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Publimetro 10 Apr, 2026 14:15

La fiesta de los otros y un mundial desde la banqueta

El concreto tiene memoria de corto plazo, pero la ansiedad del automovilista atrapado en Calzada de Tlalpan cuenta con una profundidad crónica. Hace unos días, circulando por ahí a esa velocidad donde el movimiento se confunde con las maniobras en un estacionamiento, alcancé a leer una pinta sobre una de las nuevas columnas del segundo piso que fraguan a contrarreloj. “No queremos Mundial, queremos transporte digno”, decía. La frase, trazada con urgencia pero con honestidad brutal, sobrevivirá unas horas antes de que una cuadrilla la cubra con la pintura gris oficial que sirve para gestionar el olvido.

La idea del progreso en la Ciudad de México consiste en amputar las piernas para estrenar tenis de marca. Para recibir cinco partidos de futbol, las autoridades decidieron que Tlalpan se convirtiera en un embudo de diseño. Necesitábamos más carriles, pero se sacrificaron hasta dos de ellos para instalar jardineras en medio del asfalto y retar a los camiones, al sentido común y a los propios ciclistas.

Son parches verdes, cosméticos botánicos que morirán de sed o por choques de rines a las semanas de que se vaya el balón de la FIFA de aquí. Lo que queda de manifiesto es que en lugar de planificar una urbe a 20 años, montamos una escenografía momentánea para que parezca que vivimos con el orden básico.

El Mundial de 2026 se perfila como la fiesta a la que estamos invitados solo en calidad de meseros. El precio de los boletos se tasa en una estratósfera económica y logística que el aficionado de a pie, aquel que sabe de memoria la alineación del Atlas de los noventa o que sufre el viacrucis del tren ligero para llegar al Azteca, simplemente no puede costear. El estadio dejará de ser templo de la catarsis colectiva para volverse un set instagrameable de entusiastas que confunden el fuera de lugar con una selfie. El futbol, el fenómeno que según Johan Cruyff debe ser alegría para que la gente vaya al estadio y disfrute, parece estar siendo sustituido por una “experiencia de usuario”.

Lo que más duele aquí, ni siquiera es el costo de la entrada, sino la asombrosa indolencia del carácter mexicano. Tenemos una capacidad de adaptación que ronda el masoquismo. Nos limitan el transporte, nos encarecen la vida y nos reducen el espacio público, y nuestra respuesta termina siendo un meme, una queja en el taxi o la resignación que ya quisiera para sí un monje tibetano. Nos compramos la idea de que la ciudad sea una locación desechable.

No importa que Calzada de Tlalpan colapse cada lunes si el sábado el estadio se ve impecable en Instagram. El gol nos lo anotaron desde la oficina de planificación: convencernos de que el desprecio a la vida cotidiana es un sacrificio necesario para que el mundo nos vea sonreír durante noventa minutos representa una tarjeta roja al mandato de la ciudadanía que tendría que vivir segura, tranquila y de manera eficiente. Veamos cómo las jardineras de Tlalpan aguardan su destino: ser el basurero más caro, ineficiente y efímero de la historia deportiva, mientras el verdadero fanático mira el partido desde la sala de su casa, viendo que su ciudad, como su equipo, volvió a jugar como nunca para perder como siempre.

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