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Radar Inteligente
Mundiario 15 Jun, 2026 23:00

Influencers: el poder de la ignorancia seductora

El marketing de influencers no es ya una tendencia: es un tsunami económico. En 2026 moverá 35.000 millones de euros a escala global, una cifra que haría sonrojar a más de un ministro de Hacienda y que confirma que la economía digital no se basa en la producción, sino en la seducción. Y en la seducción, como en la guerra, todo vale.

Las estadísticas son tan claras que casi insultan: siete de cada diez consumidores compran lo que sea —desde un preservativo hasta un misil balístico— siguiendo la recomendación de algún influencer. El mismo porcentaje confía más en ellos que en la publicidad tradicional. La humanidad ha pasado de creer en oráculos a creer en stories de 15 segundos. El progreso, dicen.

El fenómeno es masivo: 9 millones de personas en la Unión Europea se consideran influencers. De ellas, 150.000 son españolas o españoles expatriados en algún paraíso fiscal donde el sol brilla, los impuestos no existen y la moral se guarda en cajas fuertes ignífugas. TikTok e Instagram son sus templos; los algoritmos, sus dioses; los seguidores, su feligresía.

Y, por si fuera poco, un estudio de la Unesco confirma que seis de cada diez influencers no verifican la información que difunden. La posverdad ya no es un problema: es un modelo de negocio.

Mientras tanto, una de cada diez marcas destina más del 40% de su inversión publicitaria al marketing de influencers. La tendencia es global, irreversible y, para muchos, preocupante. Las estadísticas cantan. Y lo hacen como un coro griego anunciando tragedia.

¿Quiénes son realmente los influencers?

Son los sofistas de nuestra época, aunque ahora se autodenominan creadores de contenido (wow). En realidad, creadores de contenido somos todos: incluso el silencio es cultura. Pero ellos han logrado apropiarse del término como si hubieran inventado la rueda, el fuego y el engagement.

Su perfil psicológico es un cóctel explosivo:

-Cínicos y amantes del dinero a espuertas.

-Usurpadores de opiniones expertas sin haber pisado jamás una biblioteca.

-Domadores del algoritmo, aunque analfabetos funcionales en casi todo lo demás.

-Charlatanes que opinan de todo sin saber de nada.

-Acróbatas del escándalo y la banalidad.

Wolfgang M. Schmitt y Ole Nymoen lo explican con precisión quirúrgica en Influencers: La ideología de los cuerpos:

“El influencer no vende productos, vende una versión rentable de sí mismo.”

Y vaya si lo venden. En cada vídeo, como quien no quiere la cosa, deslizan una recomendación de marca. Una técnica tan sutil que roza lo subliminal. El consumidor, pobre incauto, cree que decide libremente, cuando en realidad está siguiendo órdenes envueltas en sonrisas, filtros y música pegadiza.

El problema se vuelve grave cuando estos gurús digitales opinan sobre salud, educación o vivienda. Una recomendación errónea puede costar dinero, bienestar o incluso la vida. Pero la responsabilidad no entra en su briefing. Como decía Bernays en Propaganda:

“La manipulación consciente e inteligente de las masas es un elemento esencial de la sociedad democrática.”

Los influencers han llevado esta idea a su máxima expresión, aunque sin la parte de “inteligente”.

¿Por qué les hacemos caso?

Porque somos humanos. Y los humanos somos, en esencia, gregarios, impresionables y vanidosos. Sergio Barreda lo resume en Desmontando mitos:

“No seguimos a los influencers por lo que saben, sino por lo que representan.”

Y representan justo lo que el consumidor quiere ver:

-Lo dice alguien con muchos seguidores.

-Lo dice alguien muy conocido.

-Lo dice alguien simpático.

-Lo dice alguien guapo.

-Lo dice alguien con labia.

-Lo dice alguien con palabras sencillas.

-Lo dice alguien que se parece a mí.

En la Antigüedad, el liderazgo se basaba en la potestas (poder coercitivo) y la auctoritas (prestigio moral). Los influencers no tienen ni una ni otra. Solo tienen fama y reputación digital, esa espuma efímera que se mide en likes y se evapora en cuanto el algoritmo bosteza.

Su autoridad es un espejismo sostenido por sesgos cognitivos: si tiene muchos seguidores, por algo será. ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Y así, de rebaño en rebaño, todos terminamos siendo petimetres de algo.

Manual para convertirse en influencer top

Si quieres unirte a la élite de los sofistas digitales, sigue estos pasos infalibles:

-Estudia Todología, esa disciplina posmoderna que se aprende en cualquier esquina.

-Trasládate a un paraíso fiscal. El clima es mejor y la ética no molesta.

-Entierra tus escrúpulos en bidones de residuos nucleares.

-Opina de todo, especialmente de lo que no entiendes.

-Afirma con contundencia, aunque estés equivocado.

-Busca el escándalo sin motivo.

-Monetiza hasta el aire que respiras.

-Inserta marcas en tus discursos, vengan o no a cuento.

-Persiste en tu mendacidad ignorante. El éxito llegará. El algoritmo premia la constancia, no la inteligencia.

Epílogo con Groucho

Groucho Marx, siempre lúcido, dejó una frase que podría ser el lema oficial del influencer contemporáneo:

“Yo tengo principios; si no le gustan, tengo otros.”

Nada más que añadir. @mundiario

 

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