La lectura de Arde el mar o Los raros cuando todavía no había cumplido los veinte años influyó en mi vocación literaria como pudieron hacerlo Las flores del mal, de Baudelaire, o Los cantos de Maldoror, de Láutreamont. Claramente este tipo de influencias en la escritura atravesó a varias generaciones de creadores precoces que quedamos deslumbrados con la versificación apocalíptica de Panero, por ejemplo, y con la estética de un Pere Gimferrer que dotaba al lenguaje poético de connotaciones luminosas. Lo posromántico y el modernismo literario parecían corrientes novedosas en su escritura, susceptibles de una transformación que las alejaba de un manierismo que asumíamos como obsoleto. Reconozco que con osadía e ingenuidad.
Con motivo de las jornadas del Oh Poetry! Fest 2026, el pasado jueves 8 de julio se proyectó en el Parque Abelardo Sánchez, de Albacete, la película documental Pere Gimferrer. Retrato de un artista adolescente y, tras el visionado, me quedaron claras dos cosas: que el saber enciclopédico y el talento artístico casan perfectamente con el tedio de un hombre afín a la seguridad de las costumbres y que, por consiguiente, ese tedio no es sinónimo de monotonía en el caso de Gimferrer, sino que se nutre de momentos de revelación personal, ya que lo intrépido acontece en la proximidad, en el ecosistema de un editor en el que continuamente hay un despertar a la creatividad, asentado en la naturaleza de un ejercicio solitario, casi monacal, determinado además por el bullir de un ánimo interior insaciable que adquiere por fuera rutinarias pautas de comportamiento.
Como se enfatiza en el trabajo de Poldo Pomés y Lídia Penelo, esta celebración de la cotidianeidad no está exenta de paradojas que el propio Gimferrer expresa a lo largo de la cinta, pues las contradicciones, el nerviosismo verbal y la excentricidad se funden en una iconografía espléndida para representar un espíritu humanista devoto del progreso y de la sabiduría como procesos que necesitan la pausa de la interiorización, al mismo tiempo que la acción compulsiva de una escritura que, en el caso de Gimferrer, no responde a un estilo único. Su literatura emerge de una concepción versátil de las lenguas, y donde, en ocasiones, es más relevante la imagen en sí que la sintaxis que articula cada palabra.
Las entrevistas a Muñoz Molina, a Miquel Barceló o a Eduardo Mendoza, así como a otros amigos próximos a Gimferrer, hacen hincapié en esas peculiaridades de la genialidad en las que las cosas van a otra velocidad en la mente del autor de El agente provocador y que, en ocasiones, se detienen cuando lo más nimio, como puede ser la temperatura de un postre, incomoda la aparente seguridad de aquel que estudia todo para conocer mucho mejor la pasta de la que estamos hechos. El documental acierta con el ritmo. Se advierte que el dinamismo expositivo de las secuencias que van construyendo esa normalidad en torno a Gimferrer también responde a su verbalización explosiva, de la que hace gala el autor catalán cuando se expresa ante la cámara con un catalán cerradísimo y donde el tono vivaz de cada respuesta viene marcado por una agilidad de pensamiento fuera de lo normal.
Lo anecdótico y una proyección simpática, afable, de la imagen de Gimferrer no restan importancia a aspectos de su biografía en los que ausencia e inventiva han ido de la mano. Como se manifiesta en algunos testimonios de la propia película, Gimferrer es una suerte de Buda que vive en Cataluña, una especie de chamán que ha sido capaz de sortear corrientes, estilos, modas y tendencias, tantas veces esclavistas y demasiado efímeras, para hacer de su oficio de escritor y pensador una militancia, convirtiéndose así en un inclasificable como Joyce o Pynchon, en una posibilidad de mundo alternativo que se levanta cada mañana para mirar la misma realidad como si fuese en verdad una realidad inédita, para registrarla como si Adorno o Jabès hubiesen decidido darle el testigo de lo más valioso: que la rebeldía más cierta es aquella que sostiene una trayectoria afín a la universalidad, a imágenes que colocan al hombre en el centro de todo lo inexplicable. Gimferrer versus Fra Angelico. @mundiario