
Hace unos días asistí en una quinta campestre cercana a Monterrey a la comida de cumpleaños de un buen amigo mío. (Ningún amigo malo tengo). Se sirvió un banquete más copioso que el de las bodas de Camacho en el Quijote. Había cabrito, desde luego, preparado en seis o siete formas diferentes: al pastor, al horno, al ataúd, en adobo, guisado en salsa de tomate, en fritada... Había borrego a la griega. Había marrano asado a fuego lento. Había –cosa inusual– patagorría, que no es platillo nuevoleonés, sino declaradamente coahuilense, del centro y norte de nuestro Estado.