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Radar Inteligente
Mundiario 19 May, 2026 15:53

La sociedad baja la mirada: crece la demanda de una realidad filtrada y cada vez menos reconocible

"Nosotros, los reporteros de esa época, éramos una garantía. Éramos la única garantía de que lo que se contaba era verdad. Pero ahora hay tanta interposición tecnológica que sirve a todo tipo de intereses...". "Prefiere mantenerse cálidamente lejos de la realidad. No quiere sangre, no quiere muertes, no quiere nada". Entrevista a Pérez Revertecon motivo de su libro Enviado especial.

Lo que plantea Pérez-Reverte ahí es casi un lamento generacional, pero también una acusación muy vigente. Cuando dice “éramos una garantía” está idealizando una época en la que el periodista se concebía como filtro ético y profesional entre el hecho y el público: alguien que estaba físicamente en el lugar, que asumía riesgos, que contrastaba fuentes y que, en última instancia, ponía su nombre y su prestigio como aval de la verdad de lo contado.

No es que antes no hubiera manipulación, intereses o censura, pero la cadena era más corta: reportero–medio–audiencia. Hoy, con “tanta interposición tecnológica”, la cadena se ha llenado de capas: redes sociales, algoritmos, plataformas, gabinetes de comunicación, influencers, cámaras de seguridad, edición digital… Cada capa puede distorsionar, seleccionar, amplificar o silenciar, y muchas veces responde a intereses económicos, políticos o de atención, no a un compromiso con la verdad. Esa “interposición” no es solo técnica, es también económica y psicológica.

La segunda frase es aún más incómoda porque no solo critica al sistema mediático, sino al público: “Prefiere mantenerse cálidamente lejos de la realidad. No quiere sangre, no quiere muertes, no quiere nada”. Ahí señala una especie de anestesia moral. El espectador/lector quiere estar informado, pero sin que le duela demasiado; quiere la guerra en formato serie, el desastre en formato clip, la tragedia convertida en relato digerible.

La tecnología facilita esa distancia: vemos la violencia en pantallas pequeñas, entre memes y vídeos de gatos, con un scroll que nos permite escapar en décimas de segundo. Esa “calidez” es la comodidad de no implicarse, de no mirar demasiado tiempo, de no dejar que la realidad nos exija una respuesta. Y, al mismo tiempo, es paradójico: nunca hemos tenido tantas imágenes crudas de la realidad y, sin embargo, nunca ha sido tan fácil banalizarlas o relativizarlas.

En el fondo, el fragmento habla de una doble responsabilidad: la del periodismo y la de la audiencia. El periodismo, al diluirse entre capas tecnológicas y lógicas de mercado, corre el riesgo de renunciar a ser “garantía” y convertirse en un producto más en la economía de la atención.

La audiencia, al refugiarse en la distancia confortable, renuncia a su papel de ciudadanía crítica y se queda en consumo pasivo. Pérez-Reverte exagera, como suele, pero toca un nervio real: si nadie quiere ver la sangre, alguien decidirá por nosotros qué se muestra y cómo, y la realidad quedará filtrada hasta ser irreconocible. ¿De veras queremos verdad, con todo lo que implica, o solo queremos una versión soportable del mundo?

La realidad sigue siendo imprescindible porque es el único terreno común que tenemos: lo que pasa, pasa, aunque lo miremos poco o lo miremos mal. Lo que se degrada es nuestra capacidad de verla sin filtros interesados. Si dejamos que otros —algoritmos, plataformas, discursos prefabricados, cámaras que seleccionan lo que muestran— decidan por nosotros qué es relevante, qué es soportable y qué merece atención, entonces la realidad se convierte en un producto, no en un hecho. Y un producto siempre está diseñado para gustar, no para confrontar.

Por eso nos sirve todavía: porque, incluso distorsionada, la realidad deja señales, grietas, contradicciones que podemos rastrear si queremos mirar de verdad. El problema no es que la realidad desaparezca, sino que nos acostumbremos a su versión edulcorada y dejemos de exigir la cruda. En el momento en que renunciamos a esa exigencia, perdemos la brújula: ya no sabemos qué creer, qué importa, qué es grave y qué es ruido.

La cantidad de realidad que toleramos determina la calidad de nuestra comprensión del mundo. Y, aunque suene duro, solemos preferir dosis pequeñas, manejables, casi homeopáticas. No porque seamos cobardes, sino porque la realidad —la de verdad— desgasta, exige, incomoda, obliga a posicionarse. Mirarla de frente implica renunciar a la comodidad de las explicaciones simples y aceptar que el mundo es más complejo, más injusto y más contradictorio de lo que querríamos.

La tolerancia a la realidad funciona como un músculo: si no lo ejercitamos, se atrofia. Si solo consumimos versiones suavizadas, seleccionadas o convertidas en espectáculo, nuestra capacidad de soportar lo crudo disminuye.

Pero también es cierto lo contrario: cuanto más nos exponemos a la realidad sin filtros —con criterio, con contexto, con espíritu crítico—, más capaces somos de entenderla y de actuar en ella. La realidad sirve en la medida en que la aceptamos completa, no solo en sus partes cómodas. Sirve para orientarnos, para tomar decisiones, para no ser manipulables, para no vivir en una burbuja emocional o informativa. @mundiario

 

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