Cuesta seguir a Luisa García Gil. Habla deprisa, se ríe, se detiene a indignarse con agravios de hace medio siglo y encadena una anécdota con otra sin tomar aliento. A sus 76 años, a punto de cumplir 77, con más de 500 obras firmadas y dos estudios de arquitectura clausurados a su espalda, mide el tiempo por lo que le queda por hacer y no por lo mucho que ha hecho.
"Soy como una planta. Si me quitan el sol, me muero. Necesito actividad", dice, y en esa imagen cabe su biografía entera. Con ella inaugura El Podcast de MUNDIARIO su nueva etapa, una conversación grabada entre la piedra de A Quinta da Auga, al son del río Sarela, en colaboración con Turismo de Galicia.
Lo que sigue es el retrato de una mujer que convirtió una profesión impuesta en una manera de entender el cuidado, el de los edificios, el del patrimonio, el del territorio y el de quienes lo habitan.
La arquitecta que quería ser cirujana
La suya es, de entrada, una vocación contrariada. Quería ser médico, cirujana para más señas, y llegó a la arquitectura por decreto paterno, en una época en que el porvenir de una hija se decidía en el salón de casa. "Nada, nada. La niña dibuja muy bien, la niña, arquitecto", resume el veredicto de su padre, un catedrático de química que tampoco le consintió presentarse a Bellas Artes.
Ingresó en 1968 en la Escuela de Arquitectura de Madrid, cuando los grises entraban a caballo por las escaleras y las primeras revueltas convertían las aulas en un hervidero, y formaba parte de una rareza estadística, cinco mujeres entre unos quinientos alumnos.
Lo que empezó como imposición se transformó pronto en fascinación, seducida por una disciplina que la obligaba a tocar a la vez el arte, la historia y el dibujo. El precio de aquella condición pionera lo pagó, sin embargo, en episodios que aún relata con exactitud. Un catedrático de proyectos, ante unos planos que ella había prendido con alfileres de colores, sentenció delante de la clase que tenía enfrente a "una señorita que aspira a hacer modistilla y se ha equivocado", y la suspendió sin mirarlos.
Luisa regresó a casa dispuesta a abandonar, y su padre la empujó a lo contrario. Pasó el verano en Madrid aprendiendo sistemas de reproducción y volvió en septiembre con un proyecto impecable. Cuando el mismo profesor quiso saber de dónde había sacado semejante técnica, ella le respondió con una frialdad calculada, "se queda usted todo el verano en Madrid y aprende, como yo". Aprobó.
Una madrileña con tacones en el Barbanza
Se licenció en 1974, con veinticuatro años recién cumplidos, y poco después dio un giro que en su casa se vivió como un pequeño duelo. Había conocido en Madrid a un hombre de Rianxo y resolvió seguirlo a Galicia, invirtiendo el trayecto que su propio padre, llegado de provincias, había recorrido en sentido contrario.
Abrió estudio en Boiro cuando una arquitecta era, en el Barbanza de mediados de los setenta, poco menos que "un perro verde". Se plantaba en las obras con falda, tacones y bolso, y daba órdenes en un gallego aprendido en casa de su marido, un contraste que desconcertaba a los canteros.
La extrañeza se disolvió en autoridad a fuerza de carácter. Cuando unos operarios se burlaron de su forma de pedir por teléfono, los encaró sin rodeos, y desde aquel día, dice, se le cuadraban en la obra. Con el tiempo terminó ejerciendo "un poco de médico de cabecera" de una clientela que le consultaba herencias, pleitos y desavenencias sin relación alguna con los planos.
Su única referente entonces era Elena Regui, esposa del arquitecto de la universidad, a quien recuerda entrando en las obras con su collar de perlas y una autoridad natural. "Yo de mayor quiero ser como esta señora", pensaba. El instinto para los negocios, en todo caso, le venía de la infancia, cuando fabricaba tintas de colores que vendía a sus compañeras del Liceo Francés e imprimía tebeos con papel carbón, uno a uno, para colocarlos en el patio del colegio. Su padre no entendía de dónde salía siempre aquel dinero sin sospechar la respuesta, la misma que gobernaría su carrera, reinvertir.
Los edificios también enferman
Medio siglo de oficio no le ha cambiado el vocabulario. Luisa sigue pensando la arquitectura en clave clínica. "Yo veo la arquitectura como un ser humano", afirma, y de esa convicción deriva un método que se asemeja a un diagnóstico, averiguar qué aqueja al edificio, rastrear el origen del mal y sanarlo antes de emprender cura alguna.
