Florida.- Más de cincuenta años después de que los últimos seres humanos pisaran la Luna, cuatro astronautas a bordo de la cápsula Orion circundaron nuestro satélite. Siendo el primer vuelo tripulado hacia el entorno lunar desde el Apolo 17 en 1972.
El regreso ocurre en un contexto de creciente competencia internacional por la presencia y capacidad de operación en el espacio.
De acuerdo con declaraciones de funcionarios y análisis de especialistas, Artemis II se inscribe en una nueva etapa protagonizada principalmente por Estados Unidos y China, aunque con diferencias respecto a la dinámica de la Guerra Fría,; siendo el escenario actual uno donde se incorporan otros actores estatales, mayor desarrollo tecnológico, capital privado y un interés creciente por los recursos del espacio exterior.
Prueba de ello es el creciente presupuesto global de los gobiernos en programas espaciales, alcanzando los 137 mil millones de dólares en 2025, según el reporte anual de la consultora Novaspace, frente a los 75 mil millones registrados en 2017.
Asimismo, el sector espacial privado generó 630 mil millones de dólares en 2023, un 40% más que en 2017, con proyecciones que lo sitúan en 1.8 billones para 2035, según datos de El Orden Mundial.
Charbel López, responsable de la Jefatura de Apropiación de la Ciencia del Centro de Investigaciones en Óptica (CIO) en entrevista con el periódico AM, señaló que distintos factores convergen en este momento.
Para que se alineara todo esto, han pasado muchas cosas: intereses científicos, políticos, económicos y también tecnológicos”, dijo el divulgador científico al ser consultado por el periódico.
“Estamos en una carrera espacial”
Bill Nelson, director de la NASA entre 2021 y 2024 sostuvo en distintas intervenciones públicas que Estados Unidos y China se encontraban inmersas en una carrera espacial.
El funcionario advirtió sobre el riesgo de que Pekín llegue a la Luna bajo el pretexto de la investigación científica y señaló que Washington concibe el programa espacial chino como predominantemente militar: “creemos que gran parte de su llamado programa espacial civil es un programa militar.”
Esa postura persiste en comunicados posteriores de la agencia. En marzo de 2026, durante la presentación del plan Ignition —orientado a establecer bases permanentes en la Luna y enviar humanos a Marte— el administrador Jared Isaacman declaró:
El reloj avanza en esta competencia entre grandes potencias, y el éxito o el fracaso se medirán en meses, no en años,” declaró Jared Isaacman, administrador de la NASA.
La Agencia no ha sido el único sector en esbozar comentarios a esa misma línea, diversos funcionarios estadounidenses, entre ellos el senador Ted Cruz han expresado una perspectiva similar:
No nos engañemos, estamos en una nueva carrera espacial con China. Y si fracasamos, se avecinan problemas. China no ha ocultado sus objetivos. Está invirtiendo fuertemente en capacidades espaciales, manteniendo una presencia permanente en la órbita terrestre baja y trabajando para plantar su bandera en la Luna para 2030.
Lo que está en juego es de suma importancia. El espacio ya no está reservado únicamente para la exploración pacífica. Hoy es una frontera estratégica con consecuencias directas para la seguridad nacional”, declaró durante una audiencia del Comité de Comercio del Senado el 28 de septiembre de 2025.
China, por su parte, ha optado por un lenguaje mesurado diplomáticamente.
En noviembre de 2025, la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Mao Ning, aseguró que Pekín “no tiene intención de participar en una carrera espacial con ningún país ni busca ventaja alguna en el espacio exterior.” Sin embargo, los hechos generan dudas en los funcionarios estadounidenses.
De acuerdo con Novaspace, el presupuesto espacial chino se ha triplicado en los últimos años hasta alcanzar los 14 mil millones de dólares anuales, siendo una parte significativa del programa financiado por el presupuesto de defensa; que según el sitio de análisis estratégico Zona Militar ha registrado aumentos consecutivos del 7.2% durante tres años seguidos, superando los 249 mil millones de dólares en 2025. Ubicándose como el segundo más alto del mundo, casi tres veces el presupuesto de la Agencia Espacial Europea.
Establecerse en el Polo Sur
Ambas potencias han señalado el polo sur lunar como destino prioritario.
En octubre de 2020, el observatorio volante SOFIA de la NASA detectó moléculas de agua —H?O— en el cráter Clavius, en el hemisferio sur lunar, con concentraciones de entre 100 y 412 partes por millón por metro cúbico de suelo. El hallazgo fue publicado en la revista Nature Astronomy.
