Batallé en creerle a la maestra cuando me dijo que uno de mis hijos podía tener TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad, ADHD por sus siglas en inglés.). Pensaba que era otra nueva condición mental inventada por los gabachos para justificar el darles drogas a sus hijos y así mantenerlos calmados.
Todos hemos conocido a un niño(a) o familiar con algún trastorno o discapacidad física, mental o emocional desafortunado. Ya sea heredado o adquirido, como los son el Síndrome de Down o el Autismo, entre otros.
Para los padres y familiares, lidiar con una condición así resulta un reto. Existen muchos prejuicios e ignorancia al respecto.
El TDAH es un trastorno neurobiológico complejo que provoca dificultades persistentes como la falta de atención, hiperactividad y conducta impulsiva que interfieren en el rendimiento diario y las relaciones personales. Existen tres tipos principales, uno es predominantemente inatento, otro es más impulsivo, y otro combina las dos características. No tiene una causa única. Se origina principalmente por una fuerte predisposición genética de hasta un 76 por ciento de heredabilidad, que interactúa con factores ambientales de desarrollo, provocando diferencias anatómicas y funcionales en los circuitos cerebrales.
Durante mi carrera académica, yo había revisado una variedad de artículos sobre cómo una gran cantidad de alumnos universitarios en los Estados Unidos abusaban de la medicina que se les receta a los pacientes de TDAH sin padecerlo ellos para obtener mejores calificaciones, y para volverse más enfocados e ‘inteligentes’. En ocasiones desde que los niños cursaban la primaria. Una ‘epidemia’ le llamaban los investigadores. Inclusive eran los propios padres quienes les conseguían medicinas estimulantes con anfetaminas a sus hijos, como el Adderall –que sin supervisión médica puede causar adicción- para que tuvieran un mejor rendimiento escolar. El abuso si existe. Hay quienes ambicionan que sus hijos sean más inteligentes en la escuela, y creen que con una pastilla esto va a suceder. Lo que no saben es que pueden causarles un daño grave a sus hijos. Como educador universitario, me tocó conocer casos de jóvenes que abusaban de estas ‘pastillas para la inteligencia’. Tenían excelentes calificaciones y promedios, pero también tenían problemas emocionales, de adaptación social, e inclusive sufrían de insomnio, presión y gran estrés.
Además, durante mi formación académica como pedagogo de educación superior, recuerdo leer complejos reportes científicos que cuestionaban y debatían la complejidad de esta condición biológica. Los mejores finalmente recomendaban enfoques y tratamientos integrales más completos que los que ofrece la medicina occidental, e informaban que el abuso de varias medicinas y drogas en los Estados Unidos se debe a una visión incompleta, miope; que consiste en tratar solo con pastillas el cuerpo y el cerebro, en lugar de llevar un tratamiento menos invasivo y de más largo plazo, que incluya también opciones de tratamientos sicológicos para la mente y las emociones. En Asia, por ejemplo, el trabajo en la meditación y la espiritualidad, así como el acercamiento a la naturaleza, obtienen resultados positivos para ayudar a la mente a enfocarse y relajarse, dos cosas muy necesarias para todos en estos tiempos postmodernos.
Claro, en una sociedad siempre de prisa y con poco tiempo para los hijos muchos prefieren las soluciones simplistas y cómodas, aunque a largo plazo se dañe a los hijos, pensaba yo entonces como promotor de la pedagogía crítica.
Como en muchas ocasiones, la verdad varía según las circunstancias. Mi concientización sobre el tema del TDAH desde entonces ha madurado. Aunque creo firmemente en los beneficios de las técnicas de relajación, meditación y en el trabajo espiritual, y además practico algunas; también se ahora que, en algunos casos, el tratamiento con medicina puede ser beneficioso para aquellos diagnosticados médicamente con esta condición. Enseguida les explico por qué.
Hace ya algunos años llevaba a mis hijos a la primaria muy temprano cuando todavía estaban chiquitos. Les ponía música relajante en el camino para bajarles el estrés de las prisas, y así llegaran a la escuela de buenas. Un día, la maestra de uno de ellos me hizo señas para lograr mi atención. Al bajar mi vidrio, me solicitó una conferencia con ella.
Días después platicamos en su oficina. Me enseñó unas notas tomadas en clase por mi hijo, quien entonces cursaba tercer grado. Después de observar algunas oraciones bien escritas y ordenadas en un principio, poco a poco las letras en los renglones siguientes -como a un tercio de página- se empezaban a hacer cada vez más pequeñas, desordenadas, curveadas y fuera de la recta del renglón. Al verme sorprendido, la maestra me explicó que mi hijo era muy inteligente, más del nivel promedio para su edad. Ella notó que mi hijo había puesto atención en la clase en un principio, pero luego su interés inicial por el tema tratado fue disminuyendo, afectando su caligrafía. Como para no inquietarme tanto, me dijo que mi hijo era muy social, y platicaba y entendía cualquier tema de conversación como si fuera ya un adulto maduro, -por entonces tenía siete años de edad- pero que sospechaba que podría tener Déficit de Atención.
En ese momento, y debido a mi conocimiento parcial del tema y, también, mis prejuicios intelectuales, -tengo que admitirlo- dudé de su diagnóstico como educadora. Sabía de la inteligencia de mi hijo, pero también pensaba que las personas que no ponen atención en ocasiones lo hacen por flojera.
Cuando niño, yo era parecido a él en la escuela. Aprendí a leer y escribir antes de entrar a primaria, y platicaba sobre temas interesantes con los adultos. Pero yo era una persona que me concentraba muy bien en mis tareas escolares, y no podía admitir que mi hijo tuviera una condición que yo criticaba como otra manera en que los médicos y las corporaciones de medicinas hacen dinero por montones.
Años después, y a través de varias consultas médicas su mamá, linda y muy inteligente también, fue diagnosticada como una persona adulta con Déficit de Atención. Por entonces empecé a saber en carne propia un poco más sobre el tema. Fue un proceso. Entendí porque a veces teníamos problemas de comunicación. Ella se aburría rápido en las pláticas largas, y se distraía fácilmente. Es algo común que muchos adultos nunca sean diagnosticados por falta de conocimiento, pero el caso de nuestro hijo ayudó. Pero eso es otro tema; aunque también es muy importante, por lo que recomiendo leer sobre el TDAH en +adultos. El asunto es que, poco a poco, fui entendiendo que hay pequeñas señales y actitudes muy típicas de personas con TDAH – y de sus variantes, como el TDA sin hiperactividad-, así como diferentes niveles. Algunos se tratan con mayor medicina o menos. Cada caso es diferente.
Como todo en la vida, el informarse bien empodera. Para aprender más sobre el tema, o si sospecha que usted o algún familiar pueden tener esta condición puede consultar una explicación médica detallada en la guía del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) en internet, o consultar con un psiquiatra neurólogo de su confianza.
PS
No sin controversias llegaron los dos mejores equipos a la final del mundial. Dos representantes de habla hispana; un latinoamericano y un europeo. Le voy a España y su gran portero, pero que gane el mejor. Messi es el mejor del mundo.