La pregunta no solamente es ideológica, es también una invitación al pensamiento riguroso. El conocimiento, para comenzar, tiene una dimensión objetiva y otra subjetiva. La objetividad se refiere al contenido: lo que se afirma o niega y se valora por su correspondencia con los hechos. En cambio, la dimensión subjetiva se desprende de la seguridad interior de quien lo afirma y ésta puede ir desde una absoluta hasta una muy pequeña certeza sobre el contenido.
Al toparnos con una opinión distinta a la nuestra suele entrar en juego nuestra parte subjetiva. Fácilmente se advierte que la seguridad interior puede doblegar la objetividad externa. Si lo señalado contraría nuestra sólida certeza nos será más complejo atender las razones del otro, simplemente porque estamos seguros de algo distinto. Si esta experiencia se multiplica dejaremos de escuchar las proposiciones que no coinciden con las nuestras. Por ello, no será extraño que terminemos instalándonos en nuestras respectivas posiciones, dejemos de escucharnos y nos atrincheremos en la manera en la que vemos el mundo. No en vano se dice que es muy difícil ponernos de acuerdo.
Si esto sucede a menudo y se extiende a muchos, las sociedades tienden a polarizarse. Lejos de buscar la comprensión de los argumentos contrarios surge la necesidad de apuntalar las propias ideas recurriendo a confirmaciones que, lejos de ahondar en el contenido de nuestros asertos, fortalecen la fuerza con la que lo afirmamos.
Esta dinámica donde la certeza se prioriza frente a la evidencia se recrudece en la arena política. Esto sucede tanto en el gobierno como en la oposición. Así vemos, por ejemplo, cómo la argumentación de la oposición respecto a las actuaciones del gobierno se centra en lo peligroso que es, en lo mal que lo hacen o en tópicos que fortalecen su propia visión, pero que no permiten un intercambio objetivo, ni contienen propuestas que permitan establecer un punto de análisis conjunto. Se ancla en generalidades.
Por su parte el gobierno busca narrativas que protejan lo que dice, sin atender a la proximidad de la afirmación respecto de la realidad. Surgen así recursos como aducir que eso es lo que pide el pueblo, que están poniendo el segundo piso de la transformación, que la historia dirá quien estaba en el lado correcto. Todo para decir con más fuerza sus aseveraciones, pero sin asomo de posibilidad de un diálogo fructífero.
La cerrazón provoca la fácil desautorización. Las proposiciones distintas a las propias no merecen atención y se descalifican de entrada. Así se pierde la oportunidad de fortalecer la visión que se tienen de las cosas. De la descalificación se pasa al insulto, se fractura el diálogo y se dificulta la convivencia.
Hace mucho aprendí a desconfiar de las afirmaciones o negaciones relativas a conceptos que agrupan artificialmente un conjunto de personas. Los grupos anónimos se integran por personas particulares y cada una de ellas tiene una opinión, una conducta o un juicio. Pretender reducir a todos los integrantes del colectivo como portadores de una idea, una conducta o un sentir es distorsionar la riqueza de la realidad.
La polarización es muchas veces la pereza de buscar acuerdos cuando la situación hace que pueda proseguirse el camino sin necesidad de entablarlo. Es el modo más sencillo y también más pobre de lidiar con el disenso, la pluralidad y la diversidad de una sociedad compleja como la nuestra. Cada prejuicio es un muro que separa y, si no tenemos cuidado de derribarlos, es posible que perduren muchos años como compartimentos infranqueables y que nos miremos unos a otros con sospecha, por el simple hecho de mirar distinto. Como bien decía Steiner, los prejuicios son verdades cansadas que empantanan el pensamiento y lo terminan estancando. Así es más difícil que aparezcan puentes de diálogo para unir voluntades y plantear futuros más promisorios.
Hace falta aprender a disentir: con razones y con respeto, convirtiendo la crítica en un ejercicio de construcción de puentes. De modo que sea posible enriquecernos de unos y de otros. La democracia subsiste cuando prevalece el diálogo sobre la fuerza, convencidos de la ventaja de dar razones para encontrar caminos comunes, prefiriéndolo sobre la rapidez que da la imposición. La arena pública, aunque resienta su eficacia, merece tomarse ese tiempo para trabajar el tejido social que nos aglutina.
Las palabras terminan teniendo más capacidad de cohesión que los impulsos no surgidos del consenso. El tiempo empleado en sumar voluntades tiene más fuerza que cualquier imposición. ¿Por qué? Porque es capaz de forjar la convicción, todo y ésta tiene un calado más profundo y de más largo aliento.
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