Una chica y un chico, representativos de la llamada Generación Z, tomaron al asalto el otro día mis humildes dominios, con ínfulas independentistas de pensamiento, en una mesa en la terraza de mi cafetería favorita. Llevaban en sus manos sendos folletos encabezados por un destacado ¡No a la Guerra! y daban por descontada mi inquebrantable adhesión a semejante propuesta de incontestable ética y estética naturaleza humanitaria. En esta España en la que slogans de progresistas y conservadores compiten, de tu a tu, con los Diez Mandamientos, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, con la Carta de Naciones Unidas, con las reglas de juego constitucionales, en un intento de someter al personal a elegir, en décimas de segundo, entre el ying y el yang con pocas palabras: un no es no, un solo si es sí, la prioridad nacional, el lawfare, un no sé; no me consta, ¡dimisión! o ese ¡no a la guerra!, con derechos de autor de Pedro Sánchez, claro, es casi imposible salir indemne de una emboscada de acólitos de la fachoesfera o de la progresfera, que tanto montan, montan tanto, como como aquella Isabel y aquel Fernando.
Los chicos en cuestión, cargados de razón y convencidos de que llevaban en sus manos el Santo Grial de la paz, como contemporáneos armados caballeros de la Tabla Redonda en un camelo, perdón, un Camelot prefabricado en La Moncloa, clavaron sus miradas en modo inquisitivo cuando, el que suscribe, tuvo la osadía de emitir sus pensamientos en voz alta:
Mirad, Bros, con todos mis respetos: he adquirido la mala costumbre de mantener criterios propios. Ni siquiera si mis progenitores me hubiesen bautizado con el nombre de Vicente, caería en la tentación de ir a ciegas a dónde va la gente; a donde llevan los twits de los más ingeniosos astronautas en órbita por el ciberespacio; a cualquiera de los lados correctos de la historia, esa ruleta rusa, por los que se baten en duelo los mismos perros de presa del poder con distintos collares ideológicos.
Creo que fue el chico el que se sintió más aludido:
¡Las ideas son de todos…
Y confieso que no entendí el solemne mensaje intergeneracional que amablemente había intentado transmitirme. Quizá porque estoy harto de estar harto de gurús, de profetas, de sermones, de parábolas, de imanes, de padres espirituales, de misioneros, de sofisticados mercaderes (en modo veneciano), sin el mínimo escrúpulo en especular con carne humana. Quizá porque, en mi afortunada condición de gallego, que no venimos al mundo con un pan debajo del brazo, sino con un ¡depende! en la boca, con nuestros defectos y nuestras virtudes, tengo la inmensa fortuna de poseer ese comodín a prueba de encrucijadas: no es no, ¡depende!; solo sí es sí, ¡depende! (y a algunas pruebas me remito); ¡No a la guerra!, ¡depende…!
Ha habido algunas que pusieron la primera piedra para abolir la esclavitud; ha habido otras, con divergencias pacíficas y bélicas entre Chamberlain y Churchill, que impidieron que el precio de la paz fuese la abolición de la libertad en Europa. Es posible que, algún día, se haga insoportable para la civilización, el derecho internacional y la cosa, la convivencia con territorios en los que se arman a los niños, se desarman de derechos humanos a las mujeres o no cotizan en Bolsa humanitaria anónimos seres hambrientos, sedientos y desposeídos de sus legítimas herencias del oro negro, de las tierras raras, de los tesoros de piedras preciosas que, a veces, acaban en cajas fuertes clandestinas en el llamado Primer Mundo.
Por favor: ¡menos lobos, caperucitas! Menos slogans y más sentidiño, genuinamente galaico, para poner en cuarentena cualquier sí, cualquier no, ante los que resulta conveniente, necesario e incluso higiénico susurrar: ¡depende…!