
El síndrome del animal acorralado es una metáfora que describe situaciones en donde una persona o grupo son sujetos de una amenaza inminente que los deja sin alternativas de escape. En política se traduce a momentos en donde un gobernante no encuentra salida al embate y, en la desesperación, actúa de forma irracional, tomando decisiones de consecuencias perniciosas.
Se fueron ya 19 meses del gobierno de Claudia Sheinbaum. Aunque es coautora de algunas de las reformas y políticas que nos han llevado a la situación actual, lo cierto es que, como dice el dicho, le tocó la rifa del tigre.
Si en los medios públicos no hay día en que no tengamos noticia de las graves consecuencias provocadas por la irresponsabilidad, incompetencia y complicidades del gobierno de López Obrador, imaginemos lo que no estará viendo la Presidenta. El daño institucional provocado por el exmandatario dejó al país —y a su sucesora— sensiblemente vulnerables.
Su política social, implementada sin diseño, control y evaluación, se excedió en alcances y dimensiones; amalgamando loables objetivos de igualdad y justicia, con otros electorales.
Hoy el recurso dirigido a los programas sociales es de un billón de pesos, ha crecido en términos reales a una tasa anual de dos dígitos (11%) en los últimos siete años —mientras la economía lo ha hecho al 0.7%. La deuda pública representó, al primer trimestre de este año, el 50.4% del PIB. No puede haber una política distributiva exitosa si es poco lo que queda por distribuir. El eje principal del nuevo régimen está en riesgo.
El daño al Estado de derecho, las instituciones de seguridad y justicia, así como a los instrumentos de defensa de la ciudadanía, ha degradado la confianza de la población —y de los inversionistas. La inversión fija bruta, elemento crucial para crecer, cayó en 2025, 6.7%. Hoy la Presidenta no está logrando revertir esta tendencia. El que Standard & Poor's nos haya bajado a negativa la perspectiva de la calificación de riesgo es un golpe más a esa variable.
En materia de seguridad, la permisividad del expresidente en el desarrollo del crimen organizado, así como la corrupción de algunos integrantes de su movimiento, llevaron a estas organizaciones a su más alto nivel en cuanto a control territorial, capacidad y poderío, convirtiéndose en una seria amenaza contra la sociedad.
Por último, Donald Trump —el Departamento de Justicia, la DEA, el Pentágono— se han convertido en verdugos de este gobierno. Aunque su presión en materia de seguridad ha reforzado la estrategia interna, se ha transformado en abrumadoras exigencias de romper vínculos entre políticos y crimen organizado. Atacar la impunidad sin proteger a los suyos tiene a la presidenta en una sensible encrucijada.
Una de las cualidades que se le reconocen a Sheinbaum es la templanza, sin embargo, son muchos flancos los que la asedian. Lo menos deseable es que, al sentirse amenazada, actúe de manera impulsiva, tomando decisiones que agraven más nuestros problemas. Hacerlo puede llevarnos a una crisis, no solo económica y política, sino también democrática y social. El tiempo corre y la realidad apremia. Es momento de tomar decisiones de Estado y aprovechar las salidas que aún existen.
@isilop