Los incendios forestales de 2025 dejaron una paradoja que desafía décadas de análisis climático y gestión del riesgo. Aunque la superficie total quemada en el planeta estuvo cerca de mínimos históricos, las pérdidas económicas, humanas y sociales alcanzaron niveles récord. El fenómeno obliga a revisar la manera tradicional de medir la gravedad de las temporadas de fuego: menos hectáreas quemadas ya no significa necesariamente menos desastre.
Un análisis internacional liderado por investigadores de la Universidad de East Anglia y publicado en Nature Reviews Earth & Environment concluyó que durante 2025 se quemaron alrededor de 335 millones de hectáreas a nivel mundial, un 16% por debajo del promedio histórico y el segundo valor más bajo desde 2002. Sin embargo, el impacto humano fue radicalmente distinto. Más de 300.000 personas fueron evacuadas, se registraron más de 90 muertes directas y las pérdidas aseguradas alcanzaron cifras sin precedentes.
La principal explicación de esta aparente contradicción está en una transformación geográfica y estructural del riesgo. Históricamente, gran parte del área quemada mundial provenía de incendios recurrentes en sabanas africanas y ecosistemas acostumbrados al fuego. Estos incendios suelen abarcar enormes extensiones, pero generan relativamente pocas pérdidas materiales.
Lo que ocurrió en 2025 fue diferente. Los incendios más destructivos se concentraron en regiones densamente pobladas, con infraestructura costosa y ecosistemas forestales ricos en combustible vegetal. La consecuencia fue que incendios más pequeños en superficie generaron daños mucho mayores.
Este desacople entre superficie quemada e impacto social se está convirtiendo en una característica estructural de la nueva era de incendios extremos.
Los incendios de Los Ángeles simbolizan el nuevo coste del fuego
Uno de los ejemplos más claros ocurrió en California. Los incendios de Palisades y Eaton se convirtieron en el evento forestal más destructivo de la historia estadounidense.
La combinación de vegetación extremadamente seca, fuertes vientos y expansión urbana en zonas forestales produjo un escenario devastador: 31 fallecidos, cerca de 12.000 viviendas destruidas y más de 150.000 evacuados. Las pérdidas aseguradas alcanzaron 40.000 millones de dólares y las pérdidas totales ascendieron a unos 140.000 millones.
Ese dato resume el nuevo paradigma: incendios relativamente localizados pueden generar costes económicos comparables a los mayores desastres naturales del mundo. Además, la contaminación atmosférica generada afectó a unos diez millones de residentes, ampliando el impacto más allá de las zonas directamente incendiadas.
Mientras Estados Unidos concentró la atención mediática, Canadá volvió a convertirse en uno de los focos más preocupantes desde el punto de vista climático.
Los bosques boreales canadienses completaron un tercer año consecutivo de incendios extremos. Entre 2023 y 2025, estos ecosistemas liberaron más dióxido de carbono que durante los quince años previos combinados. La gravedad del fenómeno reside en que los bosques boreales almacenan enormes cantidades de carbono acumulado durante siglos. Cuando arden repetidamente, dejan de funcionar como sumideros climáticos y pasan a convertirse en fuentes permanentes de emisiones.
Las provincias de Saskatchewan, Manitoba y Ontario registraron emisiones particularmente elevadas, impulsadas por incendios favorecidos por sequías persistentes y temperaturas anormalmente altas.
Europa y Corea del sur son caso graves
Europa también vivió una temporada excepcionalmente severa. Las olas de calor prolongadas y las sequías intensificaron incendios simultáneos en múltiples países, obligando a seis naciones europeas a solicitar recursos de emergencia al mismo tiempo.
España registró su mayor superficie quemada desde 2002, con más de 350.000 hectáreas afectadas antes de agosto y ocho víctimas mortales. Portugal enfrentó el mayor incendio de su historia moderna, mientras Francia sufrió su incendio más grande desde 1949.
El fenómeno europeo muestra otro elemento crítico: la simultaneidad. Cuando varios países enfrentan incendios extremos al mismo tiempo, la cooperación internacional pierde eficacia porque los recursos de emergencia dejan de estar disponibles para ser compartidos.
Uno de los episodios menos esperados ocurrió en Corea del Sur, que sufrió su peor crisis de incendios registrada.
Los incendios dejaron 32 muertos, desplazaron a más de 37.000 personas y destruyeron más de 100.000 hectáreas. Las altas temperaturas y fuertes vientos facilitaron la rápida propagación en zonas montañosas donde áreas urbanas y forestales se encuentran estrechamente conectadas.
Este caso refuerza una tendencia global: regiones que históricamente no figuraban entre las más vulnerables están comenzando a experimentar incendios de comportamiento extremo.
¿Por qué las pérdidas económicas baten récords?
Las pérdidas récord responden a una combinación de factores que se retroalimentan entre sí. Por un lado, cada vez más población se asienta en la interfaz urbano-forestal, un tipo de zona donde las viviendas, las carreteras y los servicios públicos se mezclan directamente con vegetación inflamable. A esto se suma que los incendios actuales son mucho más intensos y rápidos, lo que dificulta las evacuaciones y reduce drásticamente la capacidad de respuesta de los equipos de emergencia.
Además, cuando ocurren múltiples incendios de forma simultánea, los sistemas de extinción colapsan ante la falta de recursos disponibles. Finalmente, las infraestructuras modernas concentran hoy un valor económico muy superior al de hace décadas; por lo tanto, cualquier incendio urbano-forestal actual termina destruyendo activos que son significativamente más caros que los de generaciones anteriores.
Por eso, aunque las emisiones globales por incendios disminuyeron y la superficie quemada cayó, los costes humanos y financieros siguieron aumentando. @mundiario