Francia, otra vez, vuelve a estar de moda. No es una novedad: Francia siempre regresa, como regresan las viejas músicas, las ciudades que uno creyó haber dejado atrás y ciertos nombres que, por mucho que pase el tiempo, siguen teniendo la capacidad de despertar una conversación nacional. Esta vez ha sido el fútbol, ese espejo exagerado en el que las sociedades se miran sin demasiada piedad, el que ha colocado de nuevo a Francia en el centro de nuestras discusiones.
Coincidiendo con la celebración del campeonato mundial de fútbol en Estados Unidos y con la semifinal entre Francia y España, Mariano Rajoy publicó una columna en la que, tras reconocer el altísimo nivel de la selección francesa, añadió una frase que ha recorrido periódicos, tertulias y redes sociales: que era una selección “sin franceses”. La reacción fue inmediata. En España y en Francia se le acusó de racismo y de xenofobia; miembros del Gobierno francés recordaron que Francia no se define por el color de la piel ni por el origen familiar, y desde el Gobierno español se respondió que la pertenencia a una nación no puede medirse por apellidos, lugar de nacimiento o apariencia.
Yo no creo que Rajoy sea xenófobo. Lo digo con la prudencia que exige un tiempo en el que las palabras pesan más que antes y viajan más lejos de lo que uno imagina. Creo, más bien, que Rajoy tiene un sentido del humor muy suyo, seco, gallego, a veces impreciso en la frontera entre la ironía y el tropiezo. Seguramente quiso señalar una realidad visual de nuestro tiempo: que muchas selecciones nacionales ya no responden a la vieja fotografía homogénea que algunos conservan en la memoria, sino a sociedades mestizas, abiertas, atravesadas por migraciones, filiaciones, historias coloniales, exilios, barrios populares y segundas o terceras generaciones que son tan nacionales como cualquiera.
Ese es el mundo de hoy, afortunadamente. En casi todos los países europeos hay ya ciudadanos cuya nacionalidad pertenece plenamente al presente del país en que nacieron o crecieron, aunque el origen de sus padres o de sus abuelos venga de otra parte. Francia lo sabe muy bien desde hace décadas. La selección campeona de 1998, con Zidane, Thuram, Desailly o Vieira, fue presentada entonces como símbolo de una Francia plural, aunque también despertó los viejos fantasmas de quienes querían negar a esos jugadores su pertenencia a la República. El debate, por tanto, no es nuevo. Lo nuevo es la velocidad con la que se enciende.
Con Rajoy me ocurre algo personal que no puedo ni quiero ocultar. Me cae bien. En los tiempos de juicios y prisiones, con Barrionuevo y conmigo, se comportó con generosidad y con sentido de la justicia. Y esas cosas no se olvidan. Años más tarde coincidí con él en una conferencia y tuvo el gesto, sencillo pero humano, de acercarse a saludarme y preguntarme cómo estaba. A la mañana siguiente, el diario El Mundo publicó una fotografía en portada con un pie crítico por aquel acercamiento. También eso lo recuerdo. Hay gestos que, por pequeños que parezcan en la crónica pública, pesan mucho en la biografía íntima de las personas.
Pero una cosa es la estima personal y otra la política. Y en política conviene no equivocarse de siglo. Por eso me parece importante que esta polémica haya coincidido con la tramitación del Tratado de Amistad y Cooperación entre España y Francia, firmado en Barcelona por Pedro Sánchez y Emmanuel Macron en enero de 2023. El acuerdo pretende reforzar la relación política, diplomática, económica y estratégica entre ambos Estados, e incluye una cláusula que prevé que ministros de un país puedan ser invitados periódicamente a reuniones vinculadas al Consejo de ministros del otro. La fórmula ha sido discutida y el Gobierno ha aclarado que esa participación se produciría en los márgenes, en una reunión separada, y no como integración formal de un ministro extranjero en el Gobierno nacional.
A mí me parece un acuerdo acertado. No porque Francia sea Francia, ni porque haya que rendirse a ninguna fascinación parisina, sino porque España debe estar en el núcleo duro europeo que se irá formando si la Unión Europea quiere sobrevivir como algo más que un mercado y una burocracia. En esa Europa que viene —más incierta, más defensiva, más necesitada de soberanía compartida— España no puede quedarse en la antesala. Debe estar dentro, hablando, influyendo, compartiendo responsabilidades con Francia, Alemania, Italia y quienes quieran avanzar de verdad. Por eso creo que el Partido Popular se equivoca al oponerse en los términos en que lo ha hecho. Se puede discutir la técnica jurídica, se puede exigir precisión constitucional, pero no conviene convertir la relación con Francia en un campo de batalla doméstico.
