
La historia que este día voy a contar es increíble. Lo único que la hace verosímil es que sucedió en Saltillo, y aquí han sucedido siempre cosas increíbles. Tomen ustedes, por ejemplo, el caso de aquel pobre señor que murió de un infarto al despertarse y encender la luz porque un elefante salido del circo vecino tumbó la pared y se metió en su recámara. Eso nomás aquí se ve.
Pero mi historia de hoy no trata de elefantes. Trata de un gigoló. Un gigoló, para decirlo con claridad mayor, es un padrote. Escribo esa fea palabra porque viene en el diccionario de la Academia, y si esa docta corporación la admite por qué no he de admitirla yo.