Wisconsin ha ofrecido esta semana una imagen que vale más que cualquier encuesta. Durante horas, David Crowley y Francesca Hong caminaron prácticamente empatados en las primarias para la gobernación del estado de cara a las elecciones del 3 de noviembre en EE UU. Cuando avanzaba el escrutinio, las diferencias eran de apenas unos cientos de papeletas. Al final, el candidato centrista ganó con alrededor del 39,8 % frente al 39,4 % de su rival del ala izquierda del Partido Demócrata, un margen de unas pocas décimas y poco más de 3.000 votos.
La primaria demócrata para gobernador en este estado bisagra, como se llaman a las regiones que tienden a inclinarse a favor de uno u otro partido, ha sido el último hito dentro de las internas demócratas que plantean un plebiscito para el futuro de la oposición al presidente Donald Trump. Crowley, ejecutivo del condado de Milwaukee, representaba la opción del centro liberal y el establishment. Hong, legisladora estatal y militante de los Socialistas Democráticos de América (DSA), encarnaba una corriente progresista que reclama un giro mucho más profundo en las prioridades económicas y sociales del partido.
El centro ha ganado, pero el ala izquierda ha quedado a menos de un punto y no pierde el momentum que ha ganado en las últimas primarias para el Senado y la Cámara de Representantes. Hong consiguió convertir una candidatura inicialmente considerada inviable en una alternativa competitiva frente a buena parte del aparato demócrata. Y lo hizo con un discurso centrado en la clase trabajadora, la sanidad universal, el cuidado infantil, los impuestos a las rentas altas y una moratoria sobre nuevos centros de datos.
El resultado, por tanto, no debería interpretarse como la derrota de la izquierda demócrata. Más bien como la constatación de que la izquierda ya forma parte de la conversación central del partido.
Crowley tenía detrás una parte significativa del establishment demócrata y recibió el respaldo del gobernador Tony Evers después de que la carrera se sumiera en una sucesión de abandonos y cambios de candidatura. Su regreso a la contienda, tras la retirada de la gobernadora Sara Rodríguez, fue precisamente una maniobra destinada a impedir que Hong consolidara su ventaja, ya que Wisconsin no es un Estado en el que los demócratas puedan permitirse perder de vista al votante moderado, y en noviembre Crowley tendrá enfrente al republicano Tom Tiffany, aliado de Trump.
El cálculo del centro demócrata consistía en presentar al candidato como alguien capaz de atraer a independientes y moderados y evitar que una candidatura demasiado ideologizada entregue al Partido Republicano una elección que puede decidirse por márgenes estrechos. Pero Crowley no puede ganar en noviembre únicamente contra Hong. Tiene que ganar también con los votantes que hicieron posible que la diputada estatal llegara tan lejos.
Hong ha perdido la primaria, pero ha ganado influencia
La candidatura de Hong también deja una lección incómoda para el aparato demócrata. Su campaña conectó con una frustración que existe dentro de una parte del electorado progresista, la percepción de que el partido ha pasado demasiado tiempo intentando demostrar que puede administrar mejor el sistema sin explicar con suficiente claridad qué quiere cambiar del sistema.
La candidata aprovechó esa sensación para hablar de salarios, vivienda, sanidad, cuidados y poder empresarial. Su oposición a determinadas inversiones en centros de datos de inteligencia artificial también buscó conectar con un debate muy concreto sobre el impacto económico, energético y territorial de la nueva economía tecnológica.
Pero Hong ha tenido encima el dilema de cómo convertir ese programa, bajo una cabeza de cartel tildada de extremista en sus propias filas, en una candidatura capaz de sobrevivir al escrutinio de una elección general. Las polémicas sobre antiguas declaraciones en las que proponía cesar la financiación a la policía, la supresión del ICE o la prohibición de varias festividades como Acción de Gracias para dejar de celebrar el “colonialismo” obligaron a la también excocinera a dedicar parte de su campaña en matizar sus posturas actuales.
El fantasma de Trump sigue siendo el pegamento
Sin embargo, si hay algo que une ahora mismo a las dos almas demócratas es el rechazo a Trump. Crowley lo utilizó abiertamente durante la campaña al advertir del peligro de entregar Wisconsin a lo que denominó el "”extremismo MAGA”. Hong, por su parte, convirtió buena parte de su candidatura en una impugnación de las estructuras políticas y económicas que, a su juicio, han permitido el avance del trumpismo.
Pero combatir a Trump no significa necesariamente que los demócratas sepan qué hacer después de Trump. Ese es el agujero estratégico. El partido necesita movilizar a una base progresista que reclama transformaciones profundas y, al mismo tiempo, convencer a votantes independientes que pueden sentirse incómodos ante determinadas propuestas de la izquierda.
El resultado adquiere todavía más importancia bajo el contexto de las otras primarias recientes. En Míchigan, el progresista Abdul El-Sayed logró imponerse en la carrera demócrata al Senado. En Minnesota, la vicegobernadora Peggy Flanagan ganó con claridad la nominación frente a la congresista moderada Angie Craig, candidata asociada al establishment y respaldada por el posible candidato presidencial Pete Buttigieg.
Wisconsin ha revertido ligeramente la tendencia, ya que el centro gana, pero por un margen minúsculo. No existe, por tanto, una señal rotunda de que el Partido Demócrata haya elegido entre moderación y progresismo. El partido está probando ambas estrategias simultáneamente y descubriendo que ninguna tiene el monopolio de la energía electoral. @mundiario