Clínica Membrana, de Serena Creciente, permanece abierta hasta el 31 de julio de 2026 en Casa Rombos, bajo la Galería Hilario Galguera. Integrada por esculturas, instalaciones y piezas textiles inspiradas en estructuras reales de la medicina y la biología, la muestra construye una "clínica imposible" donde la anatomía deja de ser un objeto de estudio para convertirse en un territorio de ficción y contemplación.
Hay algo profundamente magnético en el umbral. Atravesar las puertas de Casa Rombos —un espacio cuyo aislamiento del entorno urbano cede ante el diálogo constante con la vegetación, el agua y una atmósfera íntima— es entrar, de entrada, a una suspensión del tiempo. El edificio mismo parece operar como una membrana: un lugar que protege, filtra y transforma lo que ocurre en su interior. En ese refugio se presenta Clínica Membrana, la exposición de Serena Creciente —nombre artístico de Samantha Lomelín— presentada en colaboración con la Galería Hilario Galguera.
Frente a una sociedad obsesionada con clasificar, medir y corregir el cuerpo bajo la promesa de la certeza, la artista propone una ficción subversiva: habitar la incertidumbre no como un error, sino como la condición misma de la existencia.
El espacio de la fisura y la temporalidad del cartílago
Un lienzo terroso se abre con una hendidura vertical que revela una carne encendida entre naranja y rojo vivo, como si la pintura tuviera temperatura. En otro cuadro, sobre fondo negro y denso, esa misma incisión se reduce a una línea mínima que corta la oscuridad de arriba abajo: dos maneras de nombrar la misma herida, una que grita y otra que apenas susurra.
El proyecto parte de referencias tan precisas como el cartílago de Meckel, las membranas basales o las mucosas orales, pero huye de cualquier tentación ilustrativa. Las estructuras inspiradas en el cartílago de Meckel toman forma en piezas talladas que recuerdan mandíbulas suspendidas: superficies blancas de brillo casi óseo que se abren para revelar hileras de protuberancias rojizas y violáceas, alojadas en una cavidad oscura y húmeda. Según el ángulo desde el que se observan, oscilan entre espécimen clínico y organismo vivo, remitiendo a una etapa embrionaria y a algo que todavía no termina de definirse: una estructura temporal que aparece, sostiene ciertos procesos y después desaparece o se transforma en otra cosa, reflejando que gran parte de nosotros funciona de la misma manera.
En las salas conviven esas estructuras mandibulares, cajas de acrílico que evocan archivos clínicos y composiciones donde la resina, el alambre, la lana y las fibras textiles oscilan entre la rigidez industrial y la vulnerabilidad orgánica. Una pieza de resina roja bajo plástico craquelado concentra el color en un bloque casi carnoso; otra, en tonos ámbar y siena veteados de rojo, recuerda la piel quemada por el sol. En los paños de lana cruda, hilos negros o carmesí bordan formas entre el diagrama anatómico y la mancha de tinta: costillas que se abren en óvalos como pulmones, redes de fibra que se enredan y se deshilachan hacia los bordes rasgados de la tela. Cada material introduce una resistencia distinta: las fibras guardan tensión, el textil absorbe y protege, y la resina preserva un instante de manera casi quirúrgica.
Enlace imagenFoto: Cortesía
Esa inestabilidad se vuelve monumental en el tótem de alabastro que preside la sala: partido a lo largo por una columna metálica que asciende como espina dorsal, duplicado por un espejo de resina negra a sus pies. Cerca, un bloque de metal veteado escurre una sustancia negra y espesa que cae sobre una tela oscura acumulada en el piso. En el hueco de la escalera, una pieza gemela cuelga desde lo alto: un lienzo color hueso recorrido por vetas negras, como un estandarte sin bandera.
El resultado es un paisaje donde la anatomía deja de ser un objeto de estudio para convertirse en un territorio de ficción y contemplación. El cuerpo está presente en todas partes, pero nunca se representa de manera directa.