Desde ahí dispara su crítica más afilada contra buena parte de la construcción contemporánea, que a su juicio "nace enferma" cuando ignora algo tan elemental como el modo en que una fachada evacúa el agua en un país de lluvia.
Su idea del patrimonio se sostiene sobre esa misma metáfora. Restaurar es, para ella, rescatar la obra de la muerte y devolverle la vida, y los edificios antiguos son ancianos venerables a quienes se ha consentido perder la dignidad; devolvérsela sin falsearlos, sin borrar la pátina que el tiempo ha depositado sobre ellos, es su manera de entender el oficio. Esa reverencia la extiende a los objetos.
En el vestíbulo de A Quinta da Auga preside el mueble de sastre de su abuelo, que dirigió la Asociación de Sastres de Madrid, restaurado por ella y trasladado pieza a pieza desde la calle Mayor. "Vigílame el negocio, papá", le dice al retrato. Vista así, la cirujana que su padre desterró del expediente académico nunca llegó a marcharse del todo. Sólo cambió de paciente.
La misionera del Courel
Antes que hotelera, Luisa fue pionera de un fenómeno que Galicia tardaría décadas en convertir en política pública, las casas de turismo rural. Empezó con el Programa Líder de Portodemouros y culminó en O Courel, un territorio que todavía describe como "virgen" y al que llegó, dice, «en plan misionera», comparándose sin ironía con el jesuita que en La Misión desciende crucificado por la catarata.
Allí convenció a familias que jamás habían tratado con un técnico de que restaurar sus casas y sus muebles era rescatar un tesoro que estaban a punto de dilapidar. Les enseñó a trabajar en equipo, a "hacer piña", y llegó a diseñarles las colchas gratis para que se sintieran orgullosos de lo suyo. Todavía hoy la reconocen sin necesidad de apellido, "la arquitecta María Luisa de Courel".
El episodio tiene más fondo del que aparenta. En aquellas casas rehabilitadas Luisa vio una herramienta contra la emigración y el vaciamiento, la posibilidad de que la gente no tuviera que marcharse, mucho antes de que el turismo rural figurase en los folletos institucionales. Esa intuición, la de que el patrimonio bien tratado genera arraigo y economía, atraviesa toda su trayectoria y explica por qué su conversación con MUNDIARIO se detiene una y otra vez en el territorio.
La ruina que compraron cuando todos los llamaban locos
A Quinta da Auga acumuló muchas vidas antes de ser hotel. Nacida a finales del siglo XVIII como una de las mayores fábricas de papel de Galicia, fue después batán, aserradero, fábrica de hielo y de cerveza, y finalmente un cuarto de siglo de maleza y abandono. Luisa entró allí como técnica, para tasar el sueño de otros, hasta que alguien pronunció la frase que le cambió el rumbo, "¿por qué no lo compráis vosotros?".
Ni ella ni su marido eran hosteleros, sólo dos románticos confesos a quienes "nos sobrecogen las ruinas" y la memoria de los esfuerzos que encierran. Los unía además una certeza, la de que Santiago merecía un hotel de la estirpe de los Relais & Châteaux en los que se habían alojado por medio mundo. Compraron la ruina en 2003, en vísperas de una crisis que su marido, promotor inmobiliario, había visto llegar. "Nos llamaron locos", recuerda.
El trecho que va de aquella decisión al resultado que hoy se admira cabe en un adjetivo que pronuncia sin dramatismo, "terribles". Seis años de obras jalonados de denuncias, escollos técnicos, asfixia económica y un desgaste que acabó cobrándose la salud de su marido.
En 2008 cerró sus dos estudios y se entregó por entero a levantar el hotel junto a su hija. "Llegó un momento en que no quería que amanecieran los lunes", confiesa, una frase que desmonta el relato complaciente del emprendimiento y recuerda que también la lucidez tiene su precio. El hotel abrió casi a hurtadillas, sin inauguración, y su primera huésped, una editora alemana, se encontró con una plantilla entera pendiente de ella.
Madre y empresaria, una batalla que no da por ganada
De todo lo que cuenta, nada la enciende tanto como la maternidad. Luisa fue socia fundadora y presidenta de la Asociación de Mujeres Empresarias y Profesionales de Santiago, nacida, según su relato, "de la desesperación" de un grupo de mujeres que reclamaban el derecho a ser madres y profesionales a la vez.
Dibujó su proyecto más importante en una cama de hospital, recién salida de una cesárea y con los puntos aún tirantes, y a los quince días ya estaba de vuelta en las obras, con la niña en un serón, a la que daba el pecho entre visita y visita.
