No es común que en las páginas de la sección de Política y Sociedad, alguien escriba de futbol, de ahí el título de mi columna de hoy. Mis comentarios están basados en datos proporcionados por el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015), quien, además de estar considerado uno de los escritores de izquierda más influyentes de Latinoamérica, fue un gran aficionado e historiador del futbol.
Igual que tantas otras cosas que hoy presumen los occidentales como propias, el balónpié fue inventado por los chinos hace cinco mil años. El juego consistía en colocar una valla en el centro del campo y dos equipos de número indeterminado intentaban introducir una pelota en ella sin usar las manos. Dicho de otro modo: una mezcla entre deporte, batalla campal y manifestación de la CNTE.
Se ha sabido que los antiguos egipcios y los japoneses se entretenían con una pelota, aunque todavía no habían descubierto el maravilloso negocio de vender derechos de transmisión, camisetas oficiales y esperanzas nacionales.
Los griegos dejaron grabado en mármol a un hombre golpeando una pelota con la rodilla cinco siglos antes de Cristo. Los romanos, por su parte, practicaban una versión primitiva llamada calcio, nombre que aún conservan los italianos para referirse al futbol que juegan once contra once y que suele terminar en discusión arbitral.
Mientras tanto, en estas tierras que hoy llamamos México y Centroamérica, la pelota de caucho representaba al Sol. Desde unos dos mil quinientos años antes de Cristo, el juego era una ceremonia sagrada. La recompensa para el ganador era la muerte. De ahí, sospecho yo, nuestra ancestral inclinación a perder partidos decisivos. Los antepasados entendieron desde temprano que ganar podía resultar fatal.
En 1863, reunidos en una taberna londinense –señal indiscutible de que las grandes decisiones de la humanidad suelen tomarse entre cerveza y cerveza-, varios clubes adoptaron las reglas establecidas años antes en la Universidad de Cambridge. Aun así, los encuentros podían durar dos o tres horas, el número de jugadores era prácticamente ilimitado y cuando la pelota salía disparada hacia algún bosque cercano, los participantes aprovechaban para fumar, conversar y ponerse al corriente de los chismes locales, mientras la encontraban.
Pero el verdadero cambio llegó el 21 de mayo de 1904 con la fundación de la FIFA. Nació entonces el futbol moderno y también el juego universal del “toma todo”. Lo que empezó como una pelota rodando terminó convertido en un imperio capaz de mover más dinero que algunos países, más pasiones que varias religiones y más corrupción que una licitación pública latinoamericana.
Hoy la FIFA organiza campeonatos planetarios, reparte sedes como si repartiera estampitas y predica la pureza deportiva con la misma convicción la que un político habla de austeridad mientras viaja en primera clase.. El futbol dejó de ser un juego para convertirse en una industria donde el balón es apenas un accesorio del negocio.
Los futbolistas ya no corren detrás de una pelota sino detrás de contratos multimillonarios. Los dirigentes ya no buscan campeonatos sino patrocinios. Los aficionados ya no siguen equipos, siguen marcas. Y los comentaristas hablan de “contenidos” y “mercados” como si el balón cotizara en la bolsa; sólo falta que den los resultados de los partidos en pesos y centavos.
Sin embargo, cada cuatro años ocurre el milagro. Millones de personas vuelven a creer que once muchachos en pantalón corto representan el honor, la dignidad y el destino de una nación entera. Es una ilusión hermosa. Completamente irracional, pero hermosa.
Quizá por eso el futbol sigue siendo el deporte más popular del planeta. Porque, a diferencia de la política, en el futbol todavía existe la posibilidad de que los de abajo les peguen a los de arriba.
Aunque tratándose de México, nunca hay que subestimar nuestra capacidad para convertir un trámite en una epopeya. La historia cambia de uniforme; las angustias mundialistas permanecen intactas. No importa perder, el próximo partido volveremos a creer.