Tengo que añadir algo que llevo dentro desde hace mucho tiempo. Algo que quizá a algunos les parezca lejano, casi cubierto por el polvo de la historia, pero que para quienes lo vivimos no ha perdido ni una gota de realidad: el comportamiento de Francia en nuestra lucha contra ETA. Lo he repetido una y otra vez. Si París hubiese dado antes el paso decisivo y se hubiese volcado desde el principio en acabar con el santuario etarra en el sur de Francia, la derrota del terror habría llegado muchos años antes, con menos muertos, menos viudas, menos huérfanos, menos tragedia. Y añado algo que no es menor: quizá España no habría tenido que atravesar aquel capítulo de señalamiento, culpa y desgarro asociado a la llamada guerra sucia.
Durante demasiado tiempo, el sur de Francia fue refugio, retaguardia, almacén y respiradero de ETA. Hubo una época en la que algunos responsables franceses seguían mirando a los terroristas como refugiados políticos, herencia deformada de la dictadura y de la incomprensión de la democracia española naciente. La colaboración comenzó a cambiar en los primeros años ochenta y se formalizó con más claridad a partir de 1984, cuando los responsables de Interior de ambos países impulsaron una cooperación antiterrorista más eficaz. Después vendrían detenciones, expulsiones, extradiciones, operaciones conjuntas y, con los años, golpes decisivos como Bidart en 1992. Francia acabó siendo un aliado necesario, pero fue un aliado que se hizo esperar.
Por eso mi relación sentimental con Francia no es simple. Admiro su cultura política, su literatura, su Estado, su manera de representar el poder, esa solemnidad republicana que a veces deslumbra y a veces irrita. Pero también recuerdo sus tardanzas, sus reservas, sus silencios y sus ambigüedades cuando España se desangraba. Francia fue, durante años, la promesa aplazada de una ayuda imprescindible. Y, sin embargo, cuando esa ayuda llegó de verdad, cambió el curso de la lucha contra el terrorismo. Así son las relaciones entre los países: una mezcla de gratitud y reproche, de memoria y conveniencia, de heridas antiguas y proyectos futuros.
Recuerdo uno de aquellos viajes a París, en 1983, con Liborio Hierro, entonces subsecretario de Justicia, y con Txiki Benegas, secretario de Organización del PSOE. En una sala de espera, aguardando a ser recibidos, pasé media hora contemplando una acuarela del Arco del Triunfo al final de los Campos Elíseos. Aquel dibujo tenía algo de postal y de advertencia: la belleza de Francia, su grandeza teatral, su distancia. Nosotros llegábamos con la urgencia española, con los muertos recientes, con el peso de un Estado democrático que pedía ayuda para defenderse. París nos recibía con sus protocolos, sus silencios, sus alfombras y sus cuadros.
Han pasado muchos años. El mundo ha cambiado, Europa ha cambiado, España ha cambiado y Francia también. Hoy los hijos y nietos de inmigrantes visten camisetas nacionales, cantan himnos nacionales, ganan partidos nacionales y representan países que ya no pueden explicarse con las categorías estrechas del pasado. Tal vez por eso conviene hablar con cuidado. No para vivir sometidos al miedo de la censura moral, sino para entender que las palabras no caen en el vacío: caen sobre historias, heridas, memorias y orgullos colectivos.
Me gustaría que Francia y España supieran mirarse hoy con menos suspicacia y más ambición. Que no redujéramos la relación bilateral a una frase desafortunada, ni a una disputa parlamentaria, ni a los fantasmas de un pasado doloroso. Francia vuelve a estar de moda, sí. Pero quizá lo importante no sea la moda, sino la memoria. Recordar lo que costó llegar hasta aquí, lo que faltó entonces y lo que podemos construir ahora. Y tal vez, en el fondo, seguir mirando aquella acuarela del Arco del Triunfo, no como quien espera una audiencia, sino como quien comprende que la historia de Europa se escribe precisamente en esas salas de espera donde los países aprenden, tarde o temprano, que solos no llegan demasiado lejos. @mundiario