Gallego
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