Hoy sabemos que la Luna no es un desierto rocoso como se creía en su momento. Hay evidencia de que hay agua en alguna de sus secciones”, explicó López. “Eso ha cambiado también el paradigma sobre cuáles son los intereses que se tienen con el satélite.”
El sur de la Luna alberga unos 10 mil kilómetros cuadrados de zonas de sombra permanente, según datos publicados. Las temperaturas en esas zonas nunca superan los 150 grados bajo cero, condición que ha permitido conservar el hielo durante miles de millones de años.
En esta imagen proporcionada por la NASA, la tripulación de Artemis II captó esta vista de la Tierra ocultándose detrás de la Luna durante un sobrevuelo lunar, el lunes 6 de abril de 2026. (NASA vía AP)
El agua lunar se puede electrolizar para producir hidrógeno y oxígeno: los dos componentes del combustible de cohete de mayor eficiencia.
Una base capaz de producir propelente en el lugar reduciría la necesidad de transportarlo desde la Tierra, lo que haría viable tanto la permanencia humana en la Luna como las misiones de largo alcance hacia Marte.
Ir a la Luna y permanecer allí durante un periodo prolongado es mucho más seguro, mucho más barato y mucho más fácil como banco de pruebas para aprender a vivir y trabajar en otro planeta”, afirmó Libby Jackson, directora del departamento espacial del Museo de la Ciencia de Londres, en declaraciones recogidas por la BBC.
Sin embargo, los planes de aterrizaje de ambas potencias difieren geográficamente.
El programa Artemis apunta al polo sur, una zona de cráteres profundos, sombras extensas y terreno irregular.
China por su parte planea su primer alunizaje tripulado en Rimae Bode, cerca del ecuador lunar, en la cara visible del satélite: una zona con terreno plano, luz solar constante durante el día lunar y línea de visión directa con la Tierra, según informes de medios especializados.
Cabe resaltar que el polo sur sigue siendo el objetivo de las misiones robóticas chinas previas al alunizaje tripulado.
El Helio-3: el recurso del futuro
La Luna alberga helio-3, un isótopo prácticamente inexistente en la Tierra pero acumulado en el suelo lunar durante miles de millones de años de exposición al viento solar.
A diferencia de la Tierra —protegida por su campo magnético y su atmósfera— la Luna carece de ambas, lo que ha permitido que los iones de helio-3 se incrusten en el regolito. Los cálculos disponibles estiman que la Luna alberga entre uno y tres millones de toneladas del isótopo, en su mayoría en las capas exteriores del suelo, según datos publicados por la NASA.
El valor del helio-3 reside en su potencial como combustible para reactores de fusión nuclear. La reacción entre este isótopo y el deuterio genera grandes cantidades de energía con un residuo de átomos de helio-4, sin emisión de radiaciones peligrosas.
En la Tierra, el helio-3 cotiza a más de 30 mil dólares por gramo. Su consumo mundial, limitado por la escasez de oferta, es de poco más de medio kilogramo al año, con una demanda potencial estimada en unos 400 millones de dólares y tendencia creciente.
Diversas empresas del sector público y privado lo consideran uno de los combustibles clave para la generación energética del futuro.
Entre ellas, Interlune, constituida en Seattle con capital de riesgo superior a los 13 millones de dólares, ha desarrollado un robot excavador cuyo prototipo tiene como objetivo llegar al satélite.
Entre sus fundadores se encuentra Harrison Schmitt, geólogo del programa Apolo.
Los directivos de dicha empresa sostienen que el helio-3 es el único producto lunar cuyo precio justifica por sí solo la extracción y el transporte a la Tierra en el corto plazo.
Una Luna menguante se observa sobre Frankfurt, Alemania, el 5 de octubre de 2020. Científicos informaron que zonas sombreadas podrían contener más agua congelada de lo previsto, útil para futuras bases lunares. (Foto AP/Michael Probst)
Del otro lado, el uso de energía nuclear también se ha concebido. Autoridades de Roscosmos han confirmado que Moscú y Pekín trabajan conjuntamente en el proyecto de la Estación Internacional de Investigación Lunar, un complejo científico previsto para la superficie y órbita lunar.
Según informes recientes, el proyecto cuenta ya con la participación de más de una docena de países, en torno a la cifra de quince, según versiones de la propia agencia rusa y TV BRICS.
Por su parte, Mikhail Kovalchuk, presidente del Instituto Kurchatov de Rusia, indicó que su país podría desarrollar una central nuclear en la Luna en un plazo de cinco a siete años.
Alienado a ello, China y Rusia formalizaron en mayo de 2025 un memorando de cooperación para la construcción de esa central, que formará parte de la ILRS.
