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Mundiario 26 Jun, 2026 06:01

Mundial de fútbol, nacionalismos y negocios

Si el general prusiano y teórico estratega, Carl Von Clausewitz, hubiese vivido en nuestros días, quizás habría ampliado su famosa sentencia de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Es muy probable que incluyese el fútbol, añadiendo que, en cierta manera, éste es la continuación de la política, sustituyendo a la guerra, sea en el ámbito local, nacional o internacional. O, más bien, es la metáfora de los conflictos bélicos. Consigue la mayor parte de los objetivos de estos sin los daños que producen.

El balompié es el más popular del mundo y el más espectacularizado. Estas singularidades no podrían dejar indiferentes, en el ámbito de una competición mundial, como la que se está desarrollando en los estados del norte de América, a las naciones ni a al mundo de los negocios. 

Sin entrar en profundidades, una nación como sujeto internacional es un territorio definido por fronteras y unos habitantes definidos por una o varias identidades y organizados por unas instituciones. Se crea así un nosotros y unos ellos que compiten entre sí por los recursos, unas veces con acuerdos de colaboración o mero entendimiento y otras mediante conflictos. El ámbito interior tampoco es un remanso de paz. Surgen con frecuencia desórdenes desatados por el malestar de la población, sea por choques entre identidades, sea por las desigualdades sociales u otras causas.

Y aquí es donde es útil el fútbol más allá de la mera afición a la belleza deportiva que pueda tener. Es un deporte colectivo, el más seguido en el mundo definido con palabras procedentes del ámbito belicista: defensa, ataque, formación, estratega, disparo, cañonazo, capitán, táctica, cañonero, victoria, derrota y otros muchos.

En el campeonato mundial de fútbol, como en otros, al inicio de los partidos se toca el himno nacional de cada selección, formada en fila horizontal, donde el movimiento de la cámara nos hace pasar revista los jugadores que representan a nuestro país. Casi un calco de una revista militar.

Los colores

En la vestimenta llevan un color de la bandera (España), de la monarquía (Países Bajos), de alguna riqueza nacional ou característica geográfica (Sudáfrica), de hechos históricos (Alemania, sus colores son los de la bandera de Prusia) y otras que eligieron color por oposición al vecino y lo justificaron después como Japón (le llama azul samurai). Aun cuando en su día no quedaran colores disponibles, siempre se vincula el elegido a un hecho o característica del país al que representa.

Las victorias tienen una rentabilidad en términos de imagen de la marca-país. El ejemplo más cercano es España. En 4 años, entre 2008 y 2012, ganó dos Eurocopas de naciones y un mundial, ingresando en el muy reducido grupo que han ganado este último trofeo. Ha entrado en el G8, una especie de compensación simbólica por no haber estado nunca en el G7, el de las naciones más industrializadas. Con su apoyo a Palestina, denunciado el genocidio en Gaza, se ha hecho con los corazones de los aficionados de los países árabes en la presente edición del mundial.

Pero la rentabilidad más sustanciosa se da en la opinión pública interior. Los regímenes más beneficiados son los autoritarios. Una victoria une a la población y desvía la atención de asuntos críticos. Fue así en los triunfos de Italia en la década de los treinta. Para un país fascista con unas élites con aires de grandeza, los triunfos de la Azzurra llegaron para nutrir la propaganda y desviar la atención de la crisis económica y subdesarrollo del país.

El de selección albiceleste en 1978 contribuyó a consolidar la dictadura argentina. El de Francia de 1998, con varios jugadores negros en su formación, pareció convencer a los franceses durante algún tiempo que la convivencia multicultural era posible. Claro que, si no se hace nada, solo queda en un paliativo temporal. Es a lo que aspira, al menos, el gobernante de turno.

La Roja

Y eso ocurrió en España con la sucesión de grandes triunfos de la Roja en el período aludido. Cuando la crisis de la Gran Recesión y la catalana nos llevó a pensar que quizás nos aproximábamos a un país menor del que nos habían dicho, el futbol triunfante equilibró el pesimismo, al tiempo que el nacionalismo centralista (o españolista, a elegir) paseó aquello de infausta musiquilla “soy español, español…”

Pero hay otros ganadores. Las grandes marcas de ropa deportiva, empresas como Coca-Cola, MacDonalds, y otras multinacionales. Pero, sobre todo, la FIFA. Es como la banca en un casino: nunca pierde.

Se calcula que el presente mundial de fútbol moverá globalmente entre 36.100 y 39.600 millones de euros (1&= 0,88€.). Pero aquí hay ganadores netos, gastadores (los que viajan a ver los partidos que en entradas y palcos VIPs dejarán 2.640 millones), los que invierten en patrocinios (2.464 millones €), los que invierten probablemente a pérdidas: las televisiones (3.784), y perdedores netos, que serán las ciudades que acojan partidos, para las que se calcula unas mermas económicas de 220 millones de euros.

¿Por qué los pierden, si la FIFA asegura que proyectará internacionalmente la marca ciudad y los turistas aumentarán durante el mundial y en los años siguientes?  Los ayuntamientos se ven obligados a hacer costosas inversiones que difícilmente verán el retorno, mientras la FIFA se queda con las ganancias: con el importe de las entradas y de los palcos VIPS.

Las renuncias al Mundial

Por esta razón en España, renunciaron a ser sede del próximo mundial de fútbol A Coruña, Málaga y Xixón. Y en el Mundial que se está desarrollando lo hicieron Montreal, Vancouver, Chicago y Minneapolis.

Y no es que esta entidad ande ajustada de dinero. Entre este y otros conceptos, en los que destacan los patrocinios y la venta de los derechos de televisión, suma unos ingresos en el ciclo (2023-2026) de 11.440 millones de euros, de los cuales se queda para su funcionamiento 3.356. Con esta cantidad, dejarse sobornar, como ya es sabido, ya pasa de vicio.

Infantino y Trump. /   @fifaworldcup Infantino y Trump. / @fifaworldcup

De esta manera, y en particular desde que la dirige Infantino, los países que elige suelen ser los autoritarios de distinta naturaleza, ávidos de una imagen positiva, aunque nada tienen que ver con los valores que la FIFA vende del fútbol ni con los democráticos.  Es más, estos países, a los que se está sumando Estados Unidos, utilizan el dinero invertido para pervertir y colonizar entidades internacionales como esta, lo que se denomina sharp power (poder penetrante).

Por esto y también para que las marcas patrocinadoras no abandonen, lleva a cabo impresionantes campañas de publicidad para contrarrestar las críticas, utilizando las últimas técnicas de neuro-márquetin, intentando confundir al público con palabras que abren marcos mentales de imágenes positivas como legado, sostenible, impacto económico mundial, marco de derechos humanos guiados, que Amnistía Internacional y otros organismos han denunciado como declaraciones de intenciones abstractas sin mecanismos que las implementen ni sanciones reales.

De modo que, contradiciendo a Boscov, fútbol no es fútbol, es un negocio cuando el niño deja de jugar para divertirse. @mundiario

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