Aunque el verano se presenta cálido y seco, las tormentas que asedian al PSOE no amainarán, dejando charcos judiciales por todas las esquinas hasta el año que viene. Dice el hombre del tiempo que las nieblas inducidas por algunos jueces son propicias para ocultar escándalos como el juicio de la Kitchen o los escaqueos del novio de una presidenta, de cuyo nombre no logro acordarme, y otros largos retrasos menores para mayor solaz de las ranas de doña Esperanza Aguirre y las perversas finanzas de Cristóbal Montoro. El pantano está mal, muy mal, y las arenas movedizas no dejan paso a los deseos de don Alberto, quien vino a la romería de O Pino con signos de cansancio en el rostro restaurado y ya con solo dos mayorías absolutas que llevarse a la mesa.
La del sucesor, Alfonso I de Rueda, y la madrileña, candidata a desbancarlo en cuanto se descuide. O Pino no es lo que fue el Monte Faro de Fraga, pero la depauperada asistencia de seguidores estuvo resguardada de los vientos del sur, portadores de los lamentos de Moreno Bonilla por verse en el lío de asumir la prioridad nacional. Ni de Juanma ni del concepto habló don Alberto, quien, motosierra en mano, anunció una limpieza total de las instituciones. ¡Tiemblen asesores y funcionarios, los tiempos de los cesantes asoman en el horizonte! Retoma la derogación del sanchismo con otros colores.
Sí, Feijóo ha asumido que alcanzar la presidencia del Gobierno bien vale el abrazo de Abascal. Y, aunque tiene preparada la sierra mecánica de la posverdad para después del triunfo, parece dispuesto a no caer en los errores de la campaña andaluza y en los suyos propios de 2023, pidiendo la prioridad absoluta para el PP.
A mal tiempo, buena cara y a documentarse con el impermeable de la historia, dado que el precepto que implanta Vox no es una semilla nueva. Isabel y Fernando, aquellos Reyes Católicos más tarde, después de expoliar hasta la última finca a los musulmanes hispanos, hicieron correr la voz de la uniformidad: o todos moros o todos cristianos. Como resultaba más rentable lo segundo, gracias a las estructuras de la Iglesia anclada en la península desde el tiempo de los conventos romanos, condenaron a sus súbditos a ser católicos, se constiparan o no a la hora del bautizo obligatorio, antes de tener juicio y razón.
Eliminado el pecado original, fueron contra los judíos y los conversos utilizando el eficaz tribunal de la Inquisición y el bonito método de las delaciones secretas entre vecinos. Expulsados moros y judíos en masa, la economía del nuevo reino se vino abajo y, como es habitual, los poderosos engordaron sus propiedades y el pueblo soportó la pobreza de la inflación durante décadas.
Existen otros episodios de abusos de poder disfrazados de prioridad nacional, política o religiosa, como la expulsión de los jesuitas o las desamortizaciones de las llamadas «manos muertas» del siglo XIX en beneficio de las élites, de la Iglesia, de las presuntas glorias del imperio y de la financiación de las guerras borbónicas.
¿Y qué fue, si no, una urgencia nacional el golpe de Estado y su guerra del 36? Todos esos abusos se vistieron de prioridades nacionales cuyos resultados acarrearon muertes, atraso, nativismo y chovinismo social, de los que aún venimos arrastrando absurdos enfrentamientos entre poblaciones vecinas, comunidades administrativas, nacionalismos étnicos y hasta culturales.
Al no querer aprender del pasado, los calabobos de la extrema derecha del presente van camino de repetir los mismos tropiezos; son la antesala de un nuevo fascismo y ofrecen autoritarismo versus libertades. Imperfectas libertades democráticas, peligrosamente débiles cuando se opta antes por abrazar el poder que por la soleada convivencia en paz. ¡Soplan malos vientos para la razón! @mundiario