Nadie sabe qué es autodidacta hasta que las destrezas que las circunstancias hacen necesarias muestran que el currículum educativo que se haya podido transitar fue corto para desarrollar las tareas y enredos cotidianos. No es raro, por tanto, haber llegado tarde —o tal vez nunca— a lo que en algún momento pudo haber sido un cambio de rumbo hacia un oficio distinto. Esa posibilidad nunca se desarrollará, pero puede haber quedado colgada en la imaginación sin que el tiempo haya logrado restarle su atractivo, y crece al tiempo la sensación de que casi siempre se aprende sobre la marcha. De hecho, una gran mayoría de ciudadanos/as no tuvo más remedio, pues fue a partir de los años sesenta cuando España se hizo urbana, y poca gente puede decir que sigue viviendo en el mismo territorio donde nació.
En 1940, al terminar la guerra, la población rural era de un 50,5%, un punto y medio más que la urbana. En 1960, cambió la tendencia; esta la sobrepasaba ya en 15,4 puntos y, entre 1960 y 1970, el éxodo rural había reducido la actividad agraria al 29%. En 2007, solo trabajaba el campo un 4,5% y, fruto del cambio, 38 millones de personas, concentradas hoy en ciudades, únicamente ocupan el 3,9% del territorio (urbano y urbanizable), mientras algo más de 9 millones —el 20% de la población— es rural. Al tiempo que daba un vuelco la estructura poblacional, las ciudades, sus barrios y demás espacios cambiaron profundamente: los solares se rentabilizaron más y se construyeron otro tipo de edificios. El problema de la vivienda también fue cambiando; las personas y las familias, dedicadas a trabajos bien distintos de los que se hacían en el campo, sin que en muchos casos dejaran de ser precarios, vieron que todo cambiaba muy aprisa. Los modos de vida y las costumbres lo hacían rápido y, para salir adelante, siempre llegaban tarde a las nuevas maneras de ganarse la vida. Al gran cambio vivido por quienes, migrantes en una ciudad, habían nacido en una aldea, se suma el de muchos que, criados en un barrio, fueron a parar a otro muy distinto o, incluso, a un geriátrico. La posibilidad de contar sus historias de “haber llegado tarde” tal vez haya entrado en esa fase en que los hijos y, sobre todo los nietos y nietas, son muy hábiles para decir que ya está bien de “batallitas”.
Estos días rebrotan las historias del fútbol de la infancia, justo cuando el telediario, la radio y las constelaciones mediáticas han decidido que el fútbol de Infantino y la Fifa es lo que hay que ver y oír para estar al día, y para adorar a los nuevos santos, héroes y mártires de la religiosidad futbolera. El cero a cero del debut de España–Cabo Verde, o el sufrido triunfo de Francia sobre Senegal, han dado señales de cómo evolucionan los dogmas del pasado y el encuadre de novedades. En cuanto a lo primero, se reafirma la dimensión propiamente temporal y económica que la circulación del dinero confiere a este deporte. Su capacidad de unificar recursos para que los ensueños de sus fieles practicantes les sean venturosos resulta especialmente atractiva en ecosistemas sociales donde la pobreza es mayor y el esfuerzo para desarrollar las destrezas apropiadas está garantizado. Este fenómeno recuerda mucho lo que también acontece en otros ámbitos. Por ejemplo, en el de los atletas de maratón, en que destaca Etiopía de tal modo que, además de tener en Lucy un precedente significativo de la evolución humana (con 2 millones y medio de años según el C14), es un referente en el uso del bipedismo. Y sucede igualmente en cuanto al origen primordial del clero español hasta los años sesenta, en que empezó a decrecer su número, porque el crecimiento de las ciudades no le sentó bien a las “vocaciones”. En su gran mayoría eran de origen rural, y es significativo que muchas de las que hoy llevan el culto católico provengan de similares situaciones de desventaja económica. Julio Llamazares, al recorrer los pasos que habían llevado a su padre a la guerra, al llegar a Alcañiz cuenta que ha cambiado tanto la presencia de curas en su colegiata y comarca, que solo dos, “y los dos venidos de Hispanoamérica”, lo atienden “todo” (El viaje de mi padre, pág. 230). Esta novedad, además, no es exclusiva de lo que sucede en la religiosidad católica, pues también en las de carácter laico —como el fútbol o la propia política—, las diferencias internas que puedan tener los fieles del mismo credo, sostenidas en variables como la superioridad social o cultural de unos pocos, suelen avasallar a otros y, para aislarlos, les asignan alguna heterodoxia displicente. En el fútbol de los últimos cuarenta años ha sucedido lo mismo que en el cristianismo, que ya en el siglo IV —el momento clave de las definiciones dogmáticas que transmitía el catecismo a casi todos los españoles— llamar “superstición” a algunos rituales fue un modo de fijar muchas historias socioculturales. En el mundo académico, y sobre todo en el de la crítica literaria y artística —en que “el gusto” es más voluble—, cuesta admitir que siga siendo así. En el mundo de las redes sociales, lo es mucho más.
Aprendizajes básicos
En las generaciones mayores la resolución de problemas, sin los maestros debidos, estuvo especialmente condicionada, y sus historias del fútbol permiten un acercamiento genealógico a cómo era el barrio, el colegio, la vida. En la larga posguerra, ritmó su utopía de otra forma de vivir en medio de la ruina física y moral. Para muchos —cuando era casi exclusivamente de chicos—, el modo de arroparse unos a otros formando equipo produjo muchas anécdotas en que la pobreza trasluce pautas concordantes con las imposiciones franquistas. Emilio Castillejo incluso dice que “los centros escolares deberían abordar el cuerpo como una fuente histórica más”, en: Enseñar Historia al margen de los cuerpos (2022). Para la educación social de este país, aparte del “gol de Marcelino” —como signo de modernidad— fue especialmente relevante el fútbol que muchos vivieron en centros de régimen confesional, donde las contradicciones en la gestión del deporte traducían las del sistema político.
Las historias de los mayores de la tribu pueden ayudar a los más jóvenes a demandar —en un sistema educativo averiado por los mismos que han cambiado el fútbol— contextos deportivos en que el disfrute sea leal a lo que la convivencia de todos requiere. El consumo pasivo de estos días de Mundial en la tele o en las superpantallas tiene demasiada prepotencia, agresividad, segregación y racismo. Este tipo de fútbol —igual que el escurridizo proyecto de paz de EE UU con Irán— es una especie de legalización del bullying como sistema. @mundiario