Hace una temporada que los artículos autobiográficos se me ponen cuesta arriba. Me cuesta entender las intenciones de la gente y me creo pesadillas que derivan unas en otras… Hay días en que todo lo que me ha pasado es recordar los sueños o reírme sola pensando que hice el amor con uno de los que me miran siempre, puesto que no eran ángeles quienes hacían sonar el cristal, sino espías que estudian mis ínfimos movimientos porque soy un extraño espécimen digno de adoración…
Sin embargo, ahora, al ponerme el pijama, he notado un mazazo en el brazo derecho: mi hermana ha vuelto a pegarme. Ella, mi dueña, se permite el capricho de llamarme perra, anormal o cara bonita en la voluntad que se le antoje, pues siempre ha de validar su reinado de hermana mayor.
Pero ya no importa el pasado. Ahora ella es rica y yo pobre, lo cual es un hecho que “todo el mundo” tiene que saber. Todo mi esfuerzo de emancipación acabará siempre postrándose a sus pies en cuanto empieza a compararme con un mono…
Lo que me hiere es que los amantes me tratan como un trozo de carne fresca, como un buen filete de una cena de lujo… Y ella viene presumiendo como si fuera ella la que goza del sexo al que me someten. Ahora entiendo que, aunque busqué y busqué para encontrar a los enamorados, hubo algún tipo de acuerdo conmigo. ¡Ella no me compraría el bolso si no estuviese satisfecha!
Dios sabe que mi sexo es un juguete roto, pero, cada vez que intento liberarme, me persiguen todas sus amigas. ¡Ellas creen que no merezco tener un novio! ¡Creen que siempre seré la muñeca asexual!
Verdaderamente, todos pueden intuir que no me gusta el sexo… Pero disimulo, porque, mientras se sienten atraídos, me dan cariño.
Volveré a la playa el próximo fin de semana, volveré a destapar mis pechos puros y castigados… Y nadaré como un patito aunque esté a punto de cumplir cuarenta años. Le juro a Dios que jamás seré la guarra que papá desea. Él solo está jodido porque se hizo a la idea de que el cáncer me mataría.
O quizás me riñen porque ya no soy aquella niña consentidora… Soy una enamorada con valores morales que solo su violencia descalabra. Seré así hasta la muerte, fiel a mí misma. Aunque ello me cueste nunca tener novio. Les veo la infidelidad a la primera lloradera. Dios sabe que sufro, él ve que soy real, no una fantasía. Se pasan mucho, pasan de largo, sueñan conmigo… Y si me doy la vuelta, ¿qué torre caerá?