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Mundiario 18 Sep, 2026 18:52

La NASA descubre un gigantesco cráter en la Luna: el impacto de un siglo que pasó inadvertido

La Luna acaba de proporcionar a la ciencia una de esas oportunidades que difícilmente pueden planificarse. La NASA ha identificado un nuevo cráter lunar de 222 metros de diámetro y hasta 43 metros de profundidad, formado por el impacto de un fragmento de asteroide o cometa entre abril y mayo de 2024. Es el mayor cráter de impacto reciente identificado en el Sistema Solar y, según los investigadores, un acontecimiento de esta magnitud puede producirse aproximadamente una vez cada siglo.

El hallazgo resulta especialmente relevante porque el impacto no fue observado cuando ocurrió. No hubo una alerta previa ni una imagen tomada en el momento de la colisión. El acontecimiento quedó escondido dentro de la enorme cantidad de información recopilada por el Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO), la nave de la NASA que lleva más de 17 años cartografiando la superficie lunar.

El cráter ha recibido el nombre de McGetchin, en homenaje a Thomas McGetchin, científico especializado en la Luna y antiguo director del Lunar and Planetary Institute de Houston. Sus dimensiones equivalen aproximadamente a dos campos de fútbol y superan ampliamente al anterior mayor cráter reciente descubierto por el propio LRO.

La primera pregunta es inevitable: ¿cómo pudo pasar inadvertido un impacto capaz de excavar un agujero de 222 metros? La explicación está en la propia naturaleza de la Luna. A diferencia de la Tierra, carece de una atmósfera densa capaz de frenar o desintegrar muchos de los objetos que llegan desde el espacio. Los impactos son frecuentes, pero la mayoría producen cráteres demasiado pequeños para ser reconocidos fácilmente desde la órbita.

El impacto que originó McGetchin se produjo entre el 11 de abril y el 22 de mayo de 2024. El objeto que golpeó la superficie pudo tener un tamaño comparable al de un edificio de tres a seis plantas. Sin embargo, ningún telescopio terrestre o espacial lo registró en tiempo real. 

La respuesta llegó mucho después. Robert Wagner, investigador relacionado con el sistema de cámaras del LRO, estaba comparando imágenes antiguas y recientes de grandes regiones lunares. El 24 de octubre de 2025 detectó una zona especialmente llamativa: una mancha brillante rodeada por un halo oscuro que no aparecía en las imágenes anteriores. Aquello era material expulsado por un impacto.

La comprobación mediante imágenes anteriores permitió determinar que el terreno había cambiado. Posteriormente, la cámara de alta resolución del LRO obtuvo fotografías mucho más detalladas y permitió establecer las dimensiones del cráter y estudiar las consecuencias de la colisión. La confirmación científica llegó a principios de 2026 y los resultados se publicaron en septiembre en Science Advances.

Un cráter que cuenta la naturaleza de la superficie lunar

La importancia del descubrimiento no está solamente en el agujero. Está en todo lo que ocurrió alrededor. La colisión expulsó roca y regolito a grandes distancias y alteró la superficie lunar en un área que supera ampliamente las dimensiones del propio cráter. Los investigadores han podido estudiar las trayectorias de esos materiales y reconstruir aspectos de la energía liberada durante el impacto.

Uno de los hallazgos más interesantes procede del instrumento térmico Diviner, también instalado en el LRO. Los científicos detectaron alrededor de McGetchin una zona fría de unos 7 kilómetros de diámetro. La explicación está relacionada con la estructura del regolito: el impacto lo removió, lo esponjó y redujo su densidad, modificando su capacidad para conservar el calor durante la noche lunar. 

David Paige, de la Universidad de California en Los Ángeles, compara este proceso con una especie de “jardinería” del suelo lunar. Los impactos remueven materiales que estaban enterrados y los colocan sobre la superficie, mientras otros sedimentos quedan desplazados hacia abajo.

La metáfora es útil porque revela que la superficie lunar no es tan estática como podría parecer; al contrario, la Luna está siendo remodelada continuamente. Durante décadas, la imagen dominante de nuestro satélite fue la de un mundo geológicamente casi congelado, marcado únicamente por impactos ocurridos hace miles de millones de años. Sin embargo, el LRO (Lunar Reconnaissance Orbiter) ha ido construyendo una perspectiva completamente diferente. Desde su lanzamiento en 2009, esta misión ha identificado al menos 1.000 cráteres nuevos y alrededor de 100.000 cambios superficiales asociados a los impactos y a los materiales expulsados por ellos. Cabe destacar que la mayoría de estas modificaciones son diminutas en comparación con el cráter McGetchin.

Los nuevos datos indican además que los dos primeros centímetros de regolito lunar pueden ser removidos y sustituidos por material expulsado aproximadamente cada 80.000 años, un ritmo más rápido del que se calculaba anteriormente. Eso también modifica una imagen popular relacionada con las misiones Apollo: las huellas de los astronautas no permanecerán intactas para siempre. A escala geológica, el constante bombardeo de micrometeoritos y los impactos mayores terminan remodelando la capa superficial.

No significa que la Luna experimente una erosión como la Tierra. No hay lluvia, viento ni ríos que desgasten el terreno. El proceso es diferente: la superficie se modifica principalmente mediante impactos.

 

Por qué importa para las futuras bases lunares

Aquí aparece la dimensión práctica del descubrimiento. McGetchin no es únicamente una oportunidad para estudiar la historia de la Luna. También proporciona información para la futura exploración humana. La NASA y otras agencias espaciales proyectan una presencia humana más prolongada alrededor y sobre la superficie lunar. En ese contexto, comprender con qué frecuencia se producen impactos y hasta dónde puede viajar el material expulsado es una cuestión de ingeniería.

Un cráter de 222 metros demuestra que un impacto relativamente infrecuente puede modificar una superficie enorme. Los científicos quieren utilizar los datos para calcular qué probabilidad existe de que material procedente de futuros impactos alcance una instalación lunar y a qué distancia podría causar problemas. Esa información puede ayudar a diseñar estructuras más resistentes y determinar dónde conviene instalar determinados equipos.

Llamar a McGetchin un “hallazgo de un siglo” puede inducir a pensar que la NASA acaba de encontrar algo que nadie sabía que existía. En realidad, el cráter se formó hace más de dos años. Lo extraordinario es haber podido identificarlo posteriormente y reconstruir el acontecimiento con imágenes tomadas antes y después del impacto.

Ese detalle es precisamente lo que convierte el descubrimiento en una oportunidad científica excepcional. Los cráteres lunares antiguos permiten reconstruir acontecimientos ocurridos hace millones o incluso miles de millones de años. McGetchin ofrece algo diferente: un experimento natural reciente, observado mediante instrumentos que ya estaban funcionando antes de la colisión.

La investigación permite comparar directamente el mismo territorio lunar antes y después de recibir el impacto. La Luna sigue recibiendo objetos procedentes del espacio. Lo que ha cambiado es nuestra capacidad para detectar las consecuencias. El LRO ha demostrado que incluso un fenómeno ocurrido a cientos de miles de kilómetros puede quedar registrado indirectamente en enormes archivos de imágenes hasta que alguien encuentra la señal correcta. @mundiario

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