En otras ocasiones en este espacio, he compartido historias sobre los “pueblos de gesto antiguo” que son municipios guanajuatenses, que tienen esa magia de pueblo que invitan a visitarles y a hacer amigos y a saber de su pasado y presente. Jerécuaro, uno de los municipios “tarascos” en el sur del estado de Guanajuato, es uno de ellos. Aunque dista casi a tres horas de León, cruzando por el corredor industrial hasta atravesar los Apaseos, es que se cruzan llenando los ojos de tonos verdes en estos lares que son más húmedos y con áreas naturales protegidas que rodean a la enorme Presa Solís. Allá en Jerécuaro hay gente buena y trabajadora, que por décadas es un “lugar como nido” nombre que proviene del purépecha Xerecuaro, seguramente porque es un pequeño valle que se forma rodeado de cerros, referencia a su perfil geográfico en una barranca o zona cóncava.
Se creó hace 500 años; es un sitio con fuertes tradiciones prehispánicas y coloniales y tiene un acervo de haciendas y templos que invitan a conocerle o a recorrer los trayectos a las lagunas o al cerro que tiene su cumbre junto al Señor de la Misericordia. Hace tres años, admirando su patrimonio histórico y viendo que no se contaba con una monografía para visitantes o inversionistas o para la descendencia jerecuarense, propuse ayudar a redactarlo. Así, hace un año lo concluimos y está pendiente la publicación, más porque requiere de fotografías que den cuenta de la cantidad de espacios y personas que dieron forma a este “nido”.
Los municipios que circundan la Presa Solís, viven de la agricultura que es beneficiada por la humedad; las montañas escurren agua subterránea y las lluvias aportan a este gran vaso que ahora, deberá dar tributo al corredor industrial para llevar por acueducto, agua a la sedienta zona industrial que fue acabando con aguas superficiales y sus reservas subterráneas. Pero hoy todavía, se puede gozar la rebosante presa que reciba lo que el sistema Lerma le aporta desde la zona industrial del Estado de México. Así, las aves migratorias y las nativas, disfrutan para sobrevivir, la humedad de esta verde región que invitaría a que hubiera casas de descanso para jubilados de Celaya o Querétaro, pues mereceríamos poder invertir en municipios hermosos y mágicos como Jerécuaro y no pensar en que hay gente que busca vivir del trabajo de los demás.
Pero al igual que muchas zonas del País, el crimen, gente proveniente de otras latitudes, generó violencia y sembró miedo entre la gente tranquila de este “pueblo de gesto antiguo”. Como en toda comunidad pequeña, se sabe dónde y quiénes son, pero se tiene miedo, reservas, como todos lo tenemos. No se han salvado empresarios o políticos; la cuestión es que los malosos quieren mostrar en un reto a la autoridad, que son quienes mandan. Igualito que, en el resto del País, esto no solo roba la paz y la armonía, sino que evita que los visitantes quieran conocer lugares tan hermosos. Hoy, visitar estados o municipios, es peligroso. Desplazarse como lo hicieron nuestros padres, es algo que debe evaluarse y en su caso, tomarse todas las previsiones, solo para reducir la probabilidad de sufrir la inseguridad en este México tan agonizante por el crimen.
Los asesinatos que se han dado, como el de la familia de la Alcaldesa, una joven profesionista, líder y carismática, que anima a su comunidad hacia una vida mejor, oscurecen los destellos que la gente buena hace brillar. Por eso, lo lamento y me duelo con la comunidad que trabaja a diario para forjarse un porvenir y que ve cómo a veces se despedazan trozos de los proyectos colectivos de futuro. Por eso, me duele lo que pasa en el País y en particular, lo que le pasa a estas comunidades de gente trabajadora y que podría seguir creciendo cuando las inversiones y el turismo se den, para lugares que tengan las condiciones básicas de seguridad y paz. Jerécuaro, hermoso pueblo mágico guanajuatense, te abrazo, deseando que sea el futuro para las mayorías que quieren paz y trabajo para su descendencia.