Casi todo escritor sucumbe a la tentación de narrar el gran tema de su despedida del mundo, ya sea porque haya llegado a su muy avanzada vejez, a la enfermedad terminal o al convencimiento de su suicidio. Tenemos muchos testimonios, y el de Henri Roorda (1875-1925) en Mi suicidio es unos de los más honestos. No obstante, esa especie de justificación del acto que pronto llevaría a cabo, no es del todo clarificadora. En estos casos, la “víctima” expresa lo que quiere o puede decir, pero nunca ?porque no lo sabe, o por discreción propia o ajena? el decisivo detonante de su decisión. Sin embargo, hay que reconocer que este breve librito contiene un muy directo intento (se antepone lo meramente confesional a la construcción literaria) de dejar escrita una particular visión del mundo y de la vida.
Ya desde el título que Roorda pensó para esta especie de diario final, “el pesimista alegre”, nos adentramos en una personalidad paradojal, en el gusto por el oxímoron. Y es que este escritor belga, que fuera profesor de matemáticas en Lausana, decía amar muchas cosas de la vida, aunque no soportara el funcionamiento de la sociedad. “Para perdurar, la sociedad precisa de la violencia y de la mentira”. Y, sin embargo: “Fue la sociedad la que me reveló todas las cosas hermosas que me hicieron amar la vida”. Diríamos que estaba a favor de una ideal naturaleza humana frente a la deteriorada por los corsés que constriñen el desarrollo del buen ciudadano, del ser humano moral; o tal vez no: “Estoy seguro de que mi espantoso egoísmo y mi falta de sentido moral merecerán severos comentarios /…/ Me gustaría ser juzgado por un fisiólogo-psicólogo que hubiera estudiado con atención el pequeño mecanismo que regula los movimientos de mi alma”.
El hombre tal vez no sea culpable, sino que es una víctima de su más hosca naturaleza, esa que lo empuja hacia el egoísmo. “Siento necesidad de defender al individuo egoísta frente a las exigencias de la Moral”. O: “Decididamente, el hombre inmoral que yo soy no siente ninguna estima por los buenos ciudadanos”. Y es que ?pero no lo dice expresamente? Roorda debía pensar que era más importante la autenticidad que la contención autoimpuesta desde el origen de una presión exterior. “Soy un egoísta que ha amado mucho. He derrochado ternura como he derrochado dinero”.
Roorda se tenía por un anarquista, pero a la vez afirmaba que no le disgustaría un estado socialista “bien organizado, donde el individuo gozara de seguridad material”. Y es que la cobertura de las necesidades básicas favorecería un mayor desarrollo de la mejor dimensión humana. “Desearía una sociedad en la que el trabajo duro estuviera reducido al mínimo y en la que todos los días contáramos con muchas horas para amar, para gozar del propio cuerpo y para divertirnos con nuestra inteligencia”. Pero, ¿podría ser esta exigencia no atendida uno de los motivos para su suicidio? Cuando se plantea la imposibilidad de ese ideal, se pregunta: “En ese caso, ¿hay que desear que la vida prosiga?”. En realidad, es fundamentalmente un hedonista, pero no solo en lo material: “Cuando me hablan de los Intereses Superiores de la Humanidad, no comprendo de qué me hablan. Pero me gusta el solomillo de corzo y el borgoña viejo. Y sé lo adorable que puede ser la poesía, la música y la sonrisa de la mujer”. Pero, ¿qué ocurre? ¿Es que está impedido para disfrutar de esos dones de la vida? Porque si no, si no nos dice nada más, no se comprende muy bien esa necesidad de escapar por la puerta de la muerte.
No lo explicita, pero podemos sospechar algunos de los empujones que siente hacia la oscuridad. Tal vez las deudas económicas, pero también las sentimentales. Habla de que Sócrates, en el momento de morir, se acordó de un gallo que debía: “Cuando solo se debe un gallo, es fácil. Pero yo debo mil gallos. Y como sé que no tendré bastante energía ni bastante virtud para devolverlos todos, voy a infligirme la pena de muerte”. Pero, ¿qué faltas tan graves cometió que no podía soportarse a sí mismo conociéndolas? No lo sabremos, porque su espíritu contradictorio no tiene igual y su reserva tal vez la sostenga pensando en los demás. Dice: “Reconozco, por tanto, la gravedad de mis faltas. Debí vivir de otra manera”. Pero, dos líneas más abajo: “Pero soy incapaz de juzgarme a mí mismo con excesiva severidad, pues estuve siempre lleno de excelentes intenciones”. Entonces, ¿lo que ocurre es que su condición humana lo convierte en inocente, pero a la vez lamenta ser nocivo para sí mismo y para los demás?
En definitiva, parece que Roorda odiaba tanto la sociedad en la que vivía, llena de codicia y mezquindad, como lamentaba su propia faceta ruin. De hecho, consideraba que si siguiera viviendo haría algún bien, pero también mucho mal: “No hay ninguna maldad, pero mi egoísmo podría hacer sufrir”. Es como si se considerara a sí mismo un niño, un ser inmaduro, que no consiguiera dominar sus pulsiones, que no tuviera capacidad para un progreso moral, sino que estuviese viviendo sometido a un temperamento que solo es en parte productor de la bondad.
Pese a todo lo manifestado, ese suicidio tiene para mi mucho de enigmático. Siempre echo a faltar en los textos confesionales el contraste con una visión externa. Pero una sola no bastaría, tendría que ser múltiple, prismática; o ni siquiera esas valdrían, pues tendría que ser intrusiva, para salvar todas las barreras alzadas ante el fisgoneo de la otredad. Roorda desprecia a la sociedad que lo envuelve, pero ¿es ese bastante motivo para abandonarla? Dice: “La sociedad pide al individuo que sea lo que fisiológicamente no es. No debe extrañarnos que la acción que el educador ejerce sobre la juventud produzca gran cantidad de hipócritas y algunos rebeldes”.
Como bien dice el autor: “Los juicios que hacemos de otro dependen, ante todo, de nuestras propias costumbres espirituales”. Por eso no podemos juzgar objetivamente su muerte, ese disparo en el corazón que se dio, previa ingesta de media botella de Oporto. “Amo enormemente la vida. Pero para gozar del espectáculo hay que ocupar una buena butaca…”. Pero tal vez la clave esté en aquello insoportable que no quiere revelarnos: “No me tienta la perspectiva de reiniciar una vida en la que aún tenga que enfrentarme con ciertas preocupaciones”. “Voy a matarme pronto. No merezco este castigo…”. Sin embargo, sí le gusta la vida, aunque ya no pueda disfrutarla: “¡Ay, yo bien quisiera seguir en la Tierra!”.
“Mi suicidio será severamente juzgado”. Yo no lo hago. Aunque solo entiendo en Roorda una parte de sus contradicciones: “No comprendo a esos seres envejecidos, pobres y desdichados que desean por encima de todo durar. ¿Qué esperan?”. Sí, de acuerdo, se lo admito en parte, porque ha dicho “desdichados”. Yo aliento esa voluntad de durar que él no tuvo, esa afán por vivir, salvo cuando la propia vida sea un exceso sin sentido, un daño para los demás. @mundiario