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Radar Inteligente
Mundiario 01 Sep, 2026 02:14

La economía digital cada vez es más material: una oportunidad para España

Durante más de dos décadas repetimos una idea que parecía incuestionable: la economía del futuro sería cada vez más digital y, por tanto, menos dependiente de la industria tradicional. Internet prometía sustituir fábricas por plataformas, oficinas por redes y mercancías por datos. La riqueza, se decía, residiría en el conocimiento mucho más que en las materias primas. Sin embargo, la revolución de la inteligencia artificial está demostrando exactamente lo contrario.

Paradójicamente, cuanto más digital se vuelve la economía, más necesita apoyarse en una gigantesca infraestructura física. La inteligencia artificial no vive en una nube etérea. Necesita centros de datos que ocupan miles de metros cuadrados, consume cantidades crecientes de electricidad, exige sistemas avanzados de refrigeración, depende de millones de semiconductores y requiere cobre, acero, tierras raras, transformadores, cables submarinos y redes eléctricas capaces de soportar una demanda sin precedentes.

Los datos publicados esta semana ofrecen una fotografía muy reveladora de ese cambio. La actividad manufacturera volvió a acelerarse en China, Japón, Corea del Sur, Taiwán y otros países asiáticos gracias a la fuerte demanda de chips, servidores, memorias y equipos vinculados a la inteligencia artificial. Japón registró el mayor crecimiento de nuevos pedidos industriales desde 2018, mientras Corea del Sur continúa beneficiándose del superciclo de los semiconductores y China encuentra en las exportaciones relacionadas con la IA uno de los pocos motores sólidos de su recuperación industrial.

La revolución de la IA no solo impulsa a las tecnológicas: reactiva la industria manufacturera en Asia y convierte la infraestructura física en el verdadero campo de batalla económico del siglo XXI

No se trata únicamente de un buen momento para Nvidia o para los grandes fabricantes de chips. Lo verdaderamente significativo es que la inteligencia artificial está actuando como una inesperada política industrial global. El gasto de unas pocas compañías tecnológicas estadounidenses está impulsando fábricas repartidas por toda Asia, desde productores de memorias hasta fabricantes de equipos eléctricos, fibra óptica o componentes de alta precisión. La economía digital está generando una nueva ola de actividad manufacturera que pocos anticipaban hace apenas cinco años.

Este fenómeno obliga también a revisar algunos de los grandes debates económicos de nuestro tiempo. Durante años se pensó que la competitividad dependería principalmente del talento, del software o de la capacidad para desarrollar algoritmos. Todo eso sigue siendo importante, pero ya no basta. La inteligencia artificial ha devuelto al primer plano cuestiones que parecían propias del siglo XX: dónde se construyen las fábricas, quién controla las redes eléctricas, qué países producen los semiconductores o quién dispone de suficiente capacidad energética para alimentar miles de centros de datos.

No es casual que gobiernos de todo el mundo hayan comenzado a hablar de soberanía tecnológica con un lenguaje que recuerda al de las viejas políticas industriales. Corea del Sur acaba de presentar un presupuesto récord con fuertes inversiones destinadas a reforzar su liderazgo en inteligencia artificial y semiconductores, financiado en buena medida por los extraordinarios beneficios obtenidos por gigantes como Samsung o SK Hynix gracias al auge de la IA.

Europa, mientras tanto, afronta un desafío especialmente complejo. Durante años ha liderado la regulación digital y ha defendido estándares avanzados en privacidad, competencia y uso responsable de la inteligencia artificial. Sin embargo, la nueva economía exige algo más que normas. Requiere infraestructura, inversión y capacidad industrial. Sin centros de datos, sin energía abundante y competitiva y sin una base manufacturera suficiente, el riesgo es evidente: convertirse en un gran consumidor de tecnologías diseñadas y fabricadas por otros.

España dispone de ventajas: abundancia de energía renovable, capacidad para atraer centros de datos, experiencia en infraestructuras y una posición geográfica privilegiada

España no debería contemplar este cambio como una amenaza inevitable, sino como una oportunidad estratégica. El país dispone de algunas ventajas difíciles de encontrar en otros lugares de Europa: abundancia de energía renovable, capacidad para atraer centros de datos, experiencia en infraestructuras, una posición geográfica privilegiada para el cableado submarino y un tejido industrial que puede adaptarse a la nueva demanda tecnológica. La cuestión no solo consiste en aspirar a crear el próximo gran modelo de inteligencia artificial. También importa participar en todo aquello que hace posible esa revolución: redes eléctricas, refrigeración industrial, construcción especializada, almacenamiento energético o componentes electrónicos.

La historia económica demuestra que las grandes transformaciones tecnológicas nunca eliminan por completo la importancia de la industria; simplemente la reinventan. La máquina de vapor impulsó el carbón y el acero. La electrificación multiplicó las redes de distribución. Internet hizo crecer las telecomunicaciones. La inteligencia artificial está haciendo algo parecido con los centros de datos, la energía y los semiconductores.

Quizá el mayor error sea seguir pensando que la economía digital flota sobre un mundo inmaterial de algoritmos y pantallas. En realidad, cada respuesta generada por una inteligencia artificial consume electricidad, atraviesa kilómetros de fibra óptica, utiliza chips fabricados en Asia y depende de infraestructuras cuyo coste se mide en miles de millones de euros.

La economía digital no está sustituyendo al mundo físico. Está construyendo uno nuevo sobre él. Y esa puede ser la gran lección económica de esta década: el poder tecnológico ya no pertenecerá únicamente a quienes diseñen el mejor software, sino también a quienes sean capaces de producir la energía, los materiales y las infraestructuras que permitan mantenerlo en funcionamiento. La economía del futuro será digital, sin duda. Pero nunca había necesitado ser tan material. @mundiario

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