Durante más de cien años, los montes Apalaches estuvieron completamente desprovistos de una de sus especies más emblemáticas. La cacería desmedida y la destrucción progresiva de su hábitat acabaron con la especie: en el caso particular de Kentucky, el alce del este o wapití oriental desapareció por completo, y el último individuo documentado murió abatido a tiros en Pensilvania el 1 de septiembre de 1877.
La historia parecía haber llegado a su fin definitivo hasta que, en 1997, las autoridades de Kentucky iniciaron un ambicioso programa de reintroducción de alces que terminaría desatando una explosión demográfica inesperada, aunque con matices importantes. Fue así que, a lo largo de un lustro, se capturaron 1,541 ejemplares en seis estados del oeste de Estados Unidos.
El proyecto requirió una logística colosal coordinada por el Departamento de Recursos de Pesca y Vida Silvestre de Kentucky. Los alces se trasladaron de estados como Arizona, Kansas, Dakota del Norte, Nuevo México, Oregón y Utah y fueron liberados en una franja de 16 condados del sureste de Kentucky. Se trataba de un territorio de unos 17,000 kilómetros cuadrados donde coexistían bosques caducifolios, terrenos agrícolas y un elemento poco convencional: viejas minas de carbón a cielo abierto.
Las metas trazadas al inicio palidecieron ante la respuesta de los animales. Los biólogos calculaban que su objetivo era consolidar una población estable de alrededor de 10,000 individuos. Hoy en día, el censo supera los 13,000 ejemplares, convirtiendo a esta población en la manada silvestre de alces más grande al este de las Montañas Rocosas, según las cifras de Rocky Mountain Elk Foundation, organismo que cofinanció la iniciativa.
Lo verdaderamente revelador es el papel que jugó la minería en este renacimiento ecológico. Aunque los terrenos mineros restaurados apenas representaban el 10% de toda la zona de liberación, resultaron determinantes. La legislación federal, mediante la Ley de Control y Recuperación de la Minería a Cielo Abierto de 1977, obliga a las compañías a reparar el terreno tras concluir las faenas extractivas, lo que exige nivelarlo, estabilizarlo y volver a dotarlo de vegetación.
Para cumplir con la normativa de la forma más rápida y económica posible, la industria minera recurrió masivamente a sembrar pasto. Esa decisión transformó antiguos tajos mineros en inmensas praderas abiertas, justo el entorno de forraje que una manada de más de 1,500 grandes herbívoros requería y que el denso bosque nativo circundante no podía ofrecerles.
El ensamble ecológico resultó perfecto: los bosques adyacentes les proporcionaban sombra, refugio y zonas seguras para la crianza, mientras que las antiguas minas funcionaban como campos de pastoreo inagotables. A este equilibrio se sumaron inviernos relativamente templados y la ausencia casi total de depredadores naturales históricos como osos y lobos, que también habían desaparecido de la región.
El éxito del proyecto es indiscutible, pero viene acompañado de letras chiquitas. En estricto sentido biológico, el alce original de los Apalaches no regresó: el alce oriental se extinguió de manera definitiva. Los ejemplares que hoy pastan en Kentucky corresponden a una subespecie prima, el alce de las Montañas Rocosas, traído del oeste y plenamente adaptado a estas praderas. Aunque a simple vista resulten indistinguibles, no son taxonómicamente la misma subespecie.
A nivel ambiental también existen salvedades. Si bien una superficie cubierta de pastos resulta preferible a una cantera minera estéril y erosionada, estas llanuras artificiales distan de equipararse a una pradera natural nativa. Se trata de capas de pasto sembradas sobre roca compactada, lo que da lugar a un terreno de calidad ecológica pobre si se compara con los ecosistemas boscosos originales que existían antes de la explotación minera.
Aun con esas consideraciones, el caso de Kentucky ilustra cómo una industria históricamente agresiva con el medio ambiente fungió, sin proponérselo, como el escenario ideal para el regreso de un animal extinto en la región. El modelo ha sido replicado en otros estados del este de Estados Unidos y, de hecho, la prolífica manada de Kentucky ha servido como población donante para diversos programas de restauración en entidades vecinas, tal como detalla el sitio oficial del programa.
El impacto económico también ha sido notable. En una cruel ironía histórica, el regreso del alce trajo consigo el restablecimiento de la cacería deportiva mediante permisos controlados a la par de un creciente turismo de observación de fauna silvestre. En conjunto, ambas actividades generan una derrama económica estimada en cinco millones de dólares al año, según un estudio de la Universidad de Kentucky.
Imagen | Unsplash
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La noticia
En 1997 liberaron 1,541 alces en viejas minas de carbón a cielo abierto. 30 años después, la manada supera los 13,000 ejemplares
fue publicada originalmente en
Xataka México
por
Ismael Garcia Delgado
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