El uso de reactores nucleares permitiría sostener una presencia humana continua en la superficie lunar, además de proveer energía para operaciones de despegue y futuros aterrizajes en Marte.
La industria privada
López señaló un cambio en la naturaleza de la actividad espacial:
Yo no le llamaría más bien carrera espacial, sino particularmente industria espacial. Ya hay una industria en muchos países enfocada en esto, donde hay mucha más capacidad, hay capital privado, etcétera.”
Entre 2014 y mediados de la presente década, más de 260 mil millones de dólares han sido invertidos en la economía espacial, principalmente en empresas privadas, con Estados Unidos aportando más de la mitad, seguido de China, según la firma Space Capital.
El sector privado es uno de los actores con mayor relevancia.
SpaceX, principal contratista de la NASA para el programa Artemis, desarrolla la versión modificada de su cohete Starship que servirá como módulo de aterrizaje lunar.
Sin embargo no es la única empresa relacionada a ese sector, Blue Origin compañía de Jeff Bezos, se incorporará como proveedor alternativo de sistemas de aterrizaje a partir de 2029.
Un cohete Falcon 9 de SpaceX despega desde la plataforma 39A en el Centro Espacial Kennedy en Cabo Cañaveral, Florida, el martes 6 de febrero de 2018. Foto: AP
La participación privada, no se limita al transporte.
Empresas como SpaceX han desarrollado infraestructura de comunicaciones satelitales —como la red Starlink— que combina utilidad comercial con aplicaciones militares y de navegación.
Durante la guerra en Ucrania, Starlink ha operado como red de comunicaciones para las fuerzas armadas del país, cobrando relevancia en el mapeo y accionar del ejército.
Por ejemplo, en la Guerra de Irak, en 2004, el 68% de las municiones estadounidenses fueron guiadas por satélite; analistas del sector prevén que esa proporción aumente en futuros conflictos.
El vacío legal
El Tratado del Espacio Exterior de 1967 establece que la Luna es “provincia de toda la humanidad” y prohíbe la soberanía nacional sobre ella.
Sin embargo, no regula la extracción de recursos ni define qué ocurre cuando dos naciones instalan infraestructura en la misma zona.
Helen Sharman, primera astronauta británica, lo explicó en declaraciones recogidas por la BBC:
Aunque no se puede poseer un pedazo de terreno debido al tratado de la ONU, básicamente se puede operar en ese terreno sin que nadie interfiera“, declaró Helen Sharman a BBC.
Ese vacío adquiere mayor relevancia si se considera que las mismas dinámicas que rigen el espacio cercano a la Tierra —la disputa por órbitas, puntos de lanzamiento y capacidades de comunicación— se proyectan ahora hacia la Luna.
Los satélites de observación actuales pueden captar imágenes de la superficie terrestre con resolución de pocos centímetros e identificar la ubicación de activos o el despliegue de tropas. Capacidades equivalentes, aplicadas al entorno lunar, tendrían implicaciones directas sobre el monitoreo de instalaciones rivales en el satélite.
Los Acuerdos de Artemis, suscritos por más de 55 países, establecen principios de transparencia y zonas de exclusión temporal alrededor de operaciones en curso.
Sin embargo, países como China y Rusia no los han suscrito, lo que deriva en que dos programas espaciales con marcos jurídicos distintos que compiten por el acceso a las mismas zonas de la órbita satelital sin un mecanismo de arbitraje reconocido por ambas partes.
La idea es tener, a futuro, una especie de campamento con comunicaciones estables, logística y reabastecimiento en esas estaciones, para no tener que reiniciar cada vez que se logra una misión de este tipo”, explicó López al describir los objetivos de largo plazo de ambos programas.
Esa visión —compartida, en distintos términos, por Washington y Pekín— implica la construcción de infraestructura permanente cuya gestión el derecho internacional vigente no tiene herramientas para regular.
La sonda Chang’e-6 despliega una bandera china en el lado oculto de la Luna el 4 de junio de 2024, antes de despegar con muestras de roca y suelo rumbo a la Tierra. (CNSA/Xinhua vía AP)
La dimensión estratégica no se limita al acceso a recursos. Dominar el espacio implica también controlar satélites de comunicaciones, sistemas de navegación como el GPS y activos de seguridad nacional.
El informe de Novaspace 2025 documenta que la defensa ya supera al gasto civil en programas espaciales a nivel global, y que potencias como Estados Unidos, Francia y Japón han actualizado sus doctrinas de seguridad espacial en los últimos años.
En ese marco, el primer país en establecer una base operativa en la Luna no solo obtendría una ventaja simbólica, tendrá la capacidad incidir en las reglas bajo las cuales se desarrollará la siguiente etapa de la exploración espacial.
AAK