Durante décadas, el Tyrannosaurus rex ha sido representado como el mayor depredador terrestre de finales del Cretácico: un gigante de hasta cuatro metros de altura, cerca de doce metros de longitud y un peso que podía rondar las ocho toneladas. Sin embargo, una nueva investigación publicada en la revista Biology dirige ahora la atención hacia el extremo opuesto de su ciclo vital: el momento en el que nacía.
El trabajo concluye que las crías del T. rex eran sorprendentemente pequeñas —apenas del tamaño de un gato doméstico—, pero extraordinariamente autónomas. Según los investigadores, estos diminutos dinosaurios podían caminar, correr e incluso alimentarse por sí mismos poco después de romper el cascarón, una capacidad que modifica la imagen tradicional sobre sus primeros meses de vida y aporta nuevas claves sobre la evolución de los grandes dinosaurios carnívoros.
Frente al colosal tamaño que alcanzaban en la edad adulta, los modelos elaborados por los científicos indican que un Tyrannosaurus rex recién nacido medía aproximadamente 75 centímetros de longitud y pesaba alrededor de 1,7 kilogramos, menos que muchos perros de tamaño mediano.
Esa diferencia de tamaño implica uno de los ritmos de crecimiento más espectaculares conocidos entre los vertebrados. En apenas unos años, aquellos pequeños animales debían multiplicar miles de veces su masa corporal hasta convertirse en el superdepredador dominante de Norteamérica hace unos 66 millones de años.
Precisamente por esa enorme transformación, comprender cómo eran sus primeras etapas resulta fundamental para reconstruir su biología.
Huesos preparados para soportar esfuerzo
Estudiar dinosaurios recién nacidos no es sencillo. Los huesos de los ejemplares juveniles son extremadamente pequeños y frágiles, lo que hace que se conserven con mucha menor frecuencia que los de los adultos. Además, muchos restos permanecen durante años almacenados en colecciones de museos sin haber sido identificados correctamente.
Para superar este problema, los investigadores revisaron fósiles procedentes de yacimientos del Cretácico Superior en Norteamérica, buscando elementos anatómicos muy característicos de los tiranosaurios. Entre ellos destacaba un hueso del pie cuya forma resulta prácticamente exclusiva de este grupo de dinosaurios. También analizaron pequeños dientes cuya morfología coincidía con la de los T. rex conocidos.
Posteriormente utilizaron escáneres de rayos X mediante sincrotrón de alta resolución, una técnica que permite observar el interior del hueso sin dañarlo y estudiar cómo había crecido el animal.
La estructura microscópica de los huesos mostraba signos claros de remodelación ósea provocada por esfuerzos mecánicos repetidos, un proceso que suele producirse cuando un animal utiliza activamente sus extremidades para desplazarse. En otras palabras, las crías no permanecían inmóviles esperando ser alimentadas por sus progenitores.
Todo apunta a que caminaban y corrían desde etapas muy tempranas de su desarrollo, una característica conocida por los paleontólogos como desarrollo precocial, presente actualmente en animales como los pollos, los patos o muchas aves terrestres que pueden desplazarse pocas horas después de nacer.
Los dientes recuperados aportaron una segunda evidencia, ya que muchos presentaban un desgaste considerable que resulta incompatible con una dieta basada únicamente en insectos o pequeños invertebrados. Según los autores, ese desgaste indica que los jóvenes T. rex ya consumían presas vertebradas relativamente grandes desde muy pronto.Aunque probablemente no cazaban animales de gran tamaño como hacían los adultos, sí serían capaces de capturar pequeños vertebrados de forma independiente. Esta conclusión refuerza la idea de que nacían con un elevado grado de autonomía y dependían mucho menos del cuidado parental de lo que ocurre en numerosas especies actuales.
Una estrategia eficaz para sobrevivir
Más allá del Tyrannosaurus rex, el estudio intenta responder a una cuestión evolutiva mucho más amplia: ¿cómo cuidaban los dinosaurios de sus crías? Los investigadores sostienen que estos grandes reptiles ocupaban una posición intermedia entre los cocodrilos modernos y las aves; los primeros suelen poner numerosas decenas de huevos y ofrecen un cuidado relativamente limitado una vez que las crías nacen, mientras que las aves, por el contrario, producen menos huevos y dedican una enorme cantidad de energía a proteger, alimentar y enseñar a sus polluelos durante semanas o meses.El comportamiento del T. rex parece situarse entre ambos extremos. El equipo estima que cada puesta pudo contener entre 15 y 30 huevos, aunque no descarta que algunas alcanzaran cifras mucho mayores; al mismo tiempo, el elevado grado de desarrollo de las crías sugiere que buena parte de su supervivencia dependía de sus propias capacidades desde el nacimiento.
En un ecosistema dominado por grandes depredadores, incluidas otras especies de tiranosaurios, reducir la dependencia de los progenitores podía aumentar las posibilidades de supervivencia de la especie. De este modo, mientras los adultos continuaban cazando animales de gran tamaño, las crías ocuparían un nicho ecológico completamente diferente, alimentándose de pequeñas presas y evitando competir directamente con los ejemplares adultos.Esta estrategia también reduciría el riesgo de que toda una generación dependiera del éxito de unos pocos padres para obtener alimento. @mundiario