"No mostrar el cuerpo completo permite que aparezca como memoria, sospecha o proyección", explica la artista. "Muchas veces percibimos nuestra corporalidad a través de sus límites, de sus faltas o de aquello que ya no está o no sentimos o vemos".
Al retirar la figura humana del campo visual, la ausencia se vuelve una presencia activa. Las piezas oscilan entre un espécimen de laboratorio y una entidad viva, obligando al espectador a dudar y a permanecer más tiempo frente a la obra.
Como señala el propio texto de sala de Víctor Mendoza, director de la Galería Hilario Galguera:
"La herida aparece aquí como una superficie en reorganización, un cierre incompleto donde la sutura conserva la memoria viva de la apertura", añadiendo que "el cuerpo es un organismo atrapado en el proceso de convertirse en algo más; una forma inestable que nunca termina de cerrarse".
Más allá del diagnóstico: La mirada personal
Esta exploración no surge de un vacío. Creciente recuerda haber crecido entre generaciones de médicos de varias especialidades, un entorno donde comprendió que la anatomía posee una extraña belleza visual y narrativa. Al dejar de ver la medicina únicamente como un sistema de conocimiento y empezar a verla como una forma de contar historias, descubrió que palabras como defecto, corrección, pronóstico, intervención y reparación organizan expectativas, miedos y posibilidades futuras.
"Me interesa utilizar esa estructura para construir una ficción verosímil, una clínica imposible donde el lenguaje médico funciona también como una herramienta narrativa", señala.
Enlace imagenSerena Creciente, artistaFoto: cORTESÍA
Ese desplazamiento conceptual transforma por completo nuestra idea de la sanación. La reparación no es un regreso idéntico al origen; es una negociación constante. El cuerpo incorpora materiales ajenos, desarrolla compensaciones y aprende nuevas formas de funcionar en un estado intermedio: cuando algo ya cambió, pero todavía no sabemos exactamente en qué se ha convertido. La cicatriz deja de ser una marca que debe borrarse para pasar a ser la reorganización de la materia y de la memoria.
Un archivo fragmentario que habita la duda
Las piezas, diagramas y archivos que pueblan la muestra remiten a sistemas de clasificación científica que interpelan la necesidad humana de nombrar, ordenar y catalogar la materia. Sin embargo, como aclara la artista, no se trata de una postura de crítica absoluta, pues clasificar es una manera de comprender el mundo y reducir su complejidad; lo que se busca señalar es que toda clasificación deja un excedente fuera, una zona ilegible que no encaja del todo en las categorías. Clínica Membrana habita precisamente ese margen.
La muestra se resiste a la tentación de explicar y opta por sostener la ambigüedad, conservando la sensación de una investigación en curso y de un archivo fragmentario donde ningún expediente logra contener una vida entera.
Si la clínica tradicional busca diagnosticar, sanar o cerrar casos con rapidez para reducir la incertidumbre, la propuesta de Serena Creciente hace exactamente lo contrario: permite permanecer un poco más dentro de ella. No busca transmitir un mensaje cerrado, sino modificar ligeramente la manera en que prestamos atención para que resulte más difícil pensar en una cicatriz como una simple marca o en una membrana como una frontera pasiva, recordándonos que el cuerpo no es un artefacto concluido, sino un proceso perpetuo de ensamblaje, intercambio y transformación.
En Clínica Membrana, Serena Creciente explora lo que ocurre cuando el cuerpo enfrenta una herida y comienza un proceso de transformación. A través de esculturas, archivos e instalaciones textiles que combinan materiales industriales con formas orgánicas, la artista reflexiona sobre la capacidad del cuerpo para adaptarse, reconstruirse y encontrar nuevas posibilidades después del daño. Más que hablar de una recuperación definitiva, la exposición plantea que toda herida deja una huella, pero amo parecer, también abre la posibilidad de un renacer. Una muestra que invita a pensar en la resiliencia desde la materia y la memoria, sin ofrecer respuestas cerradas.
