Poco antes del mediodía llegué a Guadalajara. Mi objetivo estaba claro: compartir con los lectores de AM los aspectos, el ambiente y hasta los sabores que ya se viven en la Perla Tapatía en vísperas del crucial duelo entre México y Corea del Sur.
De entrada, el contraste me resultó inevitable. Venía de una Ciudad de México atrapada en su propia vorágine; ahí, el habitante nativo de la Selva de Concreto me confirmaba que este Mundial se vivía bajo una intensa presión. Entre marchas, plantones y la abierta inconformidad con el gobierno local de Clara Brugada (a quien algunos llaman irónicamente la ‘reina de los ajolotes’, hoy afortunadamente eclipsados por el carismático pato Merlín), el futbol parecía un segundo plano.
Sin embargo, al pisar tierras jaliscienses, descubrí una realidad completamente diferente. Guadalajara respira, camina y vibra con un gozo que se acerca, legítimamente, a lo que tendría que ser la verdadera fiesta de una Copa del Mundo.
El orgullo tricolor inunda las calles tapatías
Aquí no hizo falta buscar demasiado. Encontré a la mayoría de los tapatíos portando con orgullo sus playeras tricolores; desde las versiones piratas hasta las de tres mil pesos. Sin importar el costo, el mensaje colectivo quedó perfectamente claro: apoyar a la selección mexicana a como dé lugar.
Mientras en la Ciudad de México el ambiente mundialista parecía concentrarse rígidamente al interior del Estadio Azteca o en el FIFA Fan Fest del Zócalo, en la capital tapatía la pasión desborda los recintos. Cada calle muestra una bandera colgada, cada esquina tiene a alguien luciendo un detalle alusivo a México. Es una atmósfera distinta, vibrante y colectiva.
El veredicto internacional: “Mundial sin México no es Mundial”
Platicando con aficionados de Colombia, Panamá, Inglaterra y con paisanos que viajaron desde Los Ángeles, escuché una frase que se repitió como un mantra indiscutible: sin México, este torneo simplemente no tiene alma.
Conocí a Pedro Valenzuela, un aficionado nacido en México pero avecindado desde hace más de 30 años en Los Ángeles, California. Junto a un buen amigo y su hija, a quien llama cariñosamente ‘La Güera’, decidió viajar a Guadalajara para vivir el torneo en la tierra que lo vio nacer.
“Estuvimos en el SoFi Stadium el viernes pasado para el Estados Unidos contra Paraguay. Adentro del estadio la cosa fue muy buena, pero afuera podemos decir que no se siente nada el ambiente de futbol. Por eso decidimos venir a México a buscar un boleto para el juego de mañana. No hemos podido conseguirlo, pero lo que sí puedo decir es que un Mundial sin México no es Mundial; no tengo dudas de que somos nosotros los que ponemos el ambiente”, me confesó Pedro con un orgullo que se le salía del pecho.
De tú a tú: sumar, creer y abrazar al rival
Una de las postales que más me impresionó fue la profunda hermandad que el mexicano proyecta de forma natural hacia las otras naciones. Lo viví en carne propia mientras esperaba la salida del combinado de Corea del Sur cerca de la Expo Guadalajara, con la ilusión de ver de cerca a su principal figura, Son Heung-Min.
Pasé casi dos horas esperando. En ese tiempo, el combinado asiático tardó en salir de su hotel de concentración, pero la espera valió la pena por lo que presencié en la acera: el aficionado mexicano abrazó, convivió y rio de tú a tú con los ‘hermanos’ coreanos.
Vi a un niño que “se echó la pinta” (aunque me aseguró, entre risas, haberle pedido permiso a su maestra) parado al lado de un ciudadano coreano que vestía la playera de México. Justo a su lado, una niña mexicana sostenía un letrero escrito en coreano. Todos compartían el mismo espacio, prácticamente abrazados, esperando ver a los ‘Tigres Blancos’.
Una tradición viva que asombra al planeta
Más tarde, en el Fan Fest, la escena se repitió con otros matices. Vi a una aficionada tapatía invitando los refrescos a su amigo británico mientras presumía con cariño la bandera de la Gran Bretaña.
Desde la primera aparición de México en Uruguay 1930 y a lo largo de cada una de sus participaciones históricas, queda una certeza absoluta: sin el calor, el folclor y la desmesurada alegría de los mexicanos, una Copa del Mundo no se puede concebir. Este gran ambiente tapatío, estoy seguro, volverá a dejar boquiabierto al mundo entero.