Los que realmente saben del tema están convencidos de que no hay manera de aprovechar el espacio profundo sin conocer más de la Luna pues este silencioso y monótono cuerpo celeste tiene en realidad mucho que decirnos. Supongamos por un momento que el Homo sapiens efectivamente surgió en el Sureste africano hace 300 mil años y que nunca hubiese salido de allí, que hubiese sido un empedernido sedentario sin el menor interés de ir más allá de lo que sus ojos podían ver desde casa.
Pero gracias a que tuvo curiosidad y necesidad hoy estamos esparcidos por toda la Tierra, desde el Valle de Tacupeto, en Sonora, con sus 300 habitantes, hasta el Tokio metropolitano con sus 40 millones de pobladores. Se vale suponer y extrapolar: De igual manera, los 8 mil millones de sapiens que hoy poblamos la Tierra seremos nada en comparación con los múltiplos de eso que en los siguientes siglos y milenios habitarán nuestro sistema planetario y luego toda la Vía Láctea, y sólo Dios sabe hasta dónde, cuántos y hasta cuándo.
Pero todo comienza por uno, o de uno por uno. Poner una estación o apeadero estable y permanente en la Luna ya no es un sueño alucinógeno y no será una opción sino necesario para poder llegar más lejos; la Luna no será ya un terreno baldío, arenoso, aburrido e inútil.
Será el instinto de supervivencia o quizá la codicia, pero estamos escuchado desde los medios que nuestro satélite, así de silencioso y aburrido, podría tener en su suelo y subsuelo una serie de elementos y compuestos que son muy deseables y deseados para garantizar el abasto de ingredientes para el desarrollo, por ejemplo, los llamados volátiles como nitrógeno, agua, dióxido de carbono, dióxido de azufre, metano, amoniaco e hidrógeno, y también una amplia gama de minerales, baste mencionar los silicatos. Ya con esto hay motivo para entender el deseo de explorar la Luna. Probablemente la primera industria lunar sea la minería. La misión y objetivos de Artemis II, este programa que incluye el viaje tripulado que regresó ayer por la tarde tras 10 días de viaje redondo hacia la Luna y muy en especial su lado oculto que nunca hemos -habíamos- visto.
Los astrónomos están muy seguros de que la misión Artemis II aportará conocimientos para avanzar en la exploración del “espacio profundo”, ése que está más allá de dos millones de kilómetros de la Tierra. El estudio del suelo lunar abonará al conocimiento de la formación de nuestros planetas vecinos y sus lunas, con datos de hace unos 4,000 millones de años, era en la que en el cosmos, incluida nuestra galaxia, había una violencia intensa entre estrellas, planetas, asteroides, gases, velocidades, masas, energía y temperaturas extremas.
Bien, pero aún más allá de todo esto, otros objetivos de Artemis II incluyen la validación de los sistemas de soporte vital en la pequeña nave -Orion en este caso-, así como aspectos fundamentales de seguridad humana, de planeación de las próximas misiones de alunizaje y colectar innumerables datos más para proyectar viajes de exploración a Marte y además retorno libre a la Tierra utilizando la gravedad lunar y sin combustible adicional.
Algo realmente importante fue equipar la primera cápsula -cápsula, no trasbordador de grandes dimensiones- con un inodoro que había de ser probado para tener resuelto el complejo asunto de ir al baño y disponer de las excretas en un vehículo tan diminuto, ya no solo para orbitar la tierra sino para viajar por lo menos hasta unos 400 mil kilómetros lejos de casa. Ojalá tanto gasto, tanto esfuerzo y tanto riesgo valgan mucho la pena, sean para el bien de todos los que ahora estamos y los que estarán después y mucho después.
Jesús Canale
Médico cardiólogo por la UNAM.
Maestría en Bioética.