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El Financiero 01 Jul, 2026 01:30

La CEPAL: desarrollo e independencia intelectual

Se conmemoran 75 años de la creación de la sede en México de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

A la luz de más de cuatro décadas consecutivas de escaso crecimiento económico, de reiteración de políticas económicas que ofrecen estabilidad nominal pero que reproducen la desigualdad interna y ahondan las brechas externas, es necesario recuperar la noción y el objetivo del desarrollo.

Veamos algunas aportaciones del fecundo pensamiento de la CEPAL que tienen plena vigencia.

La CEPAL nace en Naciones Unidas como parte del Consejo Económico y Social (ECOSOC), mientras se diseñaban instituciones multilaterales para emprender la reconstrucción tras la Segunda Guerra.

La CEPAL se dio a la tarea inicial de compilar y generar información estadística y técnica indispensable sobre la situación económica y social de Latinoamérica.

Pero los fundadores de la institución también buscaron comprender cómo las relaciones económicas internacionales condicionaban el desempeño de los países de la región.

Así, se edificó un marco teórico para entender la realidad económica latinoamericana que, sin renunciar al estudio y comprensión de las doctrinas económicas en boga en el mundo desarrollado, no se limitara a la mera importación de recetas.

El trabajo pionero de Raúl Prebisch, El desarrollo económico de la América Latina y sus principales problemas de 1949, ponía el énfasis en las relaciones entre el centro y la periferia, explicaba cómo el deterioro de los términos de intercambio para los países exportadores de materias primas los condenaría a la dependencia, por lo que era necesario fracturar tal dinámica a través de una política explícita de industrialización y cambio técnico hacia la producción de bienes de alto valor agregado.

Fue una apuesta a contracorriente, que incluso cuestionó las ideas de los economistas clásicos sobre las ventajas comparativas que relegarían a los países no industrializados a seguirlo siendo. Se buscó una estrategia propia para ser parte del mundo de una forma distinta.

Así, desde la CEPAL se insistía en la pertinencia de ampliar infraestructuras, de invertir en generación de energía, de lograr encadenamientos productivos, mejorar la educación, de avanzar hacia la integración regional para ampliar mercados.

Aportaciones como las de Juan F. Noyola introdujeron conceptos como la inflación estructural para explicar que el alza de precios en la región que no se debía a factores estrictamente monetarios, sino a problemas de limitación de la oferta de bienes, a la dependencia de las importaciones y a la mala distribución del ingreso.

Desde muy temprano, la desigualdad se entendió como causa y consecuencia del atraso económico.

Contribuciones posteriores, como las de Fernando Fajnzylber, evidenciaron cómo en América Latina el crecimiento económico se dio sin redistribuir el ingreso, lo que se explicaba por factores estructurales.

Se importaba tecnología sin asimilar productivamente el progreso técnico, mientras los frutos del crecimiento, en vez de ir a la inversión, se canalizaban al consumo de las élites y persistía la desarticulación productiva, con islotes rodeados por un océano de empleo precario. Un panorama inalterado.

La CEPAL propuso la sustitución de importaciones no como un fin, sino como medio. La historia evidenció con creces las limitaciones de la estrategia finalmente aplicada: se logró la producción de bienes de consumo, pero no el salto a la de bienes de capital; los gobiernos con frecuencia fueron productores en múltiples actividades de escasa rentabilidad y el proteccionismo no estimuló la competitividad.

Tras la crisis de la deuda en los 80, fue tan radical el movimiento pendular hacia la apertura y la retracción del Estado en América Latina que implicó el abandono de las políticas de fomento industrial, lo que no pasó, por ejemplo, en Asia con los “Tigres” o China: ahí se combinó la apertura externa con políticas de fomento productivo e innovación.

Aquí, la leyenda negra contra la intervención estatal llevó a “tirar al niño con el agua sucia”.

Hoy la CEPAL apunta a una triple trampa para el desarrollo:

1). Baja capacidad de crecer y transformar.

2). Alta desigualdad con baja movilidad y cohesión sociales.

3). Pobres capacidades institucionales.

La historia de la CEPAL da una lección que no deberían ignorar quienes conducen la política económica: la apuesta real por el desarrollo exige ambición e independencia intelectuales.

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