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Vanguardia 28 May, 2026 05:00

Mirador 28/05/2026

Ha llovido en el rancho del Potrero. La gente ha vuelto a creer en Dios.

Se alarga la tertulia en la cocina de la casa de la antigua hacienda. En el fogón borbolla la olla, que no sabe de rimas. Sobre la mesa humean las tazas de té de menta o yerbanís para las mujeres, y despiden su incitante aroma las copas de mezcal para los hombres. De pronto, doña Rosa dice de don Abundio, su marido:

–Es un igualado.

Ser igualado significa no respetar categorías de personas. Y narra doña Rosa:

–El señor cura le dijo: “Lo felicito, don Abundio. 80 años de edad, y no tiene usted ni una arruga”. “Uh, padre –le contestó Abundio–. Es que no me ha visto donde se me juntaron todas”.

Reímos todos, menos don Abundio. Masculla con enojo:

–Vieja habladora.

Doña Rosa figura con índice y pulgar el signo de la cruz, se lo lleva a los labios y jura:

–Por ésta.

¡Hasta mañana!...

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