Hay algo que mucha gente en Juárez siente, pero que casi nadie dice en voz alta. Una especie de hartazgo que no tiene que ver con un partido político ni con un candidato en particular. Tiene que ver con algo más profundo, más viejo, más enraizado en la historia de esta ciudad. Tiene que ver con una pregunta que, tarde o temprano, alguien tiene que hacer: ¿por qué Juárez, siendo la ciudad que más le da al estado, es siempre la que menos recibe? No es un reclamo nuevo, pero sí es uno que ya no puede seguir esperando.
Ciudad Juárez aporta el 42.5% del Producto Interno Bruto de Chihuahua. La capital del estado, la ciudad de Chihuahua, aporta el 27.3%. Para que quede claro: Juárez produce más riqueza que la capital. ¡Más! Y, aun así, las decisiones que afectan a esta ciudad se toman allá, en despachos que quedan a casi cuatro horas de distancia, por personas que muchas veces ni conocen bien las colonias, ni han vivido los años de miedo que aquí se vivieron, ni entienden lo que cuesta sacar adelante una familia en la frontera. Eso tiene nombre. Se llama deuda histórica.
Los fronterizos no somos nuevos en eso de cargar con el peso del país sin recibir lo que nos toca. Nuestra ciudad ha sido, en más de una ocasión, capital provisional de la República, bajo los mandatos de Benito Juárez, Francisco I. Madero y Venustiano Carranza; también fue cuartel del general Francisco Villa. Cuando México estuvo en aprietos, cuando la nación necesitó dónde refugiarse, esta frontera abrió las puertas. Cuando pasó la tormenta, todos se regresaron al centro y Juárez volvió a quedarse sola, como siempre.
Eso se ha repetido una y otra vez. En distintas épocas, con distintos personajes, pero con el mismo resultado: Juárez pone, pero ni las gracias le dan. Y, claro, el costo de ese abandono no está solo en los números. La inseguridad es el principal problema del estado para el 44.9% de los chihuahuenses, muy por encima del desempleo, con 12.8%, y la corrupción, con 9.8%.
Esa estadística tiene rostro. Son las familias que perdieron a alguien en los años más oscuros de la violencia. Son las madres que acompañaron féretros sin que nadie en el gobierno supiera siquiera cómo se llamaban sus hijos. Son los vecinos que llevan años esperando que alguien llegue a gobernar esta ciudad de verdad, no desde el discurso. Un gobernador que haya vivido esto desde adentro no necesita que le expliquen el problema. Lo conoce. Lo ha respirado.
Por eso, lo que viene en 2027 no debería verse como una elección más. Es una oportunidad que no llega seguido. Una oportunidad de que Juárez, por primera vez, no solo vote, sino que gobierne. Que las instituciones del estado las dirija alguien que sepa lo que es cruzar el Zaragoza de madrugada, que conozca el olor de una planta maquiladora, que haya visto crecer esta ciudad a base de esfuerzo propio y no de favores desde la capital.
Juárez genera miles de millones de pesos, colocándose entre las ciudades de mayor aportación económica en todo el país. Eso no es poca cosa. Eso es una ciudad grande, trabajadora y con todo el derecho de exigir que quienes la gobiernen la entiendan, la respeten y, sobre todo, que vengan de ella.
La cuestión ya no es si Juárez merece gobernarse a sí misma —o separarse, como algunas ideas guajiras lo han planteado—. La pregunta es si los juarenses están listos para exigir que lo de Juárez se quede aquí. Para no conformarse con candidatos que llegan en campaña con sonrisa y promesas, y desaparecen cuando ganan. Para no seguir aceptando que las decisiones importantes se tomen lejos, por gente que ve a esta ciudad como un voto que conseguir y no como una realidad que atender.
Porque si nuestra ciudad no levanta la mano ahora, ya habrá alguien más listo para seguir tomando decisiones por ella.
Y eso, después de todo lo que ha vivido esta ciudad, sería la injusticia más grande de todas.