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Mundiario 17 May, 2026 11:03

Galicia y Cuba: una historia compartida entre la emigración, el castrismo y la nostalgia de dos orillas

La relación entre Galicia y Cuba nunca fue solo una cuestión de emigración. Fue también una historia de memoria, poder, identidad y afectos cruzados entre dos territorios que, durante más de un siglo, se miraron mutuamente a través del Atlántico. En pocos lugares del mundo puede encontrarse una conexión tan profunda y tan cargada de simbolismo político como la que unió a la Galicia rural de principios del siglo XX con la revolución cubana que marcó el destino del Caribe durante más de seis décadas.

Esa conexión reaparece ahora con fuerza en medio de uno de los momentos más delicados de la historia reciente de Cuba. La visita a La Habana de una delegación de la CIA encabezada por su director, John Ratcliffe, las negociaciones opacas entre Washington y el régimen, el colapso energético de la isla y la creciente presión judicial contra Raúl Castro han devuelto al foco internacional un país agotado económica y socialmente. Y, de manera inevitable, también han resucitado el viejo hilo gallego que atraviesa la historia del castrismo, a veces sin distinguir entre izquierdas y derechas.

Cuba y Galicia llevan décadas compartiendo algo más que apellidos. El padre de Fidel Castro, Ángel Castro Argiz, nació en Láncara, en Lugo, antes de emigrar a Cuba a comienzos del siglo pasado. Como miles de gallegos, cruzó el océano buscando una vida mejor. En aquella emigración masiva había hambre, pobreza y también una extraordinaria capacidad de supervivencia. Galicia exportó durante décadas mano de obra, comerciantes, empresarios y campesinos hacia América Latina, pero especialmente hacia Cuba, que terminó convirtiéndose en una prolongación sentimental de muchas aldeas gallegas. De rebote, incluso Florida, en Estados Unidos, ya que no fueron pocos los gallegos que, tras estar en Cuba, se desplazaron a ciudades como Miami o Tampa.   

Fidel Castro convirtió Galicia en parte de su relato familiar, político y emocional. La isla vive hoy una crisis extrema mientras Washington aumenta la presión sobre el régimen

La propia historia de Fidel Castro nunca pudo desprenderse completamente de esa raíz. Aunque convirtió el antiimperialismo y la revolución en el núcleo de su identidad política, el líder cubano mantuvo siempre una relación emocional con la tierra de su padre. Su visita a Galicia en 1992 tuvo algo de regreso familiar y algo de acontecimiento político irrepetible. Recorrió la tierra de sus antepasados, participó en comidas populares, escuchó gaitas y compartió largas conversaciones y partidas de dominó con el fundador del PP, Manuel Fraga, entonces presidente de la Xunta de Galicia.

Aquella imagen sigue siendo una de las más sorprendentes de la política española de finales del siglo XX: el líder de la Galicia conservadora y el líder de la revolución cubana compartiendo mesa, complicidad y largas sobremesas. Pero detrás de esa escena había también una cierta lógica biográfica.

La madre de Fraga también había emigrado a Cuba. Y el propio expresidente gallego llegó a pronunciar una frase que resumía, entre la ironía y la intuición histórica, las extrañas conexiones entre ambos mundos: “Yo podría haber sido Fidel Castro”. Los dos pertenecían a generaciones moldeadas por el carácter duro de la emigración gallega, por temperamentos volcánicos y por una concepción muy personal del poder.

La mediación del alcalde de Oleiros, Ángel García Seoane, conocido como Gelo, resultó decisiva en aquella relación. Fue él quien entregó a Fraga la carta personal de Fidel Castro invitándolo oficialmente a visitar Cuba. El viaje de Fraga a La Habana en 1991 abrió un canal político y personal que terminaría cristalizando un año después con la histórica visita del líder cubano a Galicia.

Oleiros mantuvo desde entonces una relación singular con el universo castrista. Gelo viajó decenas de veces a la isla y cultivó una estrecha amistad con Fidel Castro, hasta el punto de nombrarlo concejal honorario de Alternativa dos Veciños. Ese vínculo simbolizaba algo más amplio: la fascinación que durante décadas despertó la revolución cubana en ciertos sectores de la izquierda gallega y, al mismo tiempo, la persistencia de una memoria emigrante compartida.

 

Ilustración de Raúl Guillermo Rodríguez Castro. / Mundiario Ilustración de Raúl Guillermo Rodríguez Castro. / Mundiario

Relaciones con A Coruña

Las conexiones continuaron incluso en generaciones posteriores de la familia Castro. Déborah Castro Espín, hija de Raúl Castro, visitó A Coruña y Pontedeume de la mano de José Luis Méndez, entonces director general de Caixa Galicia, y de su mujer, la profesora Matilde Pascual. El marido de Déborah Castro Espín, el poderoso general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja —auténtico cerebro económico del aparato empresarial militar cubano Gaesa hasta su fallecimiento— mantuvo además estrechas relaciones con el empresario coruñés Manuel Soto, también ya fallecido. Déborah Castro Espín es la madre de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como El Cangrejo, ahora interlocutor de EE UU, cuyo secretario de Estado, Marco Rubio, es de origen cubano.

Esa red de vínculos gallego-cubanos explica por qué en Galicia se sigue observando Cuba con una mezcla singular de proximidad emocional, nostalgia histórica y contradicción política. Porque pocas sociedades españolas conocen tan bien la complejidad cubana: el orgullo de la emigración triunfadora, el romanticismo revolucionario y también el drama del autoritarismo y el exilio.

