Durante casi ocho años al frente de la Reserva Federal, Jerome Powell fue blanco de críticas en distintos ángulos: velocidad para subir tasas, agresividad para mantenerlas altas, inflexibilidad para bajarlas y un largo etcétera. El juicio contemporáneo sobre los banqueros centrales suele ser así, severo en el corto plazo y más generoso cuando el polvo se asienta. En el caso de Powell, su última conferencia de prensa contribuyó a su extraordinario legado.
Su despedida admite distintos matices. El episodio inflacionario de 2021-2022 quedará en los libros como un caso de estudio sobre los límites del diagnóstico en tiempo real. La Fed subestimó la persistencia de los choques de oferta que siguieron a la pandemia, ya que la narrativa del “transitorio” se prolongó demasiado. Pero también hay que admitir que las decisiones posteriores funcionaron: un ciclo de alzas de 525 puntos base en poco más de un año, el más agresivo en cuatro décadas. El temido aterrizaje forzoso no ocurrió y el mercado laboral resistió el ajuste. Powell llamó a todo esto, con precisión clínica, “cuatro grandes choques de oferta en cinco años”: la pandemia, la invasión de Ucrania, los aranceles del día de la Liberación y el conflicto en Medio Oriente.
Para entender la dimensión de lo que enfrentó, conviene recordar el contexto. Asumió la presidencia de la Fed en 2018, cuando la institución intentaba normalizar una política monetaria que llevaba casi una década en modo de emergencia. Antes de completar ese proceso llegó la pandemia, el choque económico más abrupto desde la Segunda Guerra Mundial. La Fed respondió con velocidad (tasas en cero, compras masivas de activos, nuevas facilidades de crédito), contribuyendo a estabilizar mercados que se habían paralizado en días. Más tarde vino la inflación, y con ella la presión política.
Ese último elemento merece atención. En su última conferencia, Powell fue enfático en una distinción que ilumina su mandato entero: nunca tuvo problema con las críticas verbales de funcionarios electos. Eso, dijo, “es simplemente la democracia funcionando”. Lo que representó una amenaza real fueron los ataques legales de la administración, que describió como “sin precedente en los 113 años de historia de la Fed”. Powell fue nombrado por Trump en su primer mandato y renombrado por Biden. En ambos casos resistió presiones para subordinar la política monetaria al ciclo electoral. No es que haya sido ajeno a la política (ningún presidente de la Fed lo es), pero mantuvo la separación funcional que da sentido a la independencia del banco central.
Esa separación es, en el fondo, lo que Powell defendió con más convicción en sus palabras finales. “Esa pieza de arquitectura institucional distingue a los países que prosperan de los que no. Su importancia no reside en quienes trabajamos aquí, sino en las personas a las que servimos.” Powell nos dejó una moraleja sobre economía política comparada: los países que han logrado aislar la política monetaria de los incentivos electorales de corto plazo tienen, en promedio, mejores resultados inflacionarios y mayor capacidad para absorber choques sin perder el ancla. La evidencia más elocuente la ofreció él mismo: las expectativas de inflación de largo plazo permanecieron ancladas en 2% a lo largo de todo su mandato, incluso durante los peores episodios inflacionarios.
Otro aspecto de su gestión que importa para entender su legado es la construcción de consensos al interior del FOMC. El Comité Federal de Mercado Abierto es un cuerpo colegiado con visiones heterogéneas, con participantes regionales que representan intereses distintos, con miembros que a veces disienten en público. Powell presidió ese proceso cuando el paradigma de baja inflación y política laxa colapsó. “El trabajo del Chair no es tener razón más veces que los demás”, explicó en su despedida. “Es desarrollar relaciones, escuchar, y construir algo que se sostenga.” Lo notable es que lo hizo frente a choques de oferta consecutivos, navegando conferencias de prensa con mercados hipersensibles a cada palabra y un Congreso que oscilaba entre posturas polémicas.
Quizás el episodio más revelador del final de su mandato fue la decisión de quedarse como gobernador después del 15 de mayo. Powell había planeado retirarse, pero los ataques legales cambiaron sus planes: “Las cosas que han ocurrido en los últimos tres meses me dejaron sin otra opción que quedarme hasta ver esto resuelto.” Es la lógica de alguien que entiende que la independencia no es solo un principio abstracto sino una condición operativa que puede erosionarse si nadie la defiende oportunamente.
La historia de los bancos centrales está llena de figuras incomprendidas en su momento y reivindicadas después (y viceversa). Quizás resulte apresurado ubicar definitivamente a Powell en ese mapa, pero hay algo que sí puede decirse hoy: cuando la economía global enfrentó su mayor prueba en generaciones, la Reserva Federal funcionó como se supone que debe hacerlo una institución independiente, y quien la condujo fue Jerome Powell. Eso, en el vocabulario de banca central se describe como éxito, pero también puede pronunciarse como “misión cumplida”.