
Por Carl Benedikt Frey, Project Syndicate.
OXFORD- En la novela de Kurt Vonnegut de 1952, La pianola, las máquinas han automatizado la mayor parte de la industria, dejando solo a unos pocos ingenieros y directivos para supervisar las operaciones. El estado se encarga de alimentar y darle vivienda al resto de la población, que no tiene nada que hacer.
¿Vonnegut fue un visionario? Por supuesto, es imposible saber si la IA dejará sin trabajo a una gran parte de la población activa. Pero sí sabemos ya que la IA plantea desafíos en dos dimensiones fundamentales del bienestar humano: la felicidad y el sentido de la vida.
En lo que concierne a la felicidad, la automatización de gran parte de nuestro trabajo debería hacernos más ricos, en promedio, y eso debería conducir a una mayor satisfacción con la vida. Las investigaciones revelan que duplicar los ingresos aumenta en una proporción similar la valoración que uno hace de su vida, tanto si se es rico como si se es pobre. El desafío que plantea aquí la IA tiene que ver con la redistribución.
El sentido de la vida es otra cosa. Como muestra Betsey Stevenson, de la Universidad de Míchigan, en su análisis de los datos de distintos países, el sentido de la vida y el propósito declarados no siguen la misma tendencia que el incremento de los ingresos. El trabajo aporta algo más que dinero. El desempleo perjudica la salud mental incluso cuando los ingresos se sustituyen por completo. Además del sueldo, el trabajo ofrece estructura y un sentido de pertenencia, estatus y contribución. Estos atributos no se pueden redistribuir fácilmente.
De hecho, la IA amenaza el sentido de la vida al menos de tres maneras. Para socavar nuestro sentido de propósito, la IA no tiene por qué ser mejor que nosotros, solo tiene que ser funcionalmente adecuada y más barata. Una cosa es ser superado por algo verdaderamente extraordinario; otra muy distinta es que algo que es lo suficientemente bueno nos haga sentir irrelevantes.
Asimismo, el entretenimiento y la compañía impulsados por la IA podrían captar gran parte del tiempo y el interés social de las personas, desplazando las actividades más exigentes que generan significado. Al ofrecer una sensación de conexión fluida, la IA podría eliminar el esfuerzo -las obligaciones, la reciprocidad, el altruismo y las molestias- que requieren las relaciones reales. La compañía de la IA no nos exige nada. Es consumo disfrazado de conexión.
La vida digital ya ha transformado las relaciones humanas, y no siempre para mejor. En toda la OCDE, la interacción cara a cara ha disminuido y el uso intensivo de las redes sociales se asocia a un menor bienestar entre los jóvenes. Nada de esto es culpa de la IA (todavía), pero sí sugiere que una conexión digital más fácil no profundiza de manera fiable en la variedad de las relaciones humanas. Lo que tiende a imponerse es la comodidad, incluso cuando las personas saben que la alternativa es mejor para ellas.
Por último, el sentido rara vez surge de un estado de comodidad. Proviene del esfuerzo dedicado a alcanzar un objetivo elegido, ya sea criar a un hijo o dominar un oficio. Lo que la gente valora, en retrospectiva, no es la facilidad, sino haber luchado por algo que importaba. Si la IA elimina la fricción a gran escala, podría eliminar uno de los elementos básicos de los que se compone el sentido. Esto podría explicar por qué las sociedades más ricas reportan mayor comodidad sin un mayor propósito.
Es cierto que no todo el trabajo desaparecerá, incluso si la IA supera las capacidades humanas. Los seres humanos no dejaron de jugar al ajedrez cuando las computadoras los superaron. La gente sigue corriendo, cocinando, haciendo música, construyendo muebles y pagando un sobreprecio por espectáculos en vivo. El sentido de la vida reside en la competencia, el dominio y la autoexpresión dentro de las limitaciones propias de la vida humana, no en generar resultados óptimos. El valor del esfuerzo humano puede aumentar incluso cuando el desempeño humano disminuye.
Pero este principio tiene límites. Funciona cuando las actividades son sociales, se realizan con el cuerpo y tienen una tradición de práctica amateur, pero no cuando el sentido proviene exclusivamente del prestigio profesional o de la necesidad económica. El ajedrez siempre fue un juego, incluso si algunos lo convirtieron en un trabajo. No se puede decir lo mismo de la contabilidad administrativa. Asimismo, incluso cuando el sentido pueda sobrevivir, residirá en el proceso más que en el resultado. Antes del Open Championship de 2025, Scottie Scheffler afirmó que ganar un trofeo de golf es gratificante, pero efímero (“impresionante durante dos minutos”). El trabajo diario para alcanzar el dominio es lo que confiere un sentido más duradero.
Un argumento habitual y tranquilizador de los defensores de la IA es que el problema del sentido se resolverá por sí solo: si la IA nos da más tiempo, nos arraigaremos más en la familia, el lugar y la comunidad, tal y como ocurría antes de que la industrialización concentrase el sentido en el empleo remunerado. Quizás eso sea válido para algunas personas. Pero el arraigo preindustrial se sustentaba en condiciones -baja movilidad, obligaciones familiares, religión, necesidades locales- que muchas veces resultaban limitantes y, en ocasiones, opresivas. No deberíamos desear que vuelvan, ni reaparecerían automáticamente con el ocio masivo.
La abundancia material por sí sola no recrea las estructuras de las que antes se extraía el sentido. Pensemos en Suecia. Este país combina un estado de bienestar sólido y un nivel muy alto de satisfacción con la vida con una proporción inusualmente elevada de hogares unipersonales y evidencia que indica que los adultos más jóvenes le encuentran menos sentido a su vida que los de más edad.
Por supuesto, surgirá algún sentido de forma orgánica. Pero el interrogante es si se percibirá con la suficiente amplitud como para reemplazar lo que antes aportaba el trabajo. Hay pocos motivos para suponer que así sea. Tener un ingreso más alto puede reducir el estrés, pero no necesariamente genera un rol del que dependan otros, una comunidad que perciba nuestra ausencia o un desafío por el que valga la pena luchar. Para ello se necesitan tradiciones de participación sólidas e instituciones que las sustenten.
Las instituciones que en su momento proporcionaban sentido a la vida -sindicatos, profesiones, iglesias, escuelas, asociaciones cívicas- se construyeron con el tiempo, gracias a una combinación de iniciativa local y apoyo público. Lo mismo ocurrirá con lo que venga después. Podemos considerarlo como una infraestructura del sentido: las instituciones a través de las cuales las personas encuentran roles, reconocimiento y un sentido de utilidad.
Lo que hace que esas instituciones sean duraderas no es la buena voluntad, sino un principio sencillo: el prestigio debe derivar del desempeño. Si nos mostramos fiables, ganamos el derecho a opinar. Si dominamos un oficio, ganamos reconocimiento. Si orientamos a otros, ganamos prestigio. Si asumimos la responsabilidad de una tarea compartida, ganamos autoridad.
Lejos de acabar con la competencia por el estatus, la abundancia simplemente la redirigiría. Esta nueva competencia tendría entonces que ser civilizada, por ejemplo, ampliando lo que se considera una contribución digna de reconocimiento. La forma de lograrlo variará según el lugar. A las sociedades con familias sólidas, instituciones civiles robustas y un alto nivel de confianza social les resultará más fácil; aquellas que carezcan de ello tendrán que partir de una base más modesta. Pero el desafío sería el mismo en todas partes, y ninguna cantidad de abundancia lo resolvería. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Carl Benedikt Frey, profesor asociado de IA y Trabajo en el Oxford Internet Institute y director del Programa “El Futuro del Trabajo” de la Oxford Martin School, es autor, entre otras obras, de How Progress Ends: Technology, Innovation, and the Fate of Nations (Princeton University Press, 2025).