
La mentira es un fardo que se lleva hasta que la verdad llega. Igual sucede con la impunidad: es una pesada carga para la autoridad, hasta que la verdad la expone y deja al descubierto a unos y a otros: a los criminales y a los encubridores, voluntarios o involuntarios. La política puede hacer mucho; las motivaciones de los intereses erigen muros, pero la verdad, más temprano que tarde, se impone; quizá tarde y limitada, pero siempre termina por prevalecer. De allí que el poder político casi siempre haga de la libertad de expresión un problema y, para algunos –como ocurre en el régimen obradorista–, un enemigo al que hay que reducir a su mínima expresión; esto es, probar que el régimen tiene la razón histórica, la que se sobrepone a cualquier otra consideración, incluso a la verdad.
La presidenta Claudia Sheinbaum heredó mucho de Andrés Manuel López Obrador. Lo principal tiene que ver con la reproducción del régimen: llegó al poder no por haber ganado la encuesta –discutible triunfo si no hubo propiamente campañas y los dados de siempre estuvieron cargados–, tampoco por haber prevalecido en la elección. La razón reside en el diseño, deseo y cálculo de AMLO, donde su mandato es fundamentalmente mantener al régimen político en una nueva etapa: la del obradorismo sin él en la presidencia. Partido, gabinete y Cámaras se integraron bajo tal premisa. No hay presidencialismo, sino un gobierno de grupo, un proyecto político, un directorio bajo la autoridad mayor de la Presidenta, pero en un marco no de poder compartido, sino de poder limitado por la razón de origen: mantener y reproducir al régimen político. Desde luego, no incluye a los socios Partido del Trabajo (PT) y PVEM.