Medio siglo después, su indignación no se ha templado. Recuerda una encuesta impulsada por la asociación según la cual el 95 % de aquellas mujeres se sentían malas madres por no poder atender a la vez a sus hijos y a sus negocios, y reprocha a la Administración que trate a la empresaria peor que a cualquier empleada.
"Tengo 76 años, voy a hacer 77, y seguimos igual", lamenta. A quien la escuche con un proyecto guardado en un cajón le deja el consejo más rotundo de toda la conversación, "que no lo deje, que tire para adelante", porque la única pena verdadera, sostiene, es morir habiendo dejado puertas abiertas sin cerrar.
Del Sarela al Pazo do Cotón
Su relación con el patrimonio gallego se midió también en kilómetros. Durante años dedicó los fines de semana a catalogar pazos para un convenio entre el Colegio de Arquitectos y la Xunta, con sus hijos pequeños embarcados en un Citroën 2CV amarillo. Sin cartografía fiable ni señales, la familia preguntaba, se extraviaba y acababa compartiendo huevos fritos y chorizo en cocinas de desconocidos que abrían la puerta a aquella comitiva. De esas expediciones nació en sus hijos una devoción por lo heredado que aún perdura; hoy su hija, Luisa Lorenzo, dirige A Quinta da Auga, mientras su hijo, José Ramón, trabaja en el audiovisual.
El siguiente capítulo familiar ya está escrito a medias. El Pazo do Cotón, en Negreira, es la nueva empresa, y Luisa la afronta con la ambición de siempre, restituir el edificio y, sobre todo, la vida que lo habitó, los manzanos, el lagar de sidra, las colmenas, el palomar y esa vieja autosuficiencia de los pazos gallegos concebidos como organismos que se bastaban a sí mismos.
Entre los primeros trabajos asomó incluso un pozo de asedio medieval, quince metros excavados en la roca. La arquitecta se ha fijado 2028 como horizonte, y reclama para acometerlo algo que le preocupa más que el dinero, los oficios. Lamenta que apenas queden artesanos, celebra como un tesoro al electricista de dieciséis años y al chaval que quería ser carpintero, y pide para Santiago una gran escuela de restauración a la altura de las italianas, donde se enseñe otra vez a ensamblar la madera.
La Galicia que no se cree lo que tiene
Como casi todo en su conversación, el relato desemboca en Galicia, y lo hace con severidad. "Galicia se ha deshecho de punta a rabo", sentencia, y atribuye buena parte del daño a la falta de formación y de visión de quienes deciden sobre el territorio. Piensa las ciudades como personas, cada una con una vocación que conviene reconocer a tiempo; Santiago, sostiene, está llamada a vivir de su patrimonio, y los pueblos, a no vaciarse.
Le duele que Galicia no valore lo que posee, y lo ilustra con la xouba de Rianxo, que sin denominación de origen los ingleses "tendrían puesta en los altare"», o con la patata de Corrubedo criada en la arena.
De aquella desidia guarda una estampa que resume su tesis mejor que cualquier informe. En una comida en Camariñas preguntó a un vecino qué le había parecido lo que habían hecho con el pueblo, y el hombre se lo explicó sin pudor, "teño tres fillos, tuven que facer tres plantas, unha para cada fillo". La lógica de levantar un piso por descendiente, ajena a la altura y al paisaje, condensa para ella un país que, en sus palabras, "no se cree el territorio que tiene".
Una biblioteca de voces para que permanezcan
Esa mirada de largo alcance es la que persigue El Podcast de MUNDIARIO desde su nacimiento. Frente a la fugacidad con que hoy se consumen los titulares y los vídeos de pocos segundos, el proyecto se propone lo contrario, sentarse a conversar una vida entera y levantar, episodio a episodio, una biblioteca audiovisual de legado que siga siendo legible dentro de años. Pocas voces encajan en ese propósito con la literalidad de la suya.
Ni siquiera el cuestionario final, breve y directo, la despoja de carácter. Admira por encima de todo la honestidad, reconoce el olor a leña como la señal inequívoca de estar en casa y define el éxito, sin dudarlo, como "estar contenta conmigo misma". Cuando le pido que complete una frase no titubea, "Galicia será mejor cuando seamos conscientes de lo que tenemos entre manos".
Quiso operar cuerpos y terminó curando edificios. A sus 76 años, cuando su marido le propone retirarse a tomar el sol, ella responde con la única imagen que la explica. Es una planta. Y aún necesita luz. @mundiario