Que la enfermedad tenga su propia biografía es lo que Invernal (Libros del Asteroide) articula a modo de un diario personal que descarta moralejas y modelos de aprendizaje.
Hay dos constantes temáticas que Dario Voltolini maneja para la construcción de un relato que recuerda lo mejor del objetivismo descriptivo de Robbe-Grillet o del propio Le Clézio: la cosificación y la deshumanización. Estas dos constantes no dejan de ser las dos caras de la misma moneda, aquella que redefine al sujeto como objeto, puro enser.
Voltolini se detiene en la voz de un hijo que relata el proceso de un cáncer en un sencillo carnicero. Dario asiste al deterioro del padre y a su confinamiento en la oscuridad, en una clase de resignación que convierte a su progenitor en una cosa, en escombros, en nada que pueda aportar algo al mundo. Sin embargo, hay en ese retiro una especie de reconocimiento mutuo que incide en la gravedad de una muerte programada, en el reducto claustrofóbico de la impotencia.
Para esto quedan los hombres. Para esto. Quizá, ese sea el mensaje fatalista que se desprende de la prosa de Invernal, minuciosa, hipnótica, que acude a los detalles para guiarnos por el mundo de los interiores, de los objetos que se arrumban y nos van reificando, aportando otras connotaciones semánticas a nuestra existencia. Del oficio a la enfermedad. De la devoción al declive. De la euforia a la aceptación. El hombre es tiempo, una duración vivida según Bergson. La narrativa de Voltolini es la biografía de una erosión que no tiene ninguna prórroga o aplazamiento. Cada paso, cada destrucción celular y cada desfallecimiento se van cumpliendo según lo acuerda el tiempo predestinado con el que la biografía de este carnicero lastra su tediosa convivencia con los animales muertos.
Voltolini construye una épica desde unos síntomas que empujan hacia la decadencia de un hombre anónimo, sin importancia trascendental para una realidad que la velocidad de las cosas absorbe sin más. No hay nada de heroicidad en ese hombre que despieza un cordero y cuyas manos se mezclan con la sangre del animal sacrificado. Así sucede día tras día, hasta que todo se complica con una infección y es entonces cuando los diagnósticos se suceden uno detrás de otro, feroces. Y al hijo no le queda otra cosa que el acompañamiento, ser testigo de la renuncia a planes de futuro de un padre solo. Hay bastante de Pastoral, de Philip Roth, de ese canto del cisne que implora desde la derrota y que asimila la natural naturaleza de los acontecimientos. No hay oportunidad para los cambios de dirección o las improvisaciones cuando la bilogía decide claudicar. Y, en ese transcurso de la enfermedad, hay una belleza sumergida en el tono descriptivo de la voz del hijo. Es la belleza de las cosas y espacios que nos rodean. Las descripciones. Sus márgenes. Su textura arma universos propios. La armonía de esa fractalidad subyace en las estaciones, en los desvanes, sobre la tabla del despiece, en la hospitalidad de una cama que se vuelve incómoda, en la interpretación de una biopsia.
En esa inmediatez en la que el tiempo cohabita con la serenidad y la estabilidad de los lugares o los perfiles, la existencia se torna inédita, ejemplar, hermosa en cuanto que cada muerte es única e intransferible. Así Invernal encuentra en la pausa y en la extinción lo que también pretende la escritura: darle cuerda a quien ha preferido vivir en la costumbre de no destacar. De desaparecer con el mismo sigilo con el que vino al mundo. Sin hacer ruido. Sin importar. Parece que también ahí la eternidad encuentra un asidero. Porque el tiempo se prolonga en la acostumbrada sencillez de los que nunca se soliviantan. @mundiario