Y precisamente ese drama es hoy más visible que nunca. La isla atraviesa una crisis que muchos cubanos comparan ya con el llamado Período Especial de los años noventa tras la caída de la Unión Soviética. Pero numerosos analistas sostienen que la situación actual puede ser incluso más grave. El ministro cubano de Energía reconoció públicamente que el país se encuentra prácticamente sin combustible. Los apagones, la falta de agua, la escasez de alimentos y el deterioro de los servicios básicos forman ya parte cotidiana de la vida en la isla.

En ese contexto ha reaparecido el fantasma de la llamada Opción Cero, aquel plan extremo diseñado por el castrismo para sobrevivir a un colapso total: racionamiento absoluto, paralización del transporte y cierre temporal de instituciones educativas. Durante años aquello parecía una amenaza teórica. Hoy muchos cubanos sienten que ya viven dentro de esa pesadilla.

Presión creciente desde Washington

El deterioro económico coincide además con una presión creciente desde Washington. La administración estadounidense ha endurecido el cerco sobre el régimen mientras explora, simultáneamente, vías de negociación pragmática. Esa aparente contradicción explica la enorme carga simbólica de la reciente visita de la CIA a La Habana. Durante décadas, la agencia de inteligencia estadounidense fue presentada por Fidel Castro como el gran enemigo histórico de la revolución, responsable de invasiones, sabotajes y conspiraciones.

La reunión actual refleja hasta qué punto la situación cubana ha entrado en una fase crítica. Al mismo tiempo, Estados Unidos prepara una acusación formal contra Raúl Castro por el derribo en 1996 de las avionetas de Hermanos al Rescate, un episodio que marcó una ruptura definitiva entre Washington y La Habana. La figura de Raúl, ya nonagenario, se encuentra hoy en el centro de una presión inédita.

Y sin embargo, incluso debilitado, el castrismo conserva todavía parte de la estructura de poder construida durante décadas. Raúl Castro sigue siendo la referencia última del aparato político y militar cubano. Su nieto, Raúl Guillermo Rodríguez CastroEl Cangrejo— participa activamente en las actuales negociaciones con Estados Unidos, reflejando hasta qué punto la familia mantiene el control de los resortes fundamentales del régimen.

Ahí reside una de las grandes paradojas cubanas. La revolución que nació prometiendo igualdad terminó evolucionando hacia un sistema extraordinariamente cerrado, sostenido por una élite político-militar y una estructura de control social muy resistente. La represión posterior a las protestas del 11 de julio de 2021 confirmó que el aparato heredado de Fidel y Raúl continúa plenamente operativo.

El círculo entre Galicia y Cuba

Pero el desgaste social es evidente. Las protestas, aunque todavía contenidas, aumentan. El consenso histórico que sostuvo durante décadas al régimen se erosiona lentamente bajo el peso de la escasez y el agotamiento colectivo. Muchos jóvenes ya no comparten ni la épica revolucionaria ni la paciencia histórica de generaciones anteriores. Y quizá ahí se cierre un nuevo círculo entre Galicia y Cuba. Porque la historia que unió a ambos territorios estuvo marcada durante décadas por la esperanza de quienes emigraban buscando futuro. También, negocios e incontestables progresos culturales.

Hoy, en cambio, la emigración vuelve a convertirse en la gran salida para miles de cubanos que abandonan la isla escapando del colapso económico y de la falta de horizontes. Una escena que Galicia conoce demasiado bien por experiencia propia. Por eso la relación gallego-cubana sigue siendo mucho más que una anécdota política alrededor de Fidel Castro o de Fraga con Gelo siempre de por medio. Es el reflejo de dos pueblos acostumbrados a sobrevivir entre crisis, memoria y desplazamientos. Y también una advertencia histórica sobre cómo las utopías, cuando se vuelven inmóviles, pueden terminar atrapadas por el tiempo. @J_L_Gomez en @mundiario


Iberostar Grand Packard en La Habana. / Iberostar Cuba Hotels & Resorts Iberostar Grand Packard en La Habana. / Iberostar Cuba Hotels & Resorts

Los mallorquines le tomaron la delantera a los gallegos en Cuba

Aunque han sido varios los empresarios gallegos con peso en Cuba –desde Víctor Moro a Manuel Soto pasando por el mítico Barreiros–, los principales intereses españoles en La Habana tienen relación con las cadenas hoteleras de capital mallorquín. Son varias las que mantienen una posición dominante en el turismo cubano mediante la gestión y comercialización de decenas de hoteles, especialmente resorts de lujo de cuatro y cinco estrellas ubicados en destinos estratégicos como La Habana, Varadero y los Cayos.

El principal operador extranjero en la isla es Meliá Hotels International, con una presencia histórica y una amplia red de establecimientos gestionados en colaboración con grupos estatales cubanos como Gran Caribe. Le sigue Iberostar Hotels & Resorts, que opera alrededor de quince hoteles y mantiene además una importante alianza logística en el país mediante la primera importadora mixta cubana. También tienen presencia en Cuba Barceló Hotel Group, con varios establecimientos bajo gestión, así como otras firmas vinculadas al capital mallorquín como Roc Hoteles, Globalia y Valentin Hoteles.

El modelo de negocio de estas compañías se basa principalmente en la gestión hotelera y la comercialización internacional de los complejos turísticos, apoyándose además en sus propias redes de turoperación y transporte aéreo para alimentar el flujo de visitantes hacia la isla. @mundiario

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