La política española ha entrado en una de esas etapas en las que la supervivencia se convierte en objetivo prioritario. Ya no se trata de impulsar grandes transformaciones ni de abrir nuevos horizontes legislativos. La cuestión central es otra mucho más simple y mucho más compleja a la vez: cuánto tiempo puede resistir un Gobierno cuando la mayoría que lo sostuvo empieza a resquebrajarse y cuando cada semana surge un nuevo frente de desgaste político.
Pedro Sánchez afronta ese escenario con una estrategia tan reconocible como arriesgada. Mantenerse en pie, ganar tiempo y tratar de llegar a las elecciones en las mejores condiciones posibles. No es una táctica nueva. El presidente ha demostrado durante años una extraordinaria capacidad para sobrevivir a crisis que parecían definitivas. Pero la situación actual presenta características distintas.
La erosión ya no procede únicamente de la oposición. Tampoco de un conflicto territorial o de una crisis internacional. El desgaste nace de una combinación de factores que se retroalimentan: investigaciones judiciales, tensión permanente con los socios parlamentarios, dificultades para aprobar leyes relevantes y una creciente percepción de agotamiento político.
El debate parlamentario de las últimas semanas ha dejado una imagen reveladora. Los partidos que hicieron posible la investidura ya no hablan como aliados estratégicos. Hablan como formaciones que empiezan a posicionarse para el próximo ciclo electoral.
Junts exige cambios profundos y no oculta su decepción con el Ejecutivo. Podemos marca distancias para recuperar espacio electoral a la izquierda del PSOE. El PNV ha comenzado a enviar mensajes que hace apenas un año parecían impensables. Incluso Sumar, socio de coalición, atraviesa un momento de evidente incomodidad.
Sin embargo, existe una paradoja que explica por qué Sánchez sigue resistiendo. Aunque los socios critican al Gobierno con creciente dureza, ninguno parece dispuesto a asumir el coste político de provocar su caída inmediata. El temor a una alternativa encabezada por el PP y apoyada por Vox sigue funcionando como un poderoso pegamento político.
Esa contradicción es la que mantiene viva la legislatura.
Por un lado, el Ejecutivo pierde apoyos y capacidad de iniciativa. Por otro, tampoco existe una mayoría alternativa capaz de sustituirlo.
En ese terreno intermedio es donde Sánchez intenta jugar sus últimas cartas.
La primera consiste en mantener una actividad legislativa suficiente para evitar la imagen de parálisis absoluta. El Gobierno sigue llevando decretos, proyectos de ley y medidas sociales al Congreso. Algunas tienen impacto real; otras poseen una dimensión más simbólica. Pero todas persiguen el mismo objetivo: transmitir que la maquinaria institucional continúa funcionando.
La segunda gran apuesta son los Presupuestos Generales del Estado.
Más allá de las posibilidades reales de aprobarlos, el simple hecho de iniciar su tramitación permite al Ejecutivo proyectar una idea de continuidad. Los Presupuestos representan mucho más que unas cuentas públicas. Son una declaración política. Un mensaje dirigido a los mercados, a los socios europeos, a los empresarios y, sobre todo, a los votantes.
La negociación presupuestaria amenaza con convertirse en el gran termómetro de esta fase final de la legislatura. Si fracasa, aumentarán exponencialmente las presiones para adelantar las elecciones. Si prospera, aunque sea parcialmente, el presidente ganará un tiempo precioso para intentar recomponer su posición política.
Pero el problema de fondo no es únicamente parlamentario.
La sensación de final de ciclo empieza a extenderse incluso entre sectores tradicionalmente próximos al Gobierno. Después de ocho años en el poder, resulta inevitable que aparezcan signos de desgaste. La política tiene también una dimensión psicológica, y hoy una parte significativa de la opinión pública percibe que el Ejecutivo se encuentra a la defensiva.
Cada comparecencia gira alrededor de investigaciones, polémicas o acusaciones. Cada iniciativa política queda eclipsada por la siguiente controversia.
La oposición observa la situación con paciencia estratégica. El Partido Popular no parece tener prisa. Las encuestas le son favorables y la sensación predominante en Génova es que el tiempo juega a su favor. Feijóo entiende que cuanto más se prolongue el desgaste del Gobierno, mayores serán sus opciones de alcanzar La Moncloa con una mayoría más sólida.
Por eso el escenario más probable no parece ser una caída abrupta del Ejecutivo, sino una lenta agonía parlamentaria que desemboque en elecciones cuando el propio presidente considere que ha llegado el momento menos perjudicial para sus intereses.
La pregunta clave ya no es si habrá elecciones.
La verdadera incógnita es cuándo.
Y también en qué condiciones llegará cada bloque a esa cita. @mundiario