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Vanguardia 04 Jul, 2026 05:00

La mentira es vieja como la sarna

Así se refería mi madre a la mentira. Y vaya que tenía razón, estuvo presente y haciendo de las suyas, igual que hoy, desde 2500 años antes de Cristo, en la democracia griega. Jenofonte y Tucídides al hablar de Cleón y Alcibíades, dos demagogos de esa época, dieron cuenta de sus argucias y valiéndose de engaños, desacreditaban a sus rivales. Y no batallaban mucho, ya que entre los ciudadanos menos instruidos y pensadores como Tácito y Quintiliano, que afirmaban que los gobernantes del Estado tenían derecho a mentir en sus tratos con sus enemigos o sus propios representados, se volvió “moneda de curso corriente” semejante lacra.

Maquiavelo, ya por el siglo XVI retomó esta idea y la llevó a rango de norma general en todo lo relativo a la práctica política. Según Nicolás la misión principal del gobernante no era la de servir como ejemplo de ética a sus vasallos, sino el “conservarse en el poder”, y de esta suerte asegurar la prosperidad del Estado. La practicidad sobre la legalidad. Maquiavelo afirmaba que esos engaños era fáciles de cometer, toda vez que los “hombres son tan simples y están tan centrados en la necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre a quien se deje engañar”.

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