El conformismo es la tumbona emocional de quienes prefieren no pensar en exceso o ni tan siquiera jugar con las neuronas para que no se oxiden por su falta de uso. Esas personas se instalan en la insulsez de la monotonía como quienes se dejan caer en un sofá desvencijado: no es cómodo, pero evita el esfuerzo de incorporase con brío a la vida. El conformista forma parte de esa mayoría silenciosa que respira sin hacer ruido, que asiente sin convicción y que vive en una molicie tan estrecha que apenas cabe una opinión propia generada por su mente anquilosada. Son personas que interactúan poco o nada, que se protegen en un egoísmo discreto y que observan de lejos la creatividad como si fuera un deporte extremo o una actividad pornográfica.
En el extremo opuesto está la autocrítica, ese microscopio o lupa simbólica que algunos utilizan con tanta frecuencia e intensidad que terminan quemándose a sí mismos. La persona crítica escucha, analiza, duda, pregunta, vuelve a dudar… y reformula la primera pregunta, así hasta que el círculo vicioso le deje completamente seco de ideas y físicamente comatoso. No se deja convencer por la primera respuesta ni por la enésima. Pero cuando la autocrítica se desordena, se convierte en un ácido lento que perfora la autoestima y abre la puerta a melancolías profundas. Tal es la entropía. La lucidez, mal vivida y peor gestionada, puede ser un arma de destrucción interna y masiva.
Aristóteles hablaba del término medio, esa virtud que se encuentra entre dos extremos. Suena la mar de bien, casi como un eslogan publicitario. Pero la realidad es menos dócil: entre valentía y cobardía, entre amor y odio, entre conformismo y crítica feroz, ¿dónde señalar inequívocamente el punto medio virtuoso? Lo que hay entre dos extremos es un campo de batalla plagado de matices. Los conceptos son como a modo de mapas, no espacios o territorios definidos y delimitados al mínimo detalle. La vida rara vez sigue a pies juntillas las ideas rectilíneas de la especulación filosófica.
El conformismo busca el sosiego existencial, esto es, un paisaje sin sobresaltos donde nada cambia, nada sucede y nada duele. La autocrítica, sensu contrario, vive en ebullición permanente, lanzando preguntas por doquier que a veces no tienen respuesta racional. Ambas posturas tienen su atractivo y su veneno, sus pros y sus contras, cuando se elevan a alturas o bajuras inalcanzables para ser domesticadas por un ser humano normalizado por la sociedad actual. La pureza y la perfección son entelequias sin sentido práctico alguno.
¿Existe un equilibrio? Quizá. Tirarse a la bartola de vez en cuando regenera la imaginación; hacerlo demasiado conduce a una modorra que embalsama el espíritu. Mantenerse despierto exige esfuerzo, fantasía, voluntad de poder y ganas de interactuar con el mundo para transformarlo, aunque sea una pírrica micra. Avanzar siempre requiere un primer paso.
No hay conclusiones definitivas. Pero al menos hemos evitado caer en el solipsismo carcelario del conformismo radical. Como recordaba Sócrates, solo sé que no sé nada. Una paradoja que jamás podrá resolverse pero que sirve para mantenernos en permanente movimiento hacia vaya usted a saber dónde. @mundiario