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El Diario 24 Jul, 2026 18:43

La última y nos vamos

Hace treinta días comenzó esta serie de columnas desde Sevilla, España, durante ese tiempo hablamos de libros, de largas sobremesas y de esas conversaciones que, sin proponérselo, terminan moviendo más preguntas que respuestas, mi intención nunca fue convencer a nadie, me habría conformado con algo más modesto: provocar una pausa en medio de la rutina para pensar un poco.

Hoy quiero cambiar de tema, no habrá filosofía, aunque, seguramente, terminará apareciendo, tampoco citaré algún artículo científico, la historia de esta semana es mucho más cercana, de hecho, la conozco desde hace cuarenta y dos años porque me ocurrió a mí.

Tenía doce cuando conseguí mi primer trabajo, vendía productos lácteos que cruzaban la frontera por la vía de la fayuca, antes de que algún lector especialmente celoso del orden jurídico decida presentar una denuncia, permítame tranquilizarlo, el delito prescribió hace tantos años que, si todavía existiera, ya habría recibido un homenaje por servicios prestados a la economía fronteriza. Además, uno estudia Derecho para muchas cosas, entre ellas, para saber cuándo ya puede contar esas cosas sin necesidad de prmover un amparo.

Aquellas madrugadas ibamos a El Paso y cruzabamos por la mañana mi madre, hermana y yo, con queso, mantequilla, leche, entre otras, fue ahí, escasos doce años que, antes de aprender el valor del dinero, aprendí el valor del cansancio, descubrí que cada billete escondía horas de trabajo y que el esfuerzo tenía un precio, aunque no siempre el nás razonable o justo.

Fue entonces cuando apareció una pregunta que, con distintas palabras, me sigue acompañando hasta hoy: ¿cómo se construye una vida laboral? Nací y crecí en el Infonavit Aeropuerto, en Ciudad Juárez, sobre la entonces avenida Jilotepec, hoy avenida Manuel J. Clouthier, era un barrio de trabajadores de maquiladora, profesionistas había muy pocos, si la memoria no me traiciona, apenas recuerdo uno, evidentemente, mis padres no pertenecían a ese grupo.

Por eso las conversaciones en casa eran distintas, nadie hablaba de estudiar en Europa, nadie imaginaba doctorados, estancias de investigación o congresos internacionales, el objetivo era mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más importante: terminar la preparatoria. Mi madre nunca me preguntó si quería hacerlo, simplemente dio por hecho que lo haría, hoy entiendo que aquella determinación era una forma de amor.

Con el tiempo terminé el bachillerato y apareció una nueva incertidumbre, ya no se trataba de descubrir en qué iba a trabajar. La pregunta era otra: ¿qué estudiar? No tuve un orientador vocacional, tampoco un profesionista en la familia que pudiera decirme cuál camino elegir, decidí con la poca información que tenía, viéndolo en retrospectiva, casi todas las decisiones importantes de la vida se toman así: antes de que uno disponga de todos los elementos para decidir.

La universidad fue un golpe de realidad, estudiaba al ritmo de la preparatoria y los resultados eran mediocres, hasta que una buena amiga (Claudia Berenice García), sin imaginar las consecuencias, hizo una observación que terminó cambiando mi destino, no necesitaba estudiar más horas, solamente necesitaba aprender a identificar cómo aprendía.

Cambié mis hábitos, llegaron mejores calificaciones, después apareció una beca, esa beca liberó recursos que me permitieron estudiar otra licenciatura, luego vinieron la maestría, el doctorado, el posdoctorado y, ahora, esta estancia de investigación en España, cuando miro hacia atrás descubro que ningún escalón parecía extraordinario mientras lo subía, lo extraordinario aparece únicamente cuando uno contempla toda la escalera.

Nada de eso habría sido posible sin personas que decidieron confiar en mí antes de que los resultados justificaran esa confianza, con especial agradecimiento, el doctor Borunda me abrió las puertas de la docencia, el maestro Camargo hizo posible mi incorporación a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y respaldó mi formación doctoral y claro, el licenciado Muela Reyes -doctor para todos, licenciado para mí- ha sido uno de esos maestros que enseñan incluso cuando guardan silencio, sin duda, mi mentor.

Mientras escribo estas líneas estoy por terminar mi estancia, he caminado junto con mi familia por la hermosa Sevilla, sus museos de arte e iglesias me permitieron observar algo curioso, Santiago, Sebastian e Isabella miraban los cuadros, esculturas, mezquita con la naturalidad de quien siempre creyó posible estar ahí, yo, en cambio, seguía viendo, detrás de cada pintura, al muchacho que cruzaba productos por la frontera para ayudar en casa.

Quizá esa sea la diferencia entre la generación que deseo construir y la que viví, mis hijos crecieron creyendo que el mundo podía recorrerse, yo crecí creyendo que Ciudad Juárez era el mundo entero y aquí, faltando a mi palabra inicial, debo recordaer al gran Kant, quien sostenía que la mayoría de edad comienza cuando una persona decide pensar por sí misma, a esa frase añadiría: también comienza cuando uno descubre que el lugar donde nació no tiene por qué convertirse en el límite de su destino.

Para ir concluyendo, mientras usted termina de leer estas líneas, yo estaré volando de Madrid a México, para mis hijos e hija será el regreso de un viaje extraordinario, para aquel muchacho de doce años que vendía productos lácteos, habría sido una historia difícil de creer, lo verdaderamente importante no es que hoy podamos recorrer España, Italia, Francia o Suiza. Lo importante es que ellos crecerán sabiendo que el mundo también les pertenece, ese cambio no ocurrió por casualidad ni por un golpe de suerte, ocurrió porque, hace muchos años, alguien apostó por estudiar cuando parecía mucho más sencillo resignarse, sin duda, la educación sigue siendo, con diferencia, el mecanismo más eficaz para transformar el destino económico y social de una familia, y cada generación educada modifica el punto de partida de la siguiente.

Por eso, si estas líneas llegan a un joven de Ciudad Juárez que piensa que su colonia, su apellido o su cuenta bancaria ya decidieron el tamaño de sus sueños, quiero decirle algo casi a manera de grito: estudia. Estudia aunque parezca lento, estudia aunque nadie a tu alrededor crea que vale la pena, estudia porque un título no garantiza el éxito, aunque sí multiplica las oportunidades de alcanzarlo, estudia porque la educación continúa siendo el mejor elevador social que ha construido la humanidad. Y cuando logres abrir una puerta, no te detengas ahí, permite que detrás de ti pasen tus hijos, hijas, familia y quienes todavía creen que el mundo termina donde acaba Ciudad Juárez, porque la educación tiene esa rara virtud, una vez que cambia la vida de una persona, empieza a cambiar también la de quienes vienen detrás.

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