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El Financiero 16 Jun, 2026 03:30

La escuela del siglo XXI debe enseñar a leer pantallas

Durante generaciones, la escuela tuvo una misión clara: enseñar a leer, escribir y comprender el mundo.

Hoy esa misión sigue vigente, pero el mundo cambió.

Nuestros hijos ya no solo leen libros, periódicos o revistas; pasan horas frente a teléfonos, tabletas y computadoras consumiendo videos, publicaciones, canciones, memes y contenido generado por algoritmos.

Sin embargo, mientras dedicamos años a enseñarles a interpretar un texto escrito, pocas veces les enseñamos a interpretar una pantalla. Ese es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

La conversación pública sobre la narcocultura suele centrarse en la prohibición: qué canciones deberían escucharse, qué series deberían verse o qué contenidos deberían restringirse.

Pero esa discusión parte de una premisa equivocada: que podemos controlar todo lo que los jóvenes consumen. La realidad demuestra lo contrario.

Vivimos en una época en la que el contenido llega por múltiples plataformas, cambia constantemente y se adapta a los gustos de cada usuario.

Pretender que los adolescentes no tendrán contacto con ciertos mensajes es tan poco realista como pensar que podemos aislarlos de internet.

La verdadera pregunta no es qué van a ver. La pregunta es cómo van a interpretar lo que ven.

La alfabetización mediática consiste precisamente en eso: desarrollar la capacidad de analizar, cuestionar y comprender los mensajes que consumimos todos los días.

Así como enseñamos a identificar la idea principal de una lectura o a distinguir un hecho de una opinión, también deberíamos enseñar a reconocer cuándo un contenido romantiza la violencia, glorifica el dinero fácil o presenta conductas destructivas como modelos de éxito.

Porque la influencia de una pantalla no está únicamente en lo que muestra, sino en cómo se interpreta.

Un estudiante que ha desarrollado pensamiento crítico puede escuchar una canción o ver una serie y preguntarse quién se beneficia de ese mensaje, qué valores promueve o qué consecuencias omite.

Un estudiante que no cuenta con esas herramientas corre el riesgo de asumir como normal aquello que simplemente se repite una y otra vez.

Por eso, la alfabetización mediática no debe verse como un tema secundario. Debería convertirse en una competencia básica para el siglo XXI.

Hoy enseñamos a leer palabras, pero también necesitamos enseñar a leer algoritmos. Enseñamos a buscar información, pero también debemos enseñar a evaluar su calidad.

Enseñamos historia y ciencias, pero debemos preparar a los estudiantes para navegar en un ecosistema digital donde la atención se disputa segundo a segundo.

Este desafío no corresponde únicamente a las escuelas. También involucra a las familias. Padres y maestros no pueden competir contra cada pantalla, pero sí pueden ayudar a desarrollar criterio. Una conversación oportuna muchas veces vale más que una prohibición.

La buena noticia es que la alfabetización mediática no busca censurar. Busca comprender. No pretende decirles a los jóvenes qué pensar, sino enseñarles a